Estoy seguro que sabrán apreciar la intención del presente.
A Ustedes, mis escultores y educadores del alma.
“Das zuhandene Welt[2]”. M. HeideggerEl presente ensayo tiene la finalidad de mostrar algunas reflexiones en torno a la esencia de la “técnica moderna” desde la perspectiva de Martin Heidegger; si bien son algunas pinceladas se busca hacer una semblanza ante algunos conceptos de la metafísica heideggeriana particularmente de
Ser y Tiempo y de
Filosofía, Ciencia y Técnica, para ello se analizaran tres puntos básicos: 1) la verdad, Dasein y ser, 2) la pregunta por la
técnica y 3) caminos frente a la
técnica. Debe tomarse en cuenta que la postura frente a la
técnica se subdivide principalmente en dos ramas: a) la de la ingeniería representada por Friedrich Dessauer y quien no coincide en absoluto con Heidegger y b) la de la transtecnología entre quienes destacan Ortega y Gasset, Karl Jaspers y el propio Heidegger.
A Heidegger no le interesa entrar en detalles sobre la "técnica maquinista", le interesa dar un diagnóstico del tiempo contemporáneo en un análisis histórico-filosófico sin pretender una historiografía que se ocupa de los hechos de modo superficial, tal diagnóstico no pasa, sin embargo, a un pronóstico ni a una terapéutica, por ponerlo de algún modo; el filósofo busca apoderarse de los rumbos históricos, Heidegger, por el contrario, no tiene tal pretensión, sino más bien que el tema de la
técnica se conecte con su pensamiento.
* * * * *
Se ha de comenzar por una reflexión sobre el
Dasein (hombre) en
Ser y Tiempo, que es una analítica existencial sobre la verdad, la verdad de la existencia; el problema de la
técnica está precisamente en la verdad; la
técnica es reflexionada con estos tres pensamientos: ser-verdad-Dasein. Heidegger, por lo tanto, no sale de los temas típicos de la filosofía, a lo sumo ofrece una nueva interpretación y re-define los términos.
La “técnica moderna” es un fenómeno típicamente europeo de los siglos XVII y XVIII, en un comienzo únicamente se encontró en Europa aunque posteriormente se derramó por todo el mundo convirtiéndose en un fenómeno planetario. La “técnica moderna”, como la industria, la electricidad, las entidades financieras, internet, satélites, universidades, etc. es un ensamblaje de todos estos, y otros, dispositivos. De ese modo el espíritu de la
técnica se introduce en la sociedad y en lo personal, por lo tanto, somos hombres de
técnica aunque muchas de las veces no lo sepamos. La “técnica artesanal”, entonces, es desplazada y probablemente desaparezca por la “técnica moderna”, de la máquina y la cibernética. Heidegger no se limita a lo óntico, sino que hace un planteamiento trascendental, es decir, ir más allá de los entes hacia el ser y la verdad del ser, sin olvidar a los mismos entes, por supuesto, ya que la analítica trascendental debe mostrar todo andar del ente y como base tiene la trascendencia del ente.
Por otro lado tenemos al hombre, el
Dasein, que se caracteriza por “estar-en-el-mundo”. Mientras que en la tradición inaugurada por Descartes el hombre se entendía como
ego, como
cogito, se veía al sujeto como un ser encapsulado del cual su salida hacia el objeto, que no era él mismo, se planteaba complicada. Pero en Heidegger el hombre consiste en trascender para implantarse en el mundo; el hombre no se reduce a su subjetividad; y en la trascendencia del hombre está también la trascendencia del ser. En ello el hombre medita sobre su existencia, aunque no lo sepa, de ahí la diferencia onto-lógica, ontos/ser: todo hombre tiene un proyecto de existencia, lo sepa o no lo sepa, junto con nuestra proyección hay una proyección del ser mismo que se entrelaza con el mundo. La esencia de la "técnica moderna" puede llamarse proyecto físico-técnico de conquista de todo cuanto hay, y tiene sus raíces en la verdad del ser. Actuamos técnicamente porque algo nos induce a ello, el ser y su verdad. El proyecto, por tanto, muestra dos características: a) es de cada
Dasein y b) está referido al ser.
El mundo contemporáneo muestra caracteres como la perfección, la burocratización, la automatización, la información, etc. surgidos por un principio de razón suficiente que ha tenido consecuencias como el bombardeo mediático; tal tendencia a la perfección, por ejemplo, es de hoy, no de antes. Y el análisis surge, precisamente, porque el filósofo no se dedica a aplaudir, sino a analizar, a ver el otro lado de las cosas, lo que no implica ser enemigo público. Heidegger llama “paso atrás” (
Schrütt Zufrück) a su reflexión que va de la tecnología a la reflexión, de la tecnología al pensar del ser. Va desde los entes tecnificados hacia una figura del ser, o esencia de la técnica que él llama “
Ge-Stell” o “la imposición”. El fenómeno al que se aboca es la esencia de la “técnica moderna” o su imposición que llama “
Ge-Stell”.
Hacer fenomenología es describir lo que se patentiza frente a nosotros; Heidegger distingue entre “fenómeno vulgar” y “fenómeno fenomenológico”, éste último como algo impreciso, ya que va al ser, a su sentido, sus modificaciones, derivados, etc. hacer una fenomenología del ser, es el asunto de Heidegger. Tal fenomenología se presenta como un asunto temporal, es decir, lo que es, es temporal. Mientras que la substancia es inmutable, independiente, general, etc. para Heidegger el ser no es la substancia, el ser en Heidegger es variable, se encuentra en una temporalidad y es histórico. De manera que el “ser-comprensión” del “ser-
Dasein” se ven unidos; y en un primer momento histórico la
physis es la figura del ser, ya sea en el
logos de Heráclito, el
eidos de Platón, la
energeia de Aristóteles, la substancia de Descartes, o la objetividad/subjetividad contemporánea, o la voluntad de poder de Nietzsche. Las épocas de la historia de la filosofía presentan las figuras del ser en cuanto histórico y no han desaparecido, siguen de manera modificada. Heidegger se refiere a dos particulares figuras del ser: 1) “la imposición” o
das Ge-Stell: esencia de la técnica moderna y 2) “lo cuadrante” o
das Geviert, que tiene al ser como centro y en un plano superior el cielo y lo divino, mientras que en lo inferior los mortales y la tierra que se entrecruzan por el ente.
Nuestra existencia está condicionada, entonces, por el ser; condicionados por la “imposición” que hace que seamos hombres de técnica; y por la “cuaternidad” en la que nos asumimos como mortales bajo un cielo. Ciertamente los tiempos actuales están ante la ausencia de lo divino, en el progreso nos hemos percatado que todo posee explicación física, química, biológica, matemática, etc. y el hombre le ha dado la espalda a Dios; Heidegger plantea que los divinos son quienes le han dado la espalda al hombre y por eso vive en la orfandad. El hombre habita en la “cuaternidad”, el hombre en el ser, es el mortal que habita “ahí” (
Da), vivimos así bajo el condicionamiento del ser. Por ello hay una unidad imprescindible: “ser-verdad-hombre”. La verdad se ha entendido en la tradición como adecuación entre la proposición y lo que se dice en la proposición, pero en la “verdad del ser” tal afirmación parece absurda porque la verdad en su carácter más originario pertenece al ser del hombre (
Dasein) y no a un atributo del enunciado. Por ello Heidegger entiende verdad como
aletheia, “desocultar”; siendo así que la verdad del
Dasein es la verdad o “desocultamiento del ser”.
Heidegger, entonces, hace una reflexión sobre la “técnica moderna”, sobre la esencia de la “técnica moderna”. El hombre o
Dasein se entiende como el “habitante”, como aquel que habita en el “ser”. Y habitamos de dos modos o dos figuras del ser: a)
das Ge-Stell (la imposición) y b)
das Geviert (la cuaternidad).
Das Ge-Stell es precisamente la esencia de la técnica que comenzó en los siglos XVII y XVIII y que ahora es un fenómeno planetario. La “imposición” (
das Ge-Stell) hace que nuestro mundo tenga características como la información, la burocratización, etc. La cuaternidad (
das Geviert) en cambio, emerge de la esencia de la técnica.
“Ser-verdad” se ha entendido como la adecuación entre el enunciado y aquello que se enuncia, hemos dicho; Heidegger va a entender verdad en su sentido griego, como
aletheia, o verdad o “desocultamiento”. La verdad del ser es entonces el “desocultamiento del ser”, y se desoculta ya sea en
Ge-Stell o en
Geviert y así habitamos de esa manera. Somos “hombres técnicos”, aunque no lo sepamos muchas veces. En la “cuaternidad”, en cambio, somos simplemente “hombres mortales”.
Cuando Heidegger dice: "
Das Wesen des Daseins liegt in seiner Existenz": “La esencia del Dasein consiste en su existencia” Jean-Paul Sartre lo interpreta como si en el ente hombre la existencia fuera anterior a la esencia. Heidegger rechaza tal interpretación. Para definirnos es preciso que existamos, el que fabrica algo tiene en mente la esencia de lo que va a hacer, en ese caso la esencia precede a la existencia; con el hombre sucede lo contrario, primero existimos y luego hacemos la esencia. Pero Heidegger entiende los conceptos esencia y existencia de modo diferente. La “esencia” la interpreta como “aquí es algo” y “existencia” como “algo es” o “estar fuera”; Sartre no lo entiende así, lo ve al modo tradicional y no al de Heidegger, por ello cae en el error. En la tradición la esencia es lo pensado y lo existente lo hecho. Por lo tanto, para Heidegger la esencia del hombre consiste en “estar fuera”, pero ¿fuera de donde? En el ámbito del ser. Su esencia no reside en sí mismo aislado, sino en cuanto que está afuera, en el ámbito del ser:
Ge-Stell y
Geviert.
Dasein, por otro lado, se entenderá como estar “ahí” en el ser, como lugar del ser, el “ahí” del ser que es el
Dasein. El prefijo “ahí” es lo que nos rodea o constituye, pero principalmente es el ser, no solamente los entes o con ellos, sino “ser-ahí” que es el ser. No puede haber, por tanto, ser sin
Dasein ni viceversa. Si sacamos al hombre de la “cuaternidad” todo se desmorona, el ser no es algo ajeno al hombre, pues el hombre como mortal es constituyente del ser. El ser necesita del hombre y los mortales están insertos en el ser. Existir, así, es habitar, pues la esencia del hombre es habitar. Existir es estar en ese ámbito “cuaternario” pero también en la “imposición”.
La estructura fundamental
a priori del
Dasein consiste en “ser-en-el-mundo”. Contrario a Descartes para quien el hombre consiste en pensamiento aislado: “Yo pienso”. Para Heidegger la estructura fundamental del hombre es
In-der-Welt-sein o “ser-en-el-mundo”, mundo entendido como la “cuaternidad”. Los momentos estructurales de “ser-en-el-mundo” son: 1) el mundo, 2) el existente que convive con los otros y 3) el “estar-en” como tal. El “estar-en” como tal es lo que Heidegger llama “la verdad del
Dasein” o “la verdad de la existencia”, o “estado de abierto”, o “aperturidad” (
Enschlosenheit).
Nuestro mundo está configurado por lo que en él hay, el existente es cada uno de nosotros; y el
das in-sein als solches, “el estar-en como tal” tiene tres elementos: 1) Encontrarse o disposición afectiva (
Befindlichkeit), 2) Comprender (
Verstehen), 3) Habla o discurso (
Rede). Pero ¿en qué consiste nuestro “estar-en” como tal? Consiste en: “disposición afectiva”, “comprensión” y “discurso”. Las afecciones se han de mirar no como pasiones negativas, hay que tomarlas en cuenta, por ello Heidegger analiza el miedo (
Furcht) y la angustia (
Angst). La apertura del mundo se da por la “disposición afectiva”. Los sentidos nos abren al mundo; primariamente des-cubrimos el mundo afectivamente y se conjuga con otros sentidos, como cuando decimos: “la rabia ciega al hombre”, la rabia oculta porque enceguece. No es que no haya inteligencia, lo que falta es un temple anímico. Por la “disposición afectiva” puede haber cambios de razón o cerrazón.
El primer carácter ontológico de los existentes es, entonces, la afectividad del
Dasein en su condición de arrojado (
Geworfenheit). Sin saber de dónde venimos ni a dónde vamos. El estar arrojado es no tener certezas de un “dónde” ni de un “a dónde” aunque siempre se recurre a explicaciones. El niño, por ejemplo, lo siente, un perdimiento en el mundo, tal apertura es sentimental. Pero no se pierde con el tiempo sino que perdura. La fuerza de la vivencia es más enérgica que la de la intelección. El temple de ánimo nos abre a todo, aunque intelectualmente esté cerrado. Afectivamente es accesible, y hace posible una primera orientación, es aperiente: que abre. Si fuéramos puramente intelectuales no sentiríamos nada. La “disposición afectiva” nos abre a todo, sea amenazante o acariciante. Así los sentimientos no son puramente subjetivos, sino que poseen un carácter intencional y trascendente que nos abre al mundo.
La verdad es re-interpretada como
aletheia, y la
Befindlichkeit no obstaculiza la verdad. Se piensa que la “disposición afectiva” impide la objetividad, pero más bien desoculta y abre, es lo que Pascal propone cuando expresa que “el corazón posee verdades que la razón desconoce” pero Heidegger lo conduce a un ámbito mayor. La
aletheia está en relación a la
lithe (encubrimiento). El hombre vive entre uno y otro a la vez; solamente se descubre “todo” por la afectividad aunque algunas cosas puedan permanecer ocultas, nadie alcanza un desocultamiento total y absoluto, y Heidegger sugiere el estado anímico de la “serenidad” y “prudencia” para alcanzar una certeza absoluta.
El segundo carácter es el “comprender” (
Verstehen), que no se trata de un comprender intelectual o un método filosófico frente a otros métodos; cabe aclarar que hay ciencias que explican y otras que comprenden. El
Verstehen debe entenderse como nuestra “proyección vital”. Todo
Dasein se proyecta comprendiendo; la mayoría de nosotros proyectamos nuestra vida de manera pre-intelectual. En algunos el proyecto aparece nítido, en otros no, pero siempre hay proyecto. Todo lo que hay se nos descubre según un “proyecto”, es decir, por medio del
aletheúein (desocultar, averiguar, verificar), a partir de nuestro “proyecto” desocultamos, algo se desoculta y otro sector queda oculto.
El tercer carácter es el del “discurso” o
Rede, cabe decir que sobre la interpretación está el enunciado: Aussage, que sería un derivado de la interpretación. El asunto de la verdad se ha encerrado allí, en enunciados verdaderos y falsos, y la verdad se queda en la estructura del enunciado. Se le ha dado la espalda a los fenómenos que configuran la verdad de manera radical e implica una visión parcial de la verdad, pues se toma algo derivado y secundario como principal. Si consideramos eso como supuestos extracientíficos la verdad será parcial, y la verdad no es una cualidad del juicio sino una estructura de la vida. La verdad no es solamente algo del enunciado, sino que pertenece a la existencia del hombre al estar inserta e inherente en el
Dasein.
El “habla” o “discurso” (
Rede) tiene su contra parte,
Gerede o “habladuría”, como un modo cotidiano del habla, no de modo peyorativo pues todo estamos en ella. El “habla” se refiere a algo, al “habla” le es esencial comunicarse; por el proceso comunicativo se va perdiendo la relación entre el “habla” y lo que apunta, así se transforma en “habladuría”, no se pierde el contacto, sino que se vuelve más tenue. Así la “habladuría” en vez de hacer patente algo lo desoculta pero desfiguradamente.
Gerede, el “se” dice, es la “habladuría” pero no peyorativamente como decíamos pues todo hombre se mueve entre el “habla genuina” y los “tópicos”, esto forma parte de la estructura humana misma, y cada uno está llamado a transitar de la “habladuría” al “habla”. El vínculo es complejo, pues el
Dasein no logra liberarse jamás de los tópicos en que ha crecido. Es en él, desde él y contra él de donde se lleva a cabo toda interpretación, y se mantiene en lucha constante contra el lugar común para alcanzar una genuina comprensión. Por eso, tal vez, la vida se ve cansada, porque hay que reconquistar lo que una vez ya conquistamos.
Por tanto, el temple de ánimo desoculta la existencia como algo pesado, pero deliberadamente modificamos el temple de ánimo para que la carga de la existencia no se sienta como tal, buscamos una distracción para esquivar esto. El temple de ánimo abre y cierra inmediatamente, no se mantiene en constante abierto, de estarlo sería insoportable la vida vista como algo grave, algo que pesa. El que recurre al “tópico” o “lugar común” es el que recibe los aplausos, no el que tiene el “habla genuina” o “verdad”. El habla cotidiana no tiene intención de engañar; se distingue de la mentira en que deliberadamente se distorsiona; el habla “tópica” distorsiona, pero sin querer, es desocultante-ocultante-desfiguradora, y constituye nuestro estado abierto/cerrado, apertura/cerrazón.
El
Dasein, entonces, lo podemos definir del siguiente modo: “estar-en-el-mundo”, está abierto o cadentemente abierto, es arrojado, y su estar en medio del “mundo” y el co-estar con los otros le va un poder-ser más propio. “Estar-en-el-mundo” es la estructura fundamental
a priori del
Dasein, el “estar-en-como-tal” es la apertura, la verdad en el
Dasein. La “cotidianidad media” del
Dasein no es un modo especial de ser al que de vez en cuando se accede, sino que ya estamos en ella, pero la cotidianidad media es la base, es el modo habitual de existir y base de cualquier otro modo de estar.
La “apertura” se da en modos cadentes/caídos, como el modo del “habla” se da en la “habladuría”, o la “comprensión” se da como “curiosidad” o “avidez de novedades” (
Neugier) o “ambigüedad”. Esta curiosidad no busca profundizar sino “echar un vistazo” para pasar inmediatamente después a otros asuntos, el hombre moderno, así, no tiene paradero, sino que curiosea. No sabe qué comprende y qué no comprender, pero no le interesa, no busca discernir, el filósofo, en cambio lo busca de manera total.
El carácter “proyectante” y “arrojado” del mundo es, entonces, tal
Verstehen o el “comprender”, aunque tampoco sea plenamente consciente o lo haga deliberadamente. Este “comprender” no es intelectual, sino que es la “proyección” de nuestra existencia, aunque no es nítidamente conocido por nosotros. Es un “proyecto-yecto”, un “arrojado”, y no proyectamos desde la nada sino de nuestro propio estar arrojado en el mundo, sea estar viviendo en determinado país, con nuestra familia, cuerpo o psiquis, etc. Tal estar “arrojado” se vincula a nuestra facticidad, es decir, para Heidegger tal estado de “arrojado” es como si nos acostáramos a dormir una noche y al despertar nos encontráramos en el escenario de un teatro frente a un público espectador esperando que cumplamos un papel del cual no hemos tenido tiempo de ensayar, nadie viene al mundo con un ensayo previo para la existencia.
El
Dasein está vinculado esencialmente con el mundo, de tal modo que probar la existencia del mundo es un fracaso, ya que el
Dasein no tolera tales pruebas. No estamos en el mundo a capricho, la estructura del
Dasein siempre está vinculada con el mundo. Solamente puede modularse ese “estar”, pues estamos atados al mundo más allá de nuestra voluntad; del mismo modo co-estamos con “otro” (
Mitsein) y ello constituye esencialmente el ser del
Dasein. Nuestro ser se ha configurado en su estar con los demás, con los “otros”. El
Mitsein es entonces la estructura de la existencia, como el habla, la comprensión, etc. son dimensiones de la existencia que nunca desaparecen, “estar” es solamente un modo de “co-estar” que “le va” su “poder-ser” más propio al
Dasein; el hombre no tiene su ser más propio ganado, lo que está en juego es su “poder-ser” más propio. Es futuro es así de suma importancia, pues lo más propio es lo que podemos ser que ya está gravitado aquí/ahora, por tal vivimos desde nuestro futuro.
El estado de “abierto” equivale a la “verdad”, el hombre consiste en apertura, en esta verdad entendida como
aletheia (desocultar) y
aletheúein como “adverar”, “averiguar” o “verificar”, en el sentido de que el
Dasein es “desocultante”. La “verdad”, como hemos señalado, casi siempre se ubica en el enunciado, pero más bien la ontología versa sobre la “verdad”. El enunciado es un modo derivado de la interpretación que explicita el comprender. Tradicionalmente la “verdad” se identifica con el enunciado, es decir, hay una concordancia del juicio con el objeto, así hay verdad en el juicio y en la concordancia misma. Pero, que el enunciado sea verdadero significa hace ver al ente en su estar descubierto. La “verdad” del enunciado debe entenderse como “descubridor”, la concordancia está subordinada a un “descubrir”, tal “descubrir” solamente es posible en esa base de “estar-en-el-mundo”. “Verdad” como “descubrir” y “ser descubridor” surgen del hombre mismo, de aquellos actos que llamamos verdaderos. Ser verdadero y descubridor es una manera de ser del hombre, pues la “verdad” no es cosa de juicios, sino que es una dimensión del hombre mismo pues no hay hombre sin verdad. El lugar originario de la “verdad” no es el enunciado, sino el
Dasein. “Descubrir” es una forma de ser propia del
Dasein, propia de cada uno de nosotros.
La “ocupación circunspectiva”, por otro lado, es nuestro modo inmediato de estar, estamos destinados a los entes mundanos, pues nuestro vínculo con ellos no consiste en contemplarlos o teorizarlos, así pues, nuestra relación primordial es una ocupación “práctica”. La
praxis cotidiana no consiste en contemplar sino en “ocupación circunspectiva”, ver el todo, descubrir los entes que nos rodean. Así, la
praxis va ligada al “descubrir”, a la circunspectiva, a ver el entorno. Al referirnos al prágmata nos referimos, entonces, a los asuntos con los que uno tiene que habérselas en la
praxis. Nuestros estar en el mundo consiste primariamente por una
praxis (relación con los
prágmata) y ligada a la circunspectiva. Los
prágmata se retraen en su realidad, no están a primera vista realmente, pues las cosas funcionan cuando no las notamos; por ejemplo, al caminar en la calle no notamos que llevamos los zapatos puestos, hasta que, quizás, una piedra se introduce en ellos y comienza cierto mal-estar, por ello nos movemos en un plano prejuicativo, pues no enuncio lo que “hago”:
prágmata. ¿Cuándo notamos al prágmata? Pues bien, en primer lugar, cuando el útil “falla”, en ese momento el útil atrapa mi atención, se muestra, sale de de su retraimiento, bien podríamos decir que sin falla no habría ciencia; en segundo lugar, cuando el útil “falta”, ahí nuevamente salta a la vista, podríamos decir que “brilla por su ausencia”; y en tercer lugar, cuando el útil “obstaculiza” la
praxis cotidiana.
La “verdad” es “descubrir” y “estar al descubierto”, los entes descubiertos son, por lo tanto, verdaderos aunque en un sentido secundario. Cuando Heidegger dice: “El
Dasein es la verdad” sin duda alguna no está diciendo que el hombre posea la verdad absoluta, sino que a su constitución le corresponde la “aperturidad”. Hay una verdad en la que se está y hay otra que se busca; la primera es de la que ya hemos hablado, y la segunda es la que busca la filosofía. A la constitución esencial del hombre le pertenece la “aperturidad” del ser más propio. Abiertos al “mundo”, a los “otros”, a nosotros y al más propio “poder-ser”. Hay un “desocultamiento” para cada uno de nosotros. Que el
Dasein –que es “aperiente” o “abriente”, es decir, “desocultador”- sea la verdad significa, al mismo tiempo, que no es la verdad, pues no se está en constante estado de abierto, sino que se desoculta y abre y oculta y cierra,
aletheia y
lethia.
Finalmente, el
Dasein es también visto en Heidegger como “cuidado” o “cura” (
Sorge); nos anticipamos a nosotros mismos no desde el vacío, sino desde los entes intramundanos, sin ello el “desocultamiento” o “estado de abierto” sería imposible. Además del
Sorge está el
Besorgen (curarse-de u ocupación) y el
Fürsorge (procurar-por o solicitud). Así el hombre está en la “verdad” (desocultamiento) y en la “no verdad” (ocultamiento/desfiguración), al mismo tiempo y co-originariamente, decir que el
Dasein es la verdad se toma en su alcance justo, realizándose como ser que “habita” y, por tanto, cuida de los entes y el mundo donde está.
* * * * *
En la pregunta por la
técnica Heidegger intuye que debe de haber un “camino” que recorrer; que la esencia de la “técnica moderna” está en relación con “camino”, pues el concepto de esencia no tiene que ver con una idea sino con un “encaminar”. También intuye un problema de carácter ético: la libertad, cuando habla de establecer una relación “libre”; se verá más adelante que hay un vínculo entre experimentar la “esencia de la técnica” y la liberación. Heidegger distingue, también, entre la “esencia de la técnica” y lo “técnico”, del mismo modo en como la esencia del árbol no consiste en un árbol más, la “esencia de la técnica” no va a residir en encontrarse en algunos aparatos técnicos; se podría encontrar en los caminos de la filosofía. De ese modo Heidegger nos invita a alejarnos de los aparatos técnicos para ir por el camino filosófico. Hay, por otro lado, varias posiciones con respecto al mundo de los aparatos técnicos: 1) actitud “pro-técnica”, que mira el progreso humano como progreso técnico, 2) actitud “anti-técnica”, de aquellos que se oponen a toda manifestación de la “técnica moderna”, los hippies y ecologistas radicales, por ejemplo, y 3) una posición “equilibrada”, en la que se mira la técnica como algo favorable, o que la ve como algo que no es bueno ni malo; para Heidegger ésta última es la peor posición porque nos enceguece con respecto al desarrollo de la
técnica. El concepto habitual de la
técnica es el que la considera como instrumento, creado y manejado por el hombre, por lo tanto, en sus múltiples manifestaciones sería propio de él y solamente dependiente del hombre. Heidegger considera así dos interpretaciones para la técnica: a) instrumental: es un medio y b) antropológica: es un medio creado y manejado por el hombre y solamente por él.
Entre la “técnica artesanal” y la “moderna”, aparentemente sólo había la diferencia en que ésta última tenía instrumentos más complejos pero en el fondo se pensaría que son lo mismo; Heidegger dirá que no, que nuestro mundo ve como urgente la necesidad de dominar la
técnica, pues ésta a veces se vuelve en su contra, como sucedió con el grave accidente en Chernóbil, entre otros. Heidegger se plantea entonces la pregunta sobre si la
técnica no fuera solamente un medio sino otra cosa, ¿qué pasaría en este afán de dominarla? Quizás sea algo diferente que el hombre no puede dominar; Heidegger entonces introducirá la distinción entre lo “correcto” y lo “verdadero”, por ejemplo, la distinción entre la “técnica instrumental” y la “artesanal” es ‘correcta’ pero no es suficiente, eso es solamente lo que tenemos ante nosotros pero no lo esencial, lo ‘verdadero’. Heidegger querrá entonces ir hacia la “esencia de la técnica”. En el ámbito de lo instrumental camina lo causal, por lo tanto para aclararlo habría que aclarar la causalidad. En la época moderna se ha dado primacía a la “causa eficiente”; otras como la “final” de Aristóteles ya no se toman en cuenta, habría que regresar a los griegos para entender el concepto de causalidad. Recordemos las cuatro causas tomando como ejemplo un cáliz de oro y plata; la “causa material” es el oro y la plata; la “formal” es el aspecto, aquello que un objeto es, en este caso incluso refreído a la dignidad de lo divino que representa el cáliz; la “eficiente” será el orfebre, un experto; y la “final” es el
telos, en este caso, el sacrificio a la divinidad, por la necesidad de que en este caso la copa de oro y plata tenga mayor dignidad por ser para la ceremonia, se dice que el
telos, la causa “final” define a las demás. El orfebre o artesano o artista es la causa “lógica” en el sentido de que reúne en un orden a las demás causas. Heidegger introduce aquí el concepto de
poiesis ¿en qué consiste el carácter
poiético de los causas? En que permite a la causas avanzar de la “no-presencia” a la “presencia”.
Poiesis significaría “producción” y las cosas irían de la
lethia (no presencia, velamiento) a la
aletheia (presencia, develamiento); de modo que “pro-ducir” sería llevar de la “no-presencia” a la “presencia”. Los griegos utilizaban la palabra
tecné para referirse tanto a lo que hacía el orfebre como el escultor, no había por un lado técnicos y por el otro artistas: todo eran
técnicos. Agrega Heidegger que también en la
physis (naturaleza) encontramos
poiesis, e incluso la encontramos más aún en ese ir de la “no-presencia” a la “presencia”, y no necesita algo más que sí misma, es decir, de la misma naturaleza, por ejemplo, el crecimiento de las flores.
¿En dónde nos hemos extraviado? Preguntamos por la
técnica y llegamos a la
aletheia ¿qué tiene que ver una con otra? Pues todo. Todo “producir” es “desocultar”. La
técnica no es solamente un medio, es un modo del “desocultar”, de la
aletheia al “desocultamiento”. La
aletheia como “desocultamiento” de la
técnica no es igual a la verdad del
Dasein como “aperturidad”; no es lo mismo esta que la “verdad del ser”, se entrelazan, pero no son iguales.
En los griegos ya hay una diferencia entre
tecné y
episteme, en cambio Heidegger señala lo que tienen en común: ambos son modos del
aletheúein (desocultar). Muchas veces entendemos lo técnico como un “hacer”, un manipular, Heidegger dice que la
técnica hace no solamente eso, sino que “desoculta” al producir. Lo decisivo de la
tecné no está en el hacer y manipular, sino en el “desocultar como producir”, por ejemplo, al construir una casa.
Podría objetarse que esto solamente se aplica a la “técnica artesanal”, pero no es así, la “técnica moderna” también es un modo de
aletheia, aunque la
poiesis de ambas es distinta; el desocultar de la "técnica moderna" es un “desocultar provocante” que 1) abre, 2) exige, 3) acumula y 4) explota. Nos ocurre que con la “técnica artesanal”, por ejemplo el antiguo molino de viento, el molino se vincula con la naturaleza porque se entrega a ella; además no se “abre” al viento ni por ello le “exige” al viento, por ello el molino no puede ni “acumular” ni “explotar” a voluntad. Si pensamos en cambio en el petróleo, lo que la “técnica moderna” hace sí es exigir, acumular, etc. en la agricultura “motorizada”, por ejemplo, se hacen patentes estos cuatro movimientos de la “técnica moderna”.
Heidegger pone un ejemplo muy interesante en sus
Vorträge und Aufsätze y la pregunta por la
técnica que dice así: en el río Rhin está instalada una planta hidroeléctrica, y es el río del que habla Hölderlin en su poema; en este río hay tres tipos de desocultamiento: a) los puentes que le atraviesan son la “técnica artesanal”, b) el que Hölderlin ve como semi-dios en su poema llamado “El Rhin” y c) al estar relacionado con la hidroeléctrica, cae el río en el “desocultar provocante” al ser explotado y acogido por la industria turística. No se trata de que Heidegger haga una crítica moderna proponiendo regresar a la artesanal. Estas consideraciones son entendibles por todos, porque el hombre está llamado a la “salvación” de las cosas, que no significa poner en mejor situación a quien está en peligro. “Salvar” es encaminar hacia el despliegue de la propia esencia, no tanto resguardar de un peligro óntico concreto.
El “desocultar” de la “técnica moderna” tiene el carácter de emplazar (en tanto que “desocultar provocante”), así mismo el de descubrir, transformar, acumular, repartir y cambiar. Las características que se dan en ese “desocultar provocante” son la de dirección y la de aseguramiento. Un ejemplo, además del de la planta eléctrica, es en el plano social, los medios, que también están bajo el dominio del “desocultar provocante”. Este hace que todos los entes aparezcan de una manera especial, como
Bestände (constantes, existencias, reservas), lo disponible para la utilización del mismo a ultranza. Pero estos no son los
prágmata ¿por qué? Estos
Bestände no están en el
Dasein que está fuera de la época técnica, no son los útiles, son entes listos para el consumo. Así el ente puede ser visto como a) objeto (
Gegenstand) por ejemplo como lo ve el científico, b)
Prágmata o útil, cuando de la cotidianidad media salta a la vista y c)
Bestand o ente explotable. El objeto es el
Bestand aún no realizado; cuando el hombre es tratado como un “recurso humano” se está transformando en
Bestand, y hoy es la definición que predomina o “la que cuenta”. Y es así que hablamos de “capital humano”, “mano o cerebro de obra”, “matrículas y números rojos”, que obviamente no reflejan lo que es un apersona y su dignidad, sino la de un instrumento que debe demostrar su eficacia, lo que Heidegger llamaría como ser hoy día es ser reemplazable.
* * * * *
Para resumir un poco, tenemos entonces que el ser se “desoculta”: la verdad del ser. Esa “verdad del ser” es desocultamiento, y quien se desoculta es el hombre (
Dasein); tal “desocultamiento”, pues, repercute en la “aperturidad” (
Enschloseinheit). La imposición o das
Ge-Stell es la figura del ser que se desoculta, un “desocultar provocante” (
herousforderndes Entbergen). Lo “provocante” repercute en la “aperturidad” del
Dasein, y tal aperturidad es un “desocultar provocante”. Se entrelazan con la “verdad del ser” y la “verdad existencial” que es la aperturidad. Así el
Dasein es provocado a provocar, a desocultar los entes -
Bestände o existentes- pues el hombre está condicionado a la “apertura”; no hay ser sin
Dasein ni
Dasein sin ser.
Hay también una
Zusfruch, una llamada o “llamamiento” (asignación, exhortación, aliento, suscitación alentadora, interpelación) del ser, frente a él el hombre corresponde (
entsprechen). Existir, en el caso del
Dasein es “corresponder”. Todos vivimos en dicha correspondencia a ese llamado aunque nos demos muy poca cuenta de ello.
Repetimos la frase de Heidegger: “La esencia (
Wesen) del Dasein consiste en su existencia (
Existenz)”. Esta existencia la entiende como “ex-sistencia”, es decir “estar fuera”, pero ¿fuera de dónde? Precisamente en la correspondencia de la llamada. Se ve entonces que en la tradición se entiende existencia como que algo “es”, Heidegger no lo entenderá así. Pues bien, corresponder al ser como
Ge-Stell consiste en tomar a los entes como
Bestände y tomar al hombre y a los otros como “animal de trabajo” o “material humano” (
Menschen Material). Significa que el hombre es calculado por su eficacia dentro del sistema o dispositivo en que esté inserto y somos avaluados desde allí. Pero correspondemos no solamente a
Ge-Stell sino también a
Geviert (cuaternidad). Ser hombre es existir correspondiendo al llamado del ser, y nos exhorta a cierta dirección, nos interpela para que “desocultemos” de cierta manera. Los componentes de la modernidad son llamados por este “desocultar provocante”.
Como hombres de
técnica buscamos ser eficaces, y hasta parece obvia esa autoexplotación, pero porque es algo propio de nuestra época, aunque no siempre lo fue así. Nuestro estilo de vida técnico es significativo pero es solamente uno de varios caminos. Justo al “desocultar provocante” propio de la era moderna hay otros modos de desocultar que tienen su propio peso. El “desocultar provocante” ejerce cierta violencia, contrario al desocultar que “deja ser”. El “provocante” es excluyente, expulsa a los demás modos de desocultar, no acepta a ningún otro, tiende a eliminarlos; el “provocante” no se ve como un modo de desocultar, se ve como el único. El hombre, por el desocultar que “deja ser”, es descubierto como el que “habita”, y no simplemente como el “animal de trabajo”.
Se debe tener en cuenta que ser y verdad del ser son lo mismo pero, entonces, ¿qué pasa con el pensar? ¿cuál es la modalidad del pensar que impera en la modernidad a partir de la imposición que impera como
Ge-Stell? Heidegger nos hablará de un “pensar calculante” (
nechnendes Denken). El “pensar calculante” no es “reflexivo” ni “meditante”, busca la máxima eficacia con mínimo esfuerzo. Se lleva al extremo y aparece como el único modo de pensar válido. Contrario al “pensar meditativo” (
besinnliches Nachdenken) que va tras el sentido (
Sinn) del acontecer. El “pensar meditativo” medita de todo cuando es, piensa sobre nuestro mundo técnico; pero ambos modos son necesarios.
La meditación, se dice, pierde pie, no aporta beneficios a lo práctico –se plantean objeciones al “pensamiento meditativo”-, es demasiado elevada para el entendimiento común y es imposible su cultivo generalizado. Pero lo cierto es que el “pensamiento meditativo” requiere mayor esfuerzo y debe saber conducir y cultivar la disciplina. Se piensa que el “pensamiento meditativo” requiere entrenamiento, pero requiere muchísimo más de tiempo, trabajo y esfuerzo. Se objeta también que el “pensamiento meditante” es inútil porque no da frutos rápidamente. La Filosofía o el filósofo, quizás, fracasan por tratar de hacerse cargo de todo. ¡Pero alguien tiene que hacerlo! Aunque no consiga resultados espectaculares.
Hasta el lenguaje está influido por la “imposición”. El lenguaje se ve desde el punto de vista de la información, se ve como un instrumento o medio de servicio de la información. En cuanto medio del lenguaje se informa, se forma y deforma. La información es el dispositivo que pone todas las existencias al hombre, incluso las que están fuera del planeta. La información se ve, entonces, como voluntad de poder, a tal grado que las mismas artes han sido insertas en tales dispositivos de información. Pero ni el lenguaje ni las artes son dispositivos de información. El lenguaje acoge al ser (es morada del ser), al mismo tiempo nos sirve a nosotros para “habitar” en la palabra, sin palabras quedaríamos desnudos a la intemperie. La palabra filosófica, la palabra poética nos serviría de morada, y la poesía, por ejemplo, es también el pensar que es ‘protopoesía’, pues la poseía no se reduce a versos; de ahí también que sea
poiesis, porque transita de lo “oculto” a lo “desoculto”, de lo “no presente” a lo “presente”, eso es
poiesis. Cuando la filosofía se acerca a la poseía no consiste en simples expresiones bellas o atractivas, sino “desocultar”.
Heidegger distingue, por otro lado, entre a) naturaleza técnicamente calculable, b) naturaleza calculable y c) naturaleza natural. La “naturaleza calculable” es la que ve al mundo como fuente de energía, algo explotable a ultranza. La “naturaleza natural” hoy ya no inspira a los poetas porque se ve como algo matemático. Pero hay un llamado al “pensamiento calculativo” y otro al “pensamiento meditativo”.
Por otro lado, el ente se entiende como
pragma (útil o asunto), como objeto, como existencias y como cosa (algo que permite la reunión de la cuaternidad). Por ejemplo, la cosa jarra está entre un cielo y la divinidad y los mortales y la tierra. Pero vivimos en una época desacralizada, fuera de lo divino, la “cuaternidad” se ha roto. El mundo técnico es un mundo sin dioses; aquí lo divino se entiende de manera muy amplia. La escultura o la jarra, por ejemplo, aluden a la tierra, y si tiene una finalidad religiosa como la jarra con vino alude también al cielo cuando se ofrece como sacrificio o regalo, pero ya no es así, simplemente son objetos rotos. Hay así una doble correspondencia: la del “hombre técnico” que vive con los objetos quebrados y la propia de un “habitar que cuida” los mismos.
Los mortales, por otro lado, somos los únicos que morimos, el animal no muere, perece. Si bien en nosotros también se perece, más bien morimos como tal. Somos mortales mientras estamos en esta tierra bajo este cielo y con los demás mortales. Darnos cuenta de la finitud y asumirla nos permitiría que, como mortales, “habitemos” en cuanto a que “protegemos”. Solamente los mortales “habitamos”, todo lo demás configura; y “habitamos” en cuanto a que “cuidamos” y “protegemos” (
Schonen) esa “cuadratura” (cuaternidad) en la cosa. Los mortales “habitamos” en cuanto a que “salvamos” la tierra; el técnico esclaviza y explota la tierra, pero debe reconducir a la tierra a su propia esencia, en ello consiste “proteger”, cuidar o salvar la tierra, cosa que no se da con la
técnica. El cielo, por ejemplo, tiene un ritmo, pero con la época moderna tal ritmo celesta también se ha perdido. Con los divinos el hombre en desgracia espera la gracia, el hombre de la técnica, en cambio, crea sus propios dioses e ídolos. Habría que modificar un poco este “habitar” para hacer una “genuino habitar”; estar atentos a los dioses que no están totalmente ausentes, o a ciertas cosas que merecen el calificativo de divino, no cualquier cosa.
Heidegger también medita sobre el ethos, aquel lugar donde se “habita”; no se trata de dar mandamientos; si el hombre de la
técnica convirtió el día en prisa o en ajetreo evidentemente no lo hizo por maldad, sino por el “imperio desocultante provocativo” en que se encuentra. Heidegger propone que en lugar de convertirnos en esclavos de los objetos técnicos los usemos de modo que podamos desembarazarnos de ellos. Decirles sí pero también no cuando confundan nuestra esencia. Pero ¿esto no será volver equívoca la relación con ellos? No, será simple, dejando descansar los objetos que dependen de alguien superior.
El estado anímico que propone Heidegger es el de la “serenidad” para con las cosas; de ahí el
Grelasseinheit o
Lassen: “dejar” (pero no de abandonar sino
Seinlassen: “dejar ser”). Dejar la totalidad de los entes técnicos a distancia de nosotros; ciertamente es inevitable usarlos, pero manteniéndolos a distancia prudente de lo más íntimo y propio, del
ethos, nuestra condición de “habitantes” en la “cuaternidad” que no debe destruirse. Así, pues, hay que usar los objetos adecuadamente, de manera que no destruyan nuestra condición de “habitantes”, para alcanzar un “habitar genuino” al cual correspondemos pero que deberíamos corresponder más enérgicamente, y abrazar el sentido, puesto que la despreocupación por el mismo se debe a que se ve como si fuera algo externo y que no depende de nosotros, cuando en realidad depende de cada uno de nosotros de manera total.
Hay, por tanto, que ser
libres, esto es, “abrirnos” y tomar conciencia de esta realidad “cuaternaria” (cielo/divinidad y tierra/mortales) y en ese sentido “cuidar” el ser. Hay que amarlo, es decir, en el Seinlassen permitir que el otro despliegue su ser, “permitir ser” o desplegar la esencia. Y “dejar ser” implica actividad, actuar, preocupación y ocupación para que el otro pueda “ser” en la “cuaternidad”. No se debe esperar una solución global y total, sino en breves enseñanzas que permitan tener una vida que valga la pena vivir.