lunes 18 de mayo de 2009

"Cartas" XII Parte

Mi abuelo Paquito falleció. Hace una semana de que se ha ido y no soy más que melancolía. Soy vacio o estoy lleno de tristeza. Le cogió el Enero y Febrero en conjunción con su cáncer y finalmente se fue, Paquito, mi abuelo, después de una vida llena de amor y gratitud se encontró con nuestro Padre común. Ahora sabe todo, porque se encuentra en el lugar dónde está la eterna luz y claridad, él ha experimentado la última verdad a la que todo hombre está llamado, el camino a la plenitud. El que ya no esté físicamente con nosotros nos estruja el corazón y nos llena de preguntas, pero hemos de agradecer que su presencia con nosotros nos donó una comprensión del destino al que estamos llamados, a Dios y la felicidad en Él. Ahora mi abuelo Paquito ha tocado a Dios y se encuentra muy próximo a Él, con esto debemos dar gracias porque nos ha mostrado su Rostro y su Misterio que es Providencia. Él fue y seguirá siendo la Bendición más grande que Dios nos dio. Y para mí, tantísimo para mí, cómo extrañaré a mi pequeño gran joven abuelo. Lo extrañaremos, sí, pero lo amaremos y esperaremos toda la vida. Mi abuelito, Paquito, no pudo ver concluidas sus cartas, pero sí la historia de la familia. Me ha dejado en herencia todas sus posesiones más valiosas –sin entender el odio al que ahora me guardan mí tía y su hijo, como si ellos lo hubieran disfrutado tanto como mi madre y yo- sus libros que compartíamos, sus álbumes, los discos que escuchábamos juntos, los portarretratos y las fotos, su colección de billetes y monedas que no perdía oportunidad para mostrármelas, sus viejos apuntes a los que hasta ahora accedo y un sobre amarillo dentro de la caja fuerte con algunas cartas, un cassette y algunas instrucciones muy precisas a las que en un momento me dedicaré a cumplir. Ya lo hago ahora mismo y entiendo muy bien por qué me pedía el acompañamiento, al final de su vida, en torno a las cartas. Lo nuevo para mí ha sido el cassette, pero ya iremos para allá. Los últimos meses fueron tan dolorosos para él, pero siempre mostraba su sonrisa, siempre de buen humor, jamás se le escapaba algo o alguien para decir un chiste, su mente tan lúcida no dejaba de leer ni de platicar, pero de la cama no volvió a levantarse. Aquel día de su deceso estábamos solos los dos, platicando en torno a aquel bello libro de Albert Camus llamado “El Primer Hombre”; de pronto dejó el libro a un lado, sobre la mesita de su habitación, cerca de la foto familiar. Me miró con aquellos ojos de explorador, una lágrima broto de ellos. Yo me acerqué y lo abracé. Nos dijimos cuánto nos queríamos, le aseguré que yo lo estaría esperando; sé cuánto me quiso, y sé que me quiso como a ningún otro nieto o sobrino, su nieto consentido me decía a solas. Sus últimas palabras, sencillas, nada para un epitafio, nada para un libro de historia, pero sinceras, muy francas fueron: “también de vivir se cansa uno, hijo”. Cerró sus ojos y expiró. Para la noche de aquél 13 de Junio todo estaba consumado. Jamás había tenido un dolor tal más que el fallecimiento mismo de mi primo y sobrino de mi abuelo, tocayo suyo Paquito de quien mi abuelo lo menciona en cartas anteriores. Esta doble ausencia me ha estrujado y devastado el corazón. Escribo y espero que la noche termine, mirar de nuevo el sol. El funeral, contra lo que todos pensábamos, estaba lleno de gente, cientos de personas se acercaron a darme el pésame, no los recuerdo, pero qué difícil es llevar un duelo así. Aquél día comprendí lo que mi abuelo me decía cuando exclamaba que moriría joven, y es que todos sus amigos estaban allí; a algunos los identifiqué inmediatamente y otros me sorprendieron por su presencia; las viejas historias que contaba acerca de ellos eran ahora encarnación y palabra viva. Ancianos encogidos que me dieron el pésame, supe al momento quiénes eran ellos. Primero un hombre de cuello blanco, a quien al parecer la ceremonia, aunque fuera de su propia estirpe religiosa le parecía poca cosa, un hombre protocolario y a quien sólo venía a cumplir con su deber; después de él se acercaron los demás, uno hombre chistoso que a su edad vestía de camisas oaxaqueñas y sandalias, parecía un misionero pero más bien resultó ser un comunista de salón; con ellos, quien atrapó mi atención, fue el tercer y cuarto anciano, uno tímido, con un libro entre sus manos, no distinguí si fuera “La Crítica” pero sí me abrazó y lloró, lloró con su razón pura. El otro, sin duda que era aquel político y del que tanto me había hablado tantas veces de su amistad y de su caminar 'grillero' juntos, una gran amistad por encima de cualquier credo, ideología o convicción; éste hombre de una sola pieza se fragmentó en su pésame. Y finalmente una mujer vestida de flores con la cara impávida y su rostro desecho se cogió a mí, me abrazo y llorando me dijo su nombre. Lo sabía; y eso fue suficiente para saber su gran dolor, su gran pérdida. Vinieron muchos más que se presentaron poco a poco, tardé en reconocer a cada uno. Y con una lágrima entre brazos iban y venían cual fantasmales figuras en sufrimiento ayudando, sirviendo café, como haciendo una última obra de amor para quien fuera su amigo. Mi primo Juan Marcos y la tía Frida no dejaban de hablar de lo mucho que habían querido al abuelo. Mentira. Mi madre Sofía y Yo… Él mismo lo expresa en su cartas, no tengo porque hacerlo yo. Lo siento. Pero cuánto lo extraño. Y creo firmemente en que me he de encontrar con él nuevamente, esa es la esperanza que guardo y lo seguiré haciendo. Comienzo ahora por terminar lo que él empezó, la última carta para Elisa la transcribo ahora, y tan sólo inmediatamente después, cumpliré su voluntad. Con lágrimas de existencia.

La decimosegunda y última carta está fechada el 11 de Mayo de 1909 y dice así:

Querida hija Elisa:

Acabo de recibir tu cartita en la que me dolió mucho que me hayas dicho que me olvidé de María en el sentido de no haberle enviado oportunamente siquiera una cartita de felicitación, por fortuna sé reconocer mis errores y te ruego enseñarle esta carta a María con el propósito de que me perdone el olvido que cometí, pero que se debió a una sola cosa, yo me preocupé un poco más por unas flores que le llevé a Mamá Elisa en compañía de tus hermanos y con las consiguientes oraciones nuestras por su recuerdo.

Me apena de veras que se haya puesto triste María, pero qué bueno que ha ocurrido así de manera tan impremeditada, haber si eso le hace pensar que a mí también me puso muy triste cuando ella y todos ustedes no se acordaron hace ya casi un año de haberle llevado flores a ese ser tan querido para todos nosotros como es Mamá Elisa.

No quiero volver a pensar en estos terribles recuerdos y ojalá que también nuestra memoria no impida que logremos acordarnos de las personas que en nuestra vida han traído o que tienen gran importancia, es así como yo espero estar más pendiente de ustedes (todos), y ojalá que la vida por muchos, muchísimos años no nos traiga acontecimientos de grandes penas que lo desmoralizan a uno de tal manera que luego no es capaz de pensar cuál es la mejor salida para afrontar los golpes de la vida.

Como que parece que tu carta no me hubiera llegado sin que me pidieras dinero, de todas maneras te quiero y, pues, que remedio, adjunto $100.00 Dls. U. S. y por otra parte éste será mitad y mitad para cada una para lo que se les ofrezca, pero por favor no quiero saber de ninguna obligación que me comprometa a enviarles ningún centavo más. Por hoy es todo ¿eh? No tengo dinero, y así me lo pidieras aún de por favor, ya no te podré enviar ningún centavo más.

Por otra parte, no he visto que ustedes le corrieran una atención bien merecida a Josefita, en el sentido de que: ¿le enviaron ustedes alguna felicitación del día de su cumpleaños? ¿O qué realmente no significa nada para ustedes puesto que les ha dado gran ayuda y… realmente ustedes ya se creen tan libres en la vida de no tener ninguna obligación moral?

Con ustedes no tengo mayores problemas de travesuras o groserías como las de su hermano, mi única preocupación es que no fueran mujeres de virtud. No saben cuánta tristeza llena ésta casa por la actitud de ese pobre muchacho: Adolfo. Gracias a Josefita encuentro a este muchacho un futuro de vicio, pues no veo en él nunca un comportamiento correcto, y lo lamento tanto, pues a su corta edad es muy probable que al igual que un enfermo, cuando tiene algún mal de naturaleza incurable, así quizás tenga éste muchacho tan adentrado el vicio del mal comportamiento. Es penoso, en verdad, qué vergonzoso. De todas las travesuras que ha hecho en la factoría, con los animales, con sus amigos de juerga y sus primos que hacen las veces de “san camilos” ha sido tanto mi coraje, y que Dios me lo perdone, pero en un momento dado he querido llevármelo muy lejos, como a ustedes, pero que no vuelva más, ya que no veo en él un futuro que sirva, si no me mira como la autoridad, mucho menos respeto de sí mismo y la irresponsabilidad que ha demostrado. Con la vergüenza más grande del mundo lamento estos resultados, y sólo me consuela que de mi parte, la misión a cumplir con respecto a él, ha sido la más afectuosa y cariñosamente hecha. Pero si sigue así, no voy a quererlo nunca más por acá, y menos junto a ustedes y los míos. Me indigné de tal manera con él, la vez que, no aprendiendo la lección de barrer descalzo la factoría, se escapó de casa por la azotea para irse de juerga con sus primos, por lo que le di la cueriza del siglo, pero pienso que ni aún así entenderá, pero a la otra lo puedo medio lastimar, o quien se irá al panteón seré yo del coraje que me provoque.

Así ustedes saben que yo no quiero gente inconsciente. A mí me ofende la gente que no sabe guardar gratitud o como si se dijera de alguien: no es malo aquél que no se arrepienta, sino aquél que nunca lo demuestra. Con gente así, te seguro que no me habrá de dar gusto vivir en familia, porque tengo sentimientos de gente de provincia, de gente de pueblito, y de gente sencilla que es la que se demuestra en todas partes más sana, más sencilla, más gente, y llena de más conciencia tanto para Dios como para el prójimo, y si esas costumbres ya se perdieron en ustedes como a su hermanito, quisiera mejor tenerlas siempre en un Colegio lejos de mí, y no volver jamás a verlas. ¿Qué triste sería eso verdad? Pues aunque así fuera tan triste lo preferiría, pues no puedo concebir que mis hijas que debieran tener un corazón como el de esa gran Señora, Mamá Elisa, que Dios tenga en su gloria, tendría que ser igual; pero si así no fuera, ¿qué objeto tendría seguir guardando grandes ilusiones para unas muchachas tan lindas como ustedes?

Favor de pensar bien lo que digo, porque ya no son ustedes unas niñas de biberón, y si las cosas no se van hacer interpretando ustedes mis costumbres, en verdad vamos a tener serios problemas en la vida, de los que: “óiganlo bien”, yo tendré que salir airoso porque tendré que hacer mi voluntad para el que quiera aguantarla, y para el que no, habrá castigos, energía y distancia para tenerla lejos en un Colegio porque en verdad no quiero gente que no se parezca a toda nuestra familia.

Tu papá.

Sr. Don José María Zavala González

martes 23 de diciembre de 2008

"Cartas" XI Parte

Los días más felices de mi vida han sido incontables, pero junto con el día en que María Luisa me dio el ‘sí’ están también las fechas en que nacieron mis dos hijas, Frida primero y Sofía después; las dos pequeñas, quienes sólo se llevan por un año, crecieron juntas pero muy distintas la una de la otra. Frida ha sido una mujer de carácter muy duro, su mirada siempre ha sido como la de un águila a punto de dar caza a su presa, es fría, poco expresiva, de sentimientos nobles pero siempre secretos, de una precisión y exactitud al hacer las cosas que hasta miedo me da, perfeccionista hasta el cansancio y calculadora como un autómata, dura como una roca. Trabajadora implacable, jamás descansa, puede pasar horas en su oficina y entre papeles, de ida y vuelta siempre de aquí para allá, dando órdenes para que todo sea a su imagen y semejanza, para colocarse como la creadora de un nuevo mundo con su orden propio y su gobierno infalible, despierta muy temprano para preparar su desayuno, comenzar a abrir sus negocios y orquestar el más ínfimo momento del día, se sumerge las mañanas enteras en sus tiendas de calzado para que al medio día asista a su fonda en la que come, atiende clientes, cocina y cobra las cuentas; en las tardes regresa a casa en dónde se mete a la oficina entre cuentas, facturas y faxes hasta la media noche en que recuerda que tiene que descansar para seguir al día siguiente, quizás come algo, sacude y reordena lo que las empleadas domésticas hicieron mal, se despide de su esposo y de mi nieto, y se va a dormir. Su familia no se queja, su esposo se ha adaptado al ritmo de vida impuesto, si bien es más relajado en su proceder debido quizás a su misticismo y creencia en las almas vagabundas, es una gran persona que cuida y ama a mi hija y a Juan Marcos, mi nieto. En las relaciones sociales de Frida siempre hay una extraña sensación de poca confianza y hasta de hipocresía, como si el otro fuera antes un enemigo y después un socio pero jamás un amigo, quizás un cliente quizás un comprador quizás un vendedor, pero jamás alguien con quien charlar, nunca una persona a la cual estimar. Por la misma razón sus relaciones con sus empleados son muy similares a las relaciones entre un nazi y un judío, la incomodidad que siento cuando trata a sus empleados como si vivieran en Auschwitz es insoportable, mejor huyo de sus hornos y cámaras de gas psicológicas para refugiarme lejos de sus regaños, regaños que tienen una característica muy definida; Frida reprime para hacer sentir mal a la gente, si bien con el fin de que las cosas salgan bien hay en ella una particularidad, primero antes de decirles a los empleados lo que deben hacer para mejorar, les dice que son de lo peor, les denigra, les pisa, les arrastra, les escupe y muerde, se ríe y luego les abraza para decir cómo quiere que hagan sus labores, pero una vez que el empleado cae presa del terror, del asco y la náusea por trabajar así, cuando ha perdido toda esperanza de una dignidad y de una vida futura en la que pueda hacer mejor las cosas, cuando todo se ha caído de sus manos y el mundo pierde sentido, porque aunque sea regaño para un empleado, en el trabajo él se dignifica y vive la realidad, y cuando pierdes la realidad lo pierdes todo, lloras, como las veces que me he avergonzado al ver en lágrimas a sus empleados. Su hijo, Juan Marcos, es mi nieto el más pragmático, lo habrá heredado de su madre y también como ella decidió estudiar Administración de Empresas. No se preocupa por la adicción al trabajo de Frida, su mamá, sino que él mismo se empeña en ser tan trabajador como ella, lo cierto es que de la teoría a la práctica lo más práctico es la teoría, y si de eso se trata mi nieto sería el más grande teórico del trabajo; y por ahora lo entiendo, pues tiene tan sólo 20 años. Es un amiguero nato, deportista a más no poder, le encantan los juegos de video, odia la literatura y todo lo que requiera un esfuerzo intelectual por entender el significado de la vida, de la existencia y del ser, el sólo vive, es un Dmitri Karamázov pero que no busca redención, únicamente se queda con la vileza karamazovesca sin hacerse las preguntas fundamentales propias del ser humano. Su vida transcurre entre el negocio de su mamá, dar un par de órdenes, cargar unas cuantas cosas, llevarlas en camioneta a otro destino, regresar a su casa, quizás hacer un poco de tarea con breves y hasta mediocres ensayos y que mejor recurre a mí o a su primo para mejorarlos, gastar sus tardes en videojuegos, ir al gimnasio y a jugar algún deporte, para que en las noches salga con sus amigos a hablar de contaduría, de algún partido, y divertirse hasta el hartazgo, de manera que el consejo que le doy siempre es que si quiere un mejor destino guarde un poco de silencio, se domine durante una hora y se aleje de la vida libertina, cosa que evidentemente a su edad no escucha pues antes mejor lo tira a la basura. Es sin embargo un buen muchacho, porque es fiel y noble, capaz de entender con la simpleza de su mente los problemas más complejos del orden social y familiar, con una sencillez que raya en el desinterés por los problemas del mundo y de su entorno, él no es él y su circunstancia, pareciera como si esta buscara salvarse a sí misma pues él la ha abandonado hace mucho tiempo, este aire de despreocupación es una balance perfecto para la obsesiva forma de trabajo de su mamá y las visiones de su padre. A éste mi nieto lo quiero por eso, porque cuando todo está perdido y desesperado su atmosfera de “poco importa” y un ligero desprecio por lo trascendental que se asoma en su mirada y en sus labios, dejan escapar un suspiro de tranquilidad, confort y ataraxia desesperante pero saludable.

Mi otra hija, Sofía, es lo contrario a Frida, aunque también muy trabajadora le gusta el relajo, las fiestas, las amigas y todas las reuniones en dónde haya música y risas. Sofía estudió Comunicación, y como tal le gusta comunicar, entablar contactos. Ella trabaja en su propia editorial y a diferencia de Frida es muy amiga de sus empleados, a veces no distingo quién es la jefa y quien es el empleado, pues es muy relajienta con ellos, por eso mismo la quieren mucho, en sus años de trabajo no ha habido un solo empleado que no la recuerde con cariño, aún después de años de trabajo la buscan, la frecuentan, la invitan al mole y hasta la hacen su comadre. Sofía es quien más se preocupa por la familia, siempre está al pendiente de mí, de su hijo y de su esposo y la familia de éste quienes tienen unos problemas bravos, por ello mi hija siempre busca la unidad en todos nosotros, le provoca el corazón de todo y de todos, aunque Frida se mantiene siempre a distancia, como si nosotros, su familia, también fuéramos unos clientes o alguien a quien tratar por conveniencia o contrato. Frida siempre anda con bandera blanca, Sofía en cambio su bandera no tiene color definido, porque muta de acuerdo a sus convicciones, es una mujer de postura y actitud ante la vida de un solo camino, esto la distingue muy bien de Frida quien con tal de tener buenas relaciones mercantiles con todos, e incluso con su propia familia, jamás toma postura concreta por algo, es tibia. Sofía o es fría o es caliente, su humor es por lo mismo muy fluctuante, no sabes cómo reaccionará por cualquier mínima cosa, y por lo mismo su voz es de trueno, como la de mi propia madre, aunque Sofía no conoce las ventajas del silencio maneja su vida con total soltura, por razones que no me toca juzgar su esposo no ha estado con ella como debería, por lo que ella se ha forjado una vida para sí y mi nieto Xavier de manera asombrosa y muy admirable. En la editorial ella tiene en sus manos el poder total y absoluto, no sé de dónde lo heredaron mis hijas pero ambas cuando entran a alguna habitación de su propia empresa o negocio todo, absolutamente todo, se vuelve súbdito de su presencia, todo y todos les respetan, pues ellas hacen uso y desuso de la realidad entera. Sofía ha tenido la fortuna de tener esta cualidad, pues ella sola y sin ningún carácter que le ayude habría sido su ruina, pero ha salido adelante con la editorial por su fortaleza de elefante y su belleza y astucia de una orca. Si María Luisa viviera diría junto conmigo que de dónde salieron estas muchachas que de nuestras hijas sólo tienen el parecido físico en la boca, la nariz y quizás los ojos y el apellido, pero del espíritu por la vida contemplativa, la disponibilidad al silencio y el diálogo, el gusto por la lectura, el arte, el teatro y todas las esferas de la cultura, no, ellas no, si acaso el heredero por acto de procreación espiritual es mi nieto Xavier, el hijo de Sofía de quien ya hablaré más adelante. Sofía es además la reina de las fiestas, a donde quiera que va el lugar se llena de colores, dirige majestuosamente las voces y los coros de la estancia, de la reunión y de cualquier tarde de vino o café, prepara la comida con gran entusiasmo y ánimo por ver a su familia alrededor suyo, a su amigas echando relajo con ella, a sus empleados comiendo en la mesa a su lado, todo con ella, todo por ella, porque en ella se resumen los encantos de la vida, la vida que le ha tocado ha sido cruel y sin embargo en ella la vida es bella, Sofía canta, baila, grita, vive en libertad como si en la vida no existiese la rigidez del trabajo, del protocolo y el dogmatismo, es una mujer actual que ama a su familia, su trabajo y abraza todo a un tiempo. Ella es la única en la familia que es una persona religiosa, va a misa todos los domingos y cuando puede entre semana, reza el rosario, saca la estampita al medio día para el ángelus o reza al Cristo del crucifijo a las 3 de la tarde, Sofía, mi hija que es sabiduría de fe madura y no fe de primera comunión, me ha enseñado tanto sobre esto, pues sólo desde hace tres años que mi corazón busca descanso volví a comulgar, con el hambre de un espíritu abandonado y vagabundo. Hablar de Frida es sencillo, hay sólo una línea, pero hablar de Sofía es sumergirme en raíces, definir el tronco y expresar cada ramificación y cada fruto con total claridad. De mis dos hijas es con ella con quien mejor me llevo, con quien paso ratos agradables, alegres, con quien me recreo aunque sea en el médico o en el cine. Para conocerla hay que hacerlo en vivo y en directo, su carácter es liviano, pero es un mujer de carácter firme, una madre asombrosa, con ella me he dado cuenta que hay quien nace para ser mamá y no ser esposa ejemplar, Sofía es madre por sobre todas las cosas, y por eso lucha con temperamento de joven y recorre la vida con la mano extendida adornando su entorno, redecorando, amando a su hijo a cada rato, entregándose a su trabajo, a su familia, a la existencia entera, besando la tierra dónde nació, soplando a las estrellas y barriendo con mirada de brisa el mar, su amor por cada ser se refleja en su profundo cariño por sus pájaros, sus plantas, sus perros, porque la vida ella la mira así, como una totalidad que hay que amar porque esta vida no se nos puede ir en una lógica matemática de rigidez, sino que hay que amarla con el entusiasmo y el ánimo del niño de 13 años que quiere existir eternamente; sin preguntas, sin respuestas, pero con amor, porque es el amor la respuesta única.

Mis nietos sacaron la belleza de sus padres pero la inteligencia de sus madres; en especial Xavier, el pequeño “cara pálida”, es en quien toda la tradición de una vida en el espíritu, de un amor por el intelecto, ha recaído, por una suerte de –como decía- procreación espiritual. Mi propia madre ha vuelto a nacer en él, y de gran ayuda le ha sido que por la editorial ha leído hasta lo que no, joven como mi primera juventud leyó como yo mismo grandes clásicos, Dostoievski, Tolstoi, Dante, Shakespeare, Dumas, Dickens, Wilde, Poe, Goethe, Cervantes, Victo Hugo, Camus, Kafka, Hesse, Stendhal y hasta Nietzsche; gran aficionado de Lovecraft y que comparte mis gustos por García Márquez, Allende, Borges, Cortázar, Rulfo, Paz, y un sinfín de poetas y poetisas, desde Girondo, pasando por Benedetti y Pizarnik, hasta J. Silva, K. Villeda, D. Xelhuantzi y A. Scherezada, grandes amigos estos últimos, además, y en quien en algunas tardes de olvido vuelvo a ser yo por medio de ellos. En éste nieto cae toda mi predilección, el nieto consentido, pues con él las horas han pasado y el tiempo se detiene, el espacio se vuelve sólo un adorno más en cada palabra que sale de nuestras labios, cada tarde en que compartimos una cerveza o un café mentolado, perdidos entre la gente del Zócalo o totalmente envueltos en las bibliotecas; con Xavier recuerdo los años de mi adolescencia, recuerdo también a María Luisa y a mi propia madre. Con mi nieto, de tan sólo 24 años y un apasionado lector y humanista, he pasado los mejores ratos de mi vida, con él comparto los libros, los ensayos, las películas y hasta la música; él me lleva al médico, va por mis medicinas, insiste en que tome el tratamiento contra el cáncer y acepta mansamente mi negativa respuesta. Xavier es mi “cara pálida” de las mil y una personalidades, pues si bien es un chico muy inteligente, de gran corazón, con amor por el arte, la literatura, la cultura toda, tiene otra faceta que igual describiré: él requiere ser un sol, pues irradia calidez y confianza, con sus estudios y la vida intelectual que lleva le gusta llamar la atención, pero dramatiza en excesos la vida y eso como me divierte, es muy flojo para el trabajo pesado o físico pero vive con intensidad su trabajo intelectual, lo defiende y el lee y escribe con total seriedad; pero también carga con sus pasiones, con sus emociones que son, diría ahora, las de un Iván Karamázov que anhela ser Aliosha, pues la realidad se le hace compleja, cree que la vida tiene una razón lógica pero inmediatamente después anhela el espíritu libre y alegre de la vida sin lógica; esto mismo le hace tener un carácter y un temperamento que quizás él mismo no se soporte, explosivo al más mínimo ruido, serio en cada tema que considere vulgar, estoico para cada risa y voluble al grado de hacer temblar hasta a la más tierna mariposa provoca los enojos de su madre y la dureza de sus amistades; y a pesar de todo puede, en su observancia, hablar del tema más tonto hasta el tópico más avanzado. De su vida personal conozco poco, no sé de sus amigos o de sus amores, pues todo en nosotros es en calidad de amigos que incansablemente buscan conocer y amar aquello que aún desconocen. Tiene un espíritu muy humano, a pesar de su inestabilidad emocional, se preocupa por todo, busca el orden en las cosas y cuando no lo encuentra se deprime, se esconde de la realidad adversa pero cuando tiene la oportunidad sale con una fuerza de león que su rugido es escuchado por todos. Se encierra las tardes enteras para leer o escribir, y cuando sale lo miro lleno de luz con cada verbo que sale de su boca, su lengua no se cansa y prende cada vela que encuentra a su paso. Se, por lo poco que cuenta y por eso ahora hago un esfuerzo de describirlo, que sus amigos lo quieren mucho, lo buscan a cada rato para que los escuche, llora con ellos, ríe con ellos, y también los regaña y reprime con un amor muy confuso. Por la familia tiene una especie de lástima, como si supiera que él mismo no pertenece a ella y los demás deben sufrir con su presencia, por eso viene a mí. No sale demasiado, prefiere preparar sus clases del día en casa, leyendo cualquier cosa interesante, tomar un refrigerio mientras mira las noticias y regresar a su alcoba a su misma rutina, rutina que es suya y él acoge con gran cuidado mientras en cada célula y en cada tecla vibran las notas de un “Carmina Burana”. Su habitación es ordenada con olor a viejo y soledad, libros en todas las esquinas, papeles en todos lados y cuadros de nuestros favoritos Van Gogh y Dalí. No cabe duda que si por un lado tengo ya una imperiosa necesidad por regresar al hogar del Padre común con María Luisa, tengo por el otro una enorme tristeza por dejar a Xavier aquí, en su mundo que sin mí no será, por ello no sólo le dejo todo que siempre fue de los dos, nuestros tesoros literarios y artísticos, los libros y los bellos cuadros de Jorge Alejando o Gabriela Nava, las pequeñas esculturas de Pablo Olivera y los discos de nuestra música predilecta, desde la clásica y barroco hasta el rock, alternativa, dark y metal, a él, mi nieto Xavi, le dejo mi alma, mi corazón, mi espíritu que a él, por él, en él y para él ha latido desde que fue concebido.

La decimoprimera carta está fechada el 3 de Mayo de 1909 y dice así:

Querida hija:

Acabo de recibir la carta de María donde ya parece que le urgen los pasajes para el regreso, y enseguida los ordené para el 20 o 31 de Mayo, y espero que pronto los habrán de recibir y todo quede debidamente arreglado. Respecto a sus chivas, las monjas las pueden orientar de cómo hacerlo mejor. Adjunto algunas instrucciones sobre a dónde, cómo y con quién dirigirse para el transporte de sus chivas para México. Si algo no saliera de acuerdo a como le he ordenado, no dejen de comunicarse conmigo para modificar los planes y así pronto tenerlas aquí en casa. Sobre el asunto centavos, puedes enseñarle la presente carta a María para que vea que autorizo que te entregue la mitad de lo que siempre les he enviado, pues siento que no pueda hacer ninguna preferencia con ninguna de esas dos niñas a quien quiero mucho y nada de pleitos ¿eh? Tampoco quiero muchas compras ni muchas cosas que ustedes quieran traer para acá, más que lo indispensable, en vista de que de veras ahora ando muy pobre. Dile a María que no sé qué hacer con sus calificaciones pues no me instruye si debo regresárselas, ya que tampoco les entiendo nada y mientras no me digan qué debo hacer con ellas, pues aquí las dejo para lo que se ofrezca. Por el momento es todo, y ojalá tengan feliz regreso para que así puedan avisarme con precisión el día en que lleguen para ir a esperarlas. Reciban mis saludos, mis bendiciones y hasta pronto.

Sr. Don José María Zavala González

He estado empleando mis últimos días en conseguir el número telefónico de alguno de los descendientes de los niños Zavala, parece que obtendré resultados y sólo espero la correspondencia epistolar en el que espero en Dios podré comunicarme con alguno de ellos, no espero que sea con algún hijo de Don José María pero sí al menos un nieto o nieta. Creo que ahora que se acerca la navidad podría ser ése el mejor regalo que tendré y que yo daré a quien responda para darle las cartas encontradas en mi infancia. Sin embargo se acerca también Enero y Febrero, ya a mi edad me da pánico pensar que me puede tocar ser parte del desviejadero. Mi nieto Xavier, a quien por primera vez le confié estos escritos se está dedicando a investigar por internet sobre los descendientes de ésta familia, me alegra tenerlo a él porque eso de la tecnología no se me da, y aunque a veces él se molesta porque lo trato como técnico me saca de enormes problemas cuando uso algunos aparatos como el diePod. La otra vez llegó con la noticia de que había encontrado a algunos descendientes de don José María gracias a unos viejos periódicos que encontró en la hemeroteca. Estos viejos papeles redactaban la trágica historia de unos hermanos empresarios allá por el 1945 (me sorprende cómo en cierto modo fuimos todos contemporáneos) que pelearon hasta la muerte por la herencia de su padre, un tal señor Zavala en el estado de Oaxaca, la coincidencia se me hizo demasiado evidente, por lo que instruí al pequeño “cara pálida” que siguiera investigando; así fue, y ahora mismo nos encontramos en redacción sobre los fascinantes descubrimientos -al menos lo son para mí porque siempre sentí muy cerca de mí a elisa y sus hermanos- que hicimos sobre esta familia y su pronta entrega de las epístolas que, quizás, les sirvan a los nietos y nuevas generaciones de los Zavala entender por qué sus padres, madres y tíos actuaron como lo hicieron, por un pasado siniestro y manejado cual titiritero por un primer Señor Don José María Zavala González y por la crueldad de una madrastra de nombre Josefa. La próxima entrega, y me come la emoción, es la última carta a Elisa, y con ella la redacción final sobre el presente de ésta familia que hasta ahora era sólo un pasado con un futuro incierto; por eso nos gusta la historia me decía mi nieto, porque conocemos el pasado de nuestra propia familia, nuestros ancestros, y no cometemos los mismos errores, aunque eso no es siempre sucede, y para muestra bastará un botón. Que Dios me de vida y fuerzas para que éste, su hijo Paquito, pueda ver concluidas sus cartas y la historia de la familia. Mañana tendré una reunión con los amigos de antaño, ancianos todos, víctimas del tiempo y eslabones del amor, mis amigos y amigas todos a quién ahora agradezco su compañía sincera, su fruto fresco: Mario, Deya, Erika, Mary, Susy y Gaby. Tantos otros a los que mi corazón llama y se inflama en sus letras, a los ya mencionados en cartas pasadas, todos, como olvidar a Miriam, Virginia, Jorge, Fernando. A todos ellos, gracias por compartir su existencia. Mañana los veré que pasado mañana quizás ya no más estaré. Los abrazo, los cubro de besos y me extasío en el mayor bálsamo que pueda ver, el amor de la familia, y el cariño del amigo.

lunes 17 de noviembre de 2008

"Cartas" X Parte

Tiene usted cáncer. Esa fue la noticia que recibí de boca del doctor cuando leyó mis estudios, sabía que no debía meterme con esos matasanos. Por esa razón había dejado de escribir casi un mes, me sentí totalmente fuera de mí, a veces creo que es mejor no conocer la enfermedad porque cuando se le conoce es cuando comienza uno de verdad a morir, saberte enfermo –pienso- es como entrar en un estado mental de angustia y desesperación que a mi edad te conduce inevitablemente a los gusanos, al menos he terminado "Cien años de soledad". Por una extraña razón comencé a recordar mis años de juventud antes de conocer a María Luisa y a ella misma muy en particular, las tardes de café mentolado con libro en mano, los campamentos a la montaña, las copas con los amigos en el cabaret o en el burdel, aquellas tardes en que Jorge, Bram, Román y yo huíamos del triste amor pacato a los pechos de las bellas doncellas que en él habitaban, porque eso sí, siempre me perderé entre los pechos de una mujer: Sandra, Araceli, Maricarmen, Yeidy, Mara, Gema, Pilar, vírgenes perpetuas, manantiales de generosidad recordaría Sabines ¡qué habría sido de nuestra vida sin ellas en aquellos años sin cobijo! También mirábamos el show de Las Tres Marías, los jotos del cabaret que mandaban y derrochaban besos a cuantos en ellos se fijaran. Tardes llenas vigor, de hambre, de sed perpetua por el manantial de la vida escondida bajo el sexo fugaz. Pero cuando conocí a María Luisa la vida me cambió por completo, aquella mujer... Si tan sólo supiera cómo expresar todo lo que me hizo sentir, me condujo a nubes insospechadas que ninguna mujer del bar me habría hecho sentir, y no cabría en miles de libros todo cuanto escriba de mi amor por ella. No hay minuto que pase y que no tenga el convencimiento de que la amé como las flores aman y se abren al rocío matutino, como la pluma ama a la hoja, o como el ave ama al viento, la amé sin un por qué, sólo la amé desde el primer momento en que la abracé, desde aquella noche en que sentí su mirada muy cerca, desde que vi mi reflejo en su ser y conocí el amor en sus labios; adiviné que lo nuestro duraría la eternidad y en la lucha constante del día a día alcé vigoroso nuestro corazón. La felicidad que me embriaga es aún indefinible cuando pienso en ella, no tiene siquiera definición, no existe un modo particular de decir lo que mi alma sentía cuando estaba a mi lado y aún cuando estaba lejos, ¡ahora mismo lo siento! es como aquella sensación de plenitud, de consumación y perfección que reconocía al primer contacto con su mano, al primer aliento y al primer beso en sus labios y al saber que nos amábamos y que estábamos aquí o allí en donde se encontrara nuestro corazón, aquella emoción alucinante cuando me miraba en sus ojos y reconocía un océano etéreo lleno de majestuosidad y colmado de amor en aquel espejo mágico que eran sus ojos y en los míos, nuestro mirar –suspiro- se confundía porque ella y yo nos volvimos uno en el todo, ambos caminamos juntos por el mismo sendero, su vida fue mi vida, y nuestra vida fue un canto, alegría, fue la belleza de la nieve en la montaña y la brisa marina del escuchar su voz y su risa, y el amarla por el eco de su persona que no era otra cosa sino ella misma, su ser, su esencia que se convirtió en llave de mi existencia. Ella fue compañera en un mismo destino, una buena compañera para el espíritu que ahora la busca para descansar, regresar a su pecho respirar y beber de él como antaño, mi memoria vive por la historia que forjó en cada pulso, imborrable la encuentro ahora que se que le pertenezco más cuando voy camino al hogar del Padre común; compartimos una libertad y que nos ha quedado dentro del uno y del otro, a su muerte sé que una parte de mí se fue con ella. Quiero muy pronto entregarle totalmente mí ser, porque así alcanzaré las mayores alturas de la vida, aquellas cimas que tanto he ansiado y elevarán finalmente el espíritu del que ha sido la incógnita en un mal proceso matemático, porque a su vista se ha de olvidar todo lo malo, y sólo lo bello y hermoso de la vida tan maravillosa me es querido por ella, María Luisa, mi amada esposa en la eternidad, y aún me es querido por mí, porque los dos pintamos un cielo, creamos una nueva tierra donde acampar e iluminamos un mundo lleno de colores, de luz y sombra, y este nuevo mundo fue nuestro y ahora les ha de pertenecer a nuestras hijas, Frida y Sofía; y dentro de él la mañana y la noche sólo tuvieron un devenir en ella misma, mi amor; porque el calor del sol fue nuestra pasión, porque el viento nos abrigó en su enervante perfume, porque la caricia de una rosa nos colmó en éxtasis cuando descendía una halago, cuando me miraba y cuando me abrazaba. Cada detalle fue tan importante para mi corazón, cada nota que dictó la pluma y el tintero, cada expansión de su voz entró muy dentro de mí. Cada pensamiento suyo fue un pensamiento consagrado a la felicidad del amor; y yo pienso en ella cada instante, porque aún la recreo en un espacio divino, en un tiempo sin suelo; y yo, pronto junto a ella, en el infinito baúl de los recuerdos. Déjenme decirles que el primer día que la conocí ése día me enamoré de ella, de su sonrisa, de sus expresiones fulgurantes, de su escondida seguridad, de su pensar, me enamoré del movimiento de sus brazos que tendían a colgar mariposas en los prados, de su pecho que me invitaba al abrigo, de su espalda que buscaba cobijo, me enamoré de su piel que era nívea como la lis y de sus ojos que colmaban mi sed y bebía para saciar mis ganas de ella, de su cabello que desasía caricias de un Agosto extraño, y me enamoré de sus labios, de cada sílaba que se desprendía de ellos, me enamoré de sus voces que fueron voz de mi boca, suspiro del alba y crepúsculo de un nocturno; sí, me enamoré de su cuerpo que cómo pesaba en mi cuerpo, pero me enamoré más de la persona que habitó en él, de ése espíritu que fue hálito y que se expresaba en materia, que la trascendió y me robaba, me asaltaba y me conducía al castillo en el bosque, donde árboles y flores, aves y fieras se transformaban en trazos de aria que colmaba mis pulmones, que extasiaban y llenaban de fuego mi corazón, María Luisa hizo su hoguera dentro de mí, con una sonrisa, un abrazo, una mirada, un te quiero o un te amo, una caricia o una palabra. Con ella puedo decir que la mejor etapa, la mejor era de mi vida llegó cuando la conocí. La amé sin comienzo y sin fin, la necesité, la extrañé a cada instante, aún lo hago, y la amé sólo porque la amé, así nada más, y he aquí que mi mano tiembla y busca la suya para estar entre sus manos y piernas para ser promesa suya, sólo suya, siempre, sin abandonarla jamás y estar en ella como ella ha estado en mí todos estos años, ir ya a la Absoluta Eternidad a donde pronto he de seguirle, de alcanzarle, porque fue su amor quien me salvó, su amor que se llevó todo mi corazón.

La siguiente carta, y última de las enviadas por Adolfo a Elisa, está fechada el 19 de Abril de 1909 y dice así:

Elisa, espero te encuentres bien, pues yo aquí como siempre. Elisa, espero que me perdones por no haberte escrito luego, pero no he tenido tiempo; pero en la carta de María está, dile que te cuente.

Elisa, espero que ya me escribas mejor con mejor letra y todo. Y además no te enojes, yo no te había escrito porque tú no me escribías, pero yo sí quiero a las dos. Sí, bueno, no me digas nada de que no les pegue a Mariana y sus hermanas, pues si ya lo sabías, yo no las quiero, ni a Josefina, ni a Beatriz ni a Mariana, esos escuincles hijos de “diabla”.

Elisa, mi tía Úrsula quiere que se vengan el dos o tres de Mayo para su boda, y también dice que ya leyó la carta de mi tía Lupita y dice que te compongas cuando vengas.

Elisa, si mi papá no les dice nada no les traigan nada a Josefa y al escuincle ni a las escuinclas, aunque esté enferma la vieja mensa, pues si supieras todo lo que nos ha hecho. Dile a María que te lo cuente que si no, verá. Es que ya es muy noche y tengo mucho sueño, son como las 11:1/2 –once y media-. Elisa, les manda saludos mí tía Regina y pregunta que si no les llegó una carta donde iba el retrato de Amaranta.

Bueno Elisa, dile a María que te cuente. Escribe.

Tu hermano Adolfo.

Lloro. Inevitablemente lloro, ya no sé si ha de ser por mi enfermedad y por mandar al carajo a doctores y enfermeras que buscan convencerme por –dicen ellos- “unas cuantas quimioterapias”, pero no señores, nada de eso, llorando vine a éste mundo y así me he de ir, con aquel grito de vida que en el sufrimiento he confirmado que yo soy, yo existo y ¡yo vivo!, que no me entuben, que no me conecten a una suerte de Matrix que bien podría conducirme al maravilloso país de los vegetales y desafiar así al Creador. Con mis hijas también lloré tantísimo, más con Sofía y su hijo, mi nieto Xavier, ríos de lágrimas terminaron por inundar la sala, las aguas salinas recorrieron los pasillos, y finalmente se fueron por la cañería. Ambas hijas han respetado mi voluntad de "no intervención" a mi salud, resolveré lo que pueda con unas aspirinas y un esporádico pepto, pero no emulsiones de uranio, kryptonita, jadarita o sepa Dios qué. O quizás lloro porque nuevamente la maravillosa intuición de Adolfo de tan solo 8 años de edad resurge nuevamente para darnos mayores pistas sobre su familia. En una pequeña carta advertimos el pseudónimo con que designa a la madrastra como diabla y por lo mismo los hijos de ésta son hijos de diabla ¡ja, ja, ja! vaya chamaco que es Adolfo, que además de excusarse por no escribir y poner como pretexto final que es porque Elisa no le ha escrito lanza una casi amenaza a su hermana para advertirle que no ha de traer nada de regalos ni suvenires para aquellos que se han vuelto sus enemigos ya, dentro de su propia casa, por cosas que no sabemos qué le debieron haber hecho a él y con toda seguridad a sus hermanos Porfirio y Consuelo. Tenemos como pistas las mentiras de la Señora Josefa para que Don José María arremetiera contra sus hijos, sabemos también que a éstos pobres infantes no les compraban nada a diferencia de sus hermanastros, y no dudo de que habrá más cosas que enigmáticamente oculta Adolfo al decirnos sencillamente “ si supieras todo lo que nos ha hecho”. No cabe duda que hay madrastras malas, muy malas, demoniacas, que en un abrir y cerrar de ojos se convierten en la monstruosa Reagan McNeil de Linda Blair. Una ocasión escuché de una señora que se casó con un hombre acomodado, ya desde entonces se decía que se casaba por conveniencia pues la familia de ésta no tenía dónde caerse muerta. La señora adoptó con su matrimonio a cuatro pequeños, dos varones y dos mujercitas, de muy corta edad decían, quizás rondaban por edades inferiores a las quince años; recuerdo que me encolericé e indigné cuando me contaban las perversidades que hacía ésta mujer con aquellos indefensos. Se cuenta que una de las niñas la vio robando mercancía de su propio esposo para dársela al hermano de ésta, cuando se percató de la presencia de la niña arremetió contra ella en bofetadas y puntapiés mandándola a dormir con sangre en su boquita, peor le fue que a la mañana siguiente sería nuevamente golpeada por su propio padre porque la madrastra había inventado que aquella pobre niña robaba dinero de la caja, cosa curiosa que –según nos contaron empleados que trabajaron con aquella familia- había comenzado a faltar siempre dinero a partir del nuevo matrimonio. Y entre otra cosa diabólica de ésta señora, está también la anécdota de que un día en un arranque de locura infernal se decidió a rapar a uno de los varones, cortándole todo el cabello para luego vestirlo de mujer y sacarlo así a la calle, ¡pero qué cosas tan terribles! Los empleados nunca dijeron nada porque, gente humilde de campo y de la sierra y sin trabajo ni destino seguro, temerosos de las amenazas de ésta mujer callaron, quién contó ésta historia fue una hija de éste mismo matrimonio que trabajó en aquella casa que bien podría ser del terror, su hija fue nuestra empleada doméstica Hermi, mujer sabia, honesta, trabajadora y amorosa madre soltera de tres pequeños hijos: Alma, Miguel y Mari, a quienes llegamos a tratar como de la familia misma. Uno sueña con un mundo más humano, un mundo en donde los niños sean protegidos pero sobre todo amados, me recuerda tanto a la misma indignación de Iván Karamázov al enterarse vía periódico de la violencia sufrida por los inocentes y reprocharle a Dios, casi escupirle en su cara por permitir todo esto, pero a la larga la responsabilidad está en todos, todos somos responsables de todos recordará Aliosha Karamázov, del mismo modo en que si aquellos sirvientes hubieran sido responsable de lo que sucedía en esa casa, o si los pequeños hijos de Don José María hubieran tenido en ése momento alguien –que no dudo que así fue, tuvieron a Lolinita según logré entrever en alguna carta pasada y no dudo en que era una santa mujer- quien fuera responsable por ellos, estamos de acuerdo en que otra historia estaría escribiendo o, quizás, no escribiendo nunca.

viernes 14 de noviembre de 2008

"Cartas" IX Parte

Hace seis meses que vino mi hija Sofía con una cara pálida que denostaba una gran impresión, con lágrimas en los ojos y moqueando me dijo que había muerto en un accidente automovilístico mi sobrino Miguel Ángel, tan sólo contaba con 30 años de edad y gran dolor nos provocó, muy en especial a su mamá quién aún no acepta la tragedia. Unos tres meses después fallece mi sobrino Paco de 29 años también en un accidente de carretera, si bien era una muerte anunciada a todos nos conmocionó por completo. Dos meses después de aquello fallece mi sobrino Enrique de 28 años de un paro cardio-respiratorio; a todos nos dolió tantísimo y provocó una serie de cuestionamientos sobre qué estaba sucediendo en la familia. Yo ya soy grande y sé que mis días están contados, pero la de aquellos sobrinos tan jóvenes era algo que no se había visto en cosa de meses que se fueron ya; y por si fuera poco el día –si mal no recuerdo- que estábamos enterrando a Quique mi hija Frida recibe una llamada en la que le comunican que Anita, una gran amiga de mi esposa había muerto en el hospital por una Leucemia. Admito que en ése momento sentí la muerte muy de cerca porque Anita era de la edad de mi esposa, tres años menor que yo, así que en mi mente cruzó la idea de que me podría ir hoy, mañana o quizás la próxima semana. No pude dormir sólo de pensar en eso. Y ahora me ha vuelto esa sensación de muerte cuando estoy esperando los resultados médicos que me han hecho estos últimos días; el saber que puede haber algo dentro de mí que cause mi aniquilación me resulta espantoso, y no es la muerte, no, claro que no, es la agonía que me esperaría. Dios me libre de que me conecten a una sonda y me mantengan con vida en contra de la voluntad del Creador. Y bueno, para rematar después de aquellas escenas trágicas mi nieto Xavier llegó a la semana de la muerte de Quique para decirme que su primo Francisco de 13 años de edad había fallecido a causa de una complicación en una operación de corazón abierto ya que él tenía un problema congénito. Ésta última noticia no sólo devastó a mi nieto sino a mí mismo pues Paquito –mi tocayo- era mi adoración y de toda la familia también. Su ausencia desde entonces ha sido motivo de muchas dudas, de espanto, de angustia pero al mismo tiempo de esperanza y redención, pues a todos nos trajo una felicidad tal que jamás podrá ser olvidado; a él, muy en especial a él lo extraño inmensamente desde entonces. Admito que estos sucesos causaron en mí el peor de los sufrimientos del alma, tantas muertes en tan poco tiempo y yo les he de seguir. Y, como decía, ahora que recuerdo esto y estoy a días de recibir mis estudios me envuelve una sensación terrible, no hay una hora en la que no me sienta tranquilo, cualquier molestia es razón suficiente para que me invada la paranoia y la sugestión, porque aquel dolor, aquel dolor puede ser más real de lo que podría imaginar. Escribir esto es un buen placebo para mi espíritu que inquieto está desde hace seis meses, mi nieto Xavier me dice que me he de calmar, que nada va a pasar y que todo estará bien, es un gran pilar y no sé qué haría sin él, ha guardado el secreto de mis dolores corporales y de la náusea que me invade cada que pienso en que mis últimos pasos serán dados no sé cuándo y eso me pone mal, muy mal. Hay momentos en la tarde mientras leo que me invade una como fuerza distinta a mí que se apodera de mi cuerpo, me siento pesado, mis brazos comienzan a temblar y tiro el libro o el té, empiezo a sudar frío, la habitación da vueltas y en mi estómago siento una gran presión, me falta el aire y comienzo a toser desesperadamente. Otros días es un dolor en la espalda baja que me es hasta insoportable moverme, sólo Dios sabe qué he de tener, pero si me va a joder que me joda de una buena vez y para siempre, esto de estar así como si fuera un juego de quemados o encantados es un verdadero fastidio. Pero eso sí, nunca la enfermedad como debilidad ¡eso nunca!

La siguiente carta está fechada el 13 de Abril de 1909 y dice así:

Querida hija:

Acabo de recibir tu tarjeta de felicitaciones de la Semana Santa y otra carta más donde me dices que quisieras ya venirte para tu casa y no volverte a separar de nosotros jamás. Estoy muy de acuerdo porque yo también desearía lo mismo pero como les he dicho en otras cartas, aquí no quiero burras, y si no me vienen hablando inglés así se pasen 5 años más allá, no las quiero aquí para nada. Por esa razón, espero que de veras le pongan ganas y si pasan la prueba que les tengo ya preparada, ya no regresarán, pero si no es así, ya les dije que lo siento mucho pero no habrá más remedio que mandarlas a estudiar este idioma porque a mí me interesa mucho.

Voy a darte una orientación sobre los beneficios que ustedes me harían sabiéndose ése idioma, por ejemplo: fíjate lo que dice la tarjeta que te acompaño, y gracias a que mí curiosidad me hizo ordenar la traducción de dicha tarjeta, pude haberme enterado de que estas gentes venden unos servicios que, aunque los cobran muy caros, pueden ser fabulosos con una sola idea que pueda aplicarse a nuestro negocio; pero ¿cómo voy a entender todo lo que me digan en inglés? No podré jamás, y es así como a veces lleno de fastidio, toda la correspondencia que me llega en inglés, la paso al archivo sin darle ninguna importancia ¿comprendido? ¿Me explico? Debes pensar que es por esa razón que les exijo que aprendan a hablar perfectamente este idioma, pues de otra manera llegarían aquí ustedes haciendo el ridículo como su tío Raúl que todo mundo esperaba que llegara como un gran señor, y que ha resultado que ni siquiera el idioma inglés después de un año pudo lograr hablarlo. Qué horror, qué asco, qué burras, así dirá la gente de mis hijas, y yo, francamente, mejor quisiera que en ese plan no fueran mis hijas pues me daría mucha vergüenza. En cambio ¿qué te parece cuando presuman ante sus amigas y amigos y hablen ése idioma? ¿Verdad que los dejaran con la boca abierta? ¿Verdad que dirán: qué niña tan inteligente? Y así, etc. etc.

Espero que hayas comprendido mi problema, y como no quiero hablar más de este asunto, y tampoco tengo otro chisme que platicarte, estoy cumpliendo con tus órdenes en el sentido de que ahora sí te escribí; pero lo mismo es que te escriba a ti que a tu hermana, pues tú ya sabes que las 2 son lo mismo para mí.

Recibe mis bendiciones y un abrazo de tu papá que te quiere mucho.

Sr. Don José María Zavala González

¡Ja, ja, ja! Ésta es de mis cartas favoritas porque demuestra con gran claridad la actitud de Don José María de utilizar a sus hijos como instrumentos de la empresa que él manda, aquello que apunta al gran interés que tiene porque aprendan el inglés, pero lo que es aún mejor, la orientación tan bien planteada que da sobre los beneficios de aprender el inglés porque es sólo a él a quien va a beneficiar en el plano de los negocios mercantiles de su Factoría “San José”. Efectivamente, en ésta carta se adjuntaba una breve propaganda en inglés sobre unos productos de telares y colorantes para lana y algodón, no reproduzco la propaganda ya que creo que es innecesario, lo que llama la atención profundamente es el feroz interés porque sus hijas le traduzcan todo lo que sea necesario para el negocio y de ese modo él no tenga que desechar las fabulosas ofertas o productos que de ahí se desprendan. Sinceramente creo que esta actitud para unas niñas de 8 o 10 años es demasiado severa, utilizar a la persona humana de ese modo, viéndola como una medio y no como un fin en sí misma es muy denigrante, tengo por seguro que Don José María educó perfectamente bien a sus hijos para que fueran unos excelentes empleados de sus empresa “familiar”. Me atrevo hacer algunas aseguraciones desprendiendo de lo que resulta de estas cartas: el hecho de que Don José María buscara que sus hijas aprendieran un idioma para que fuera útil para él, me es de suponer que lo mismo hizo con sus demás hijos, el objetivo de educar a los hijos para que en el futuro rindan cuentas al padre no me parece una actitud digna de ser paternal, por el contrario, me parece despreciable y hasta absurdo. La relación entre un padre y un hijo no es una relación mercantíl. Obligar a los hijos a tan corta edad a que estudien algo para el futuro de una empresa es algo que no debería de ser, la ambición puede ser tanta que uno puede caer, incluso, a pensar que la relación padre-hijo es igual a patrón-empleado y esto, a mi parecer no es así. Qué desdicha para estos pequeños padecer algo así a tan corta edad, ya lo imagino, en especial a las mujeres, trabajar sin descanso incluso los domingos, seguramente tendrían un sueldo al cual debían de dividir entre comprar sus accesorios y entre pagar una renta que, estoy casi seguro, les exigía su propio padre. Se me revuelve el estómago sólo de pensar en un padre que trata a sus hijas como empleadas de tiempo completo, y me entran recuerdos de antaño. Si bien mi padre jamás me trató mal, nunca lo sentí como alguien cercano a mí, por ello extrañaba cada día más a mi madre. ¿Qué es un verdadero padre? ¿Qué es un padre auténtico? Me he preguntadi siempre. Primeramente ha de ser alguien que nos dio la vida, una persona que nos amó incluso antes de nacer, una persona protectora, que se preocupe por nuestra salud y que siempre busque nuestra felicidad, que comparte las alegrías del día a día y hasta nuestros éxitos por más pequeños que sean. Hablo de esto y espero que si algún día mis hijas lo leen puedan decir que fui un buen padre. Pero cuando un padre abandona a sus hijos a corta edad, ya sea dejándolos en la calle o enviándolos a estudiar lejos para que en el futuro sean buenos trabajadores y le rindan cuentas, entonces estos niños crecen bajo la protección de la Providencia, solamente. Me atreveré a decir que Don José María no fue digno de llamarse padre, a pesar de ser un hombre amplio entre dos extremos, primero habla de utilizar a las hijas para un beneficio "mayor" en la Factoría, pero manda besitos y les recuerda lo mucho que las quiere, ¿soy yo o de verdad está siempre presente una constante dualidad en Don José María? Pienso que en la inocente ingenuidad de sus pequeños hijos e hijas alguna vez le quisieron y, probablemente lo siguieron haciendo pero, ¿cómo amar a un padre cuando éste no lo justifica? Creo que esta vez habla mi corazón, mi sentir hacia mi propio padre y regresan viejos fantasmas… En verdad digo que es imposible que nazca amor de la nada, porque el que trae a un hijo a éste mundo no es sólo padre por ello, sino que lo es por las virtudes y los méritos que hace para con sus hijos. Alguna vez una de mis tías me dijo: “él te dio la vida, es tu padre”, comprendí entonces que esto se trataba de una suerte de éxtasis y excentricidad por parte de ella, una incomprensión total de una inteligencia parcial. El día que yo hubiera amado a mi padre sólo por ser mi padre y que me trajo a éste mundo… ése día habría movido montañas hasta con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda. La sangre de mi sangre no me obliga a decir que sea espíritu de mi espíritu, por tal razón no me es posible verse obligado a amar lo que jamás se ha conocido. ¿Por qué tenemos el deber de amar a nuestros padres? He aquí que debemos apostar que el padre ha de honrar a sus hijos, y si esto es así entonces tendremos una familia con plena dignidad, y si no, entonces todo habría valido un carajo. ¡Vaya! Acabo de escribir esto y siento palpitar fuertemente mi corazón, pero es así. La sangre se me viene a la cabeza y creo que mejor sería ya descansar, a mi edad hay tantas cosas que es mejor hacer en paz. Creo que retomaré “Cien años de soledad”, entre tantas peripecias ya lo he abandonado y si sigo así en verdad lo terminaré en poco menos de los 100 años; pero no, vivir tantos años puede ser una dicha, pero también un suplicio, más cuando sabes que estás cada vez más cerca de los que se han adelantado. Y bueno, recapitulo y miro que van tres cartas de muerte, Dios… la semana entrante espero escribir algo que no tenga que ver con nuestra buena amiga la muerte.

domingo 9 de noviembre de 2008

"Cartas" VIII Parte

Una vez que los problemas con mis tíos se “arreglaron” siempre siguiendo la voluntad del mayor de la familia, es decir mí tío el que los encarceló, las cosas parecieron un tiempo que tomaban su cauce, pocas veces fuimos a visitarlos y en las ocasiones que nos tocó volver a convivir con ellos fue en la funeraria o ya de plano seis pies bajo tierra, y en alguna esporádica reunión. Entre aquellos que fallecieron en aquel tiempo se encontraba mi tío José, su hijo Pepe, mi tío Samuel, Pedro, Julio, Yolis, el primo Yuyis, la tía Dolores, la tía Chelo, todos ellos de una fortaleza espiritual tal que bien su vida habría valido la autoridad, el orden y un buen gobierno en la familia, todos distinguidos por un carácter de alegría, de sangre liviana, dirían hoy de buena vibra, y de un amor y cariño por su familia que los siguientes guías de la familia bien han de envidiar, pues todos ellos gozaban de un carisma legítimo, natural, sonrientes siempre, callados en las desgracias, valientes y fuertes para encarar la desventura que se aproximara, de un corazón sincero con el que hablaban siempre en las manos, su verbo era fuego y su mirada era brisa, cada uno falleció a distintas edades dejando un legado de nostalgia que perduró décadas, algunos de ellos muy jóvenes y otros no tanto, pero todos con una carga de humanidad que su sola existencia habría hecho más liviana la carga de una familia de peso como la de mi madre, a todos ellos los conocí poco, pero qué gran alegría despertaban en el alma de cada uno que se acercaba a ellos, platicar con alguno era adentrarse a un mundo lleno de posibilidades más allá de la imaginación, pero sobretodo, un mundo también muy real y ellos listos para enfrentarlo en su silencio o en su risa incontenible y contagiosa; después de que ellos fallecieron año con año, el futuro de la familia se tornó obscuro, pues aquellos que tomaron las riendas de la familia sólo lo hicieron en beneficio propio, con mentiras, engaños y hasta con acciones criminales y delictivas; por ello ahora reflexiono sobre cómo es posible que las personas más valiosas hayan desaparecido así, como si la familia de mi madre estuviera condenada a su extinsión y aniquilamiento por sí misma, por una suerte de convulsión y canibalismo familiar sin precedentes. Podría leerse descabellado, pero es así, aquello héroes familiares se lanzaron por la familia, por su unidad, su justicia, y su libertad, a veces pareciera que su recuerdo se desvanece tanto como su legado, aquella vivencia fue única, pero no todos somos tocados por la luz del espíritu que permite mirar con claridad la fuerza del amor. Y éste año no ha sido la excepción, cuando se pensaba que nuevamente habría mentes jóvenes, espíritus que podrían elevarnos a las mayores alturas, suceden nuevas tragedias dentro de la familia. Hace algunos meses vino a visitarme mi nieto Xavier, me dio la noticia de que la abuela de su gran amigo Mario había fallecido, no conocí a la señora personalmente, habrá tenido mi edad probablemente, pero sé que era una maravillosa mujer, un ejemplo de madre y una buena amiga; Xavier vino a mí pues la noticia le resultó en el recuerdo de su abuela, a quien sin duda extrañamos profundamente. Mis nietos conocieron poco a María Luisa, una excepcional mujer que fue mi esposa tantos años y compartió mi vida entera, desde el escritorio a la cama y de la cama a la cocina, de la cocina a la biblioteca y de ésta al café, mi siempre aliada y compañera desde los estudios hasta el hogar, la madre de mis hijas a la que extraño cada noche y cada mañana. Sólo espero su llegada, su nívea mano y su suave voz para adentrarme al sueño de la vida sin término.

La siguiente carta está fechada el 10 de Marzo de 1909 y dice así:

Querida hija:

Hoy Domingo fui a Misa con tus hermanos y Licha a la Iglesia de Jesús Sacramentado y al ratito le llamé a Josefita al hospital y me dijo que anoche mismo como alas 11 ya había recibido el telegrama de ustedes. Le dio mucho gusto y le platiqué que tú te habías puesto a llorar un poco y ella dijo: “Pobrecitas, no tenían porque afligirse”.

Bueno, pues fíjate que el Miércoles, como te expliqué, habían llegado Ofelia y ella de la Capital, de un problema medio serio que tuvieron de una de sus hermanas, y yo creo que se preocuparon más de la cuenta, a grado tal que le estallaron los nervios tan fuerte que cuando vine aquí se le paró 3 veces el corazón, y francamente yo pensé en cosa de segundos que yo creo que ya no la recuperábamos, y que esto otra vez se volvía una tragedia, pues de veras, la vimos en un momento casi muerta. Gracias a Dios que el Doctor Carmelo López se encontraba en su casa y al haberle llamado con urgencia, en cosa de 3 minutos llegó y le dio respiración apretándole el pecho, y fue así como se volvió a recuperar, pero esta cuestión, como les digo, se repitió por 3 veces, al día siguiente ya de acuerdo el Dr. López con el Dr. Salvador de la Capital, le recetaron para que se recuperara un poco, y fue así como el Viernes la llevamos a la Capital su hermano Luís y yo, en compañía del doctor y ya la dejé internada en la casa del Dr. Salvador con más esperanzas y tranquilidad, en vista de que le hicieron algunas pruebas médicas y resultó que su corazón se encuentra sano, por lo que van hacerle más estudios y el Doctor la observará para ver de dónde le ha resultado esta deficiencia.

Espero en Dios que se ponga bien, y que todo vuelva a la normalidad como antes, pues yo tengo grandes problemas de dinero, de negocios, y ahora esto, y la verdad es que también casi me siento tan deprimido que sólo porque soy de buena correa tango obligación de enfrentarme seriamente y muy fuerte a todas estas cosas que la vida me ha querido enseñar.

Pasando a otra cosa, y como quiera que al escribir esta carta se encontraba aquí la criatura –tu hermano Adolfito-, él también va a escribir algunas cosas, a ver qué se le ocurre, y mientras tanto les doy las gracias a ti y a María por su telegrama, y espero que ustedes estén estudiando fuerte, inclusive música, y ojalá pronto nos volvamos a ver por aquí. Ya saben, que con todo mi corazón les envío mis bendiciones, abrazos y besitos, y hay dejo a la criatura para que siga un poco esta carta.

Sr. Don José María Zavala González

Elisa. Esto que les voy a escribir es como si fuera una carta mía. Fíjense que fuimos a una pequeña convivencia del Colegio con los Rodríguez echamos mucho relajo, nos sacamos 3 patos, 10 pollos, 1 conejo y 4 palomas, y ahora haber si ya empezamos a criar más animales y haber si ya no nos corre mi papá. Ahora vamos a la capital a ver a Josefa que está disque enferma.

También fíjense que ahora la yegua ya va a criar, y me dijo Don Manuel que ya nada más le faltan como 15 o 20 días. Bueno eso es todo, saludos a María. Bueno, adiós, y escriban.

Su hermano Adolfo.

Es más que evidente que la esposa de Don José María -la Sra. Josefa- no hacía más que drama por situaciones que sólo Dios sabe; de aquellas viejas hipocondríacas, psicosomáticas pero sobre todo desquiciadamente enfermas como para dar semejantes sustos a su esposo para, claro está, lograr siempre sus objetivos a base de una sobredosis de locura bien recubierta de soberbia e ignorancia. Esta situación me causa mucha risa en especial porque el pequeño Adolfo señala claramente “disque enferma”; me asombra la claridad de éste infante que se daba perfecta cuenta de lo que sucedía en su entorno. Ésta carta en particular me llama la atención porque el tono en que Don José María la escribe es un tono muy natural y humano, es casi como si no fuera él. Me deja una impresión de susto y de angustia por quedar viudo otra vez, como si esta experiencia cercana a la muerte de su segunda esposa fuera para él una advertencia de que en cualquier momento las cosas podrían cambiar de una vez y para siempre, aunque ya antes hubiera pasado por una vivencia tal. Quizás más valdría que en verdad esa señora hubiera muerto a tiempo para dejar a lado sus espectaculitos, y su –estoy seguro- maltrato a los hijastros. No dudo que cuando una mujer se entrega a su delirio provocado por la ignorancia, la prepotencia y el poder desata las cosas más estrafalarias, una retención de pensamiento total que la tragedia toca a cada persona, provocando sufrimiento, dolor y hasta desesperación tal, que qué cosas no habrán sufrido éstas pequeñas criaturas con una madrastra como esa. Pues bien, mañana iré de nuevo al médico para que continúen mis estudios, el dolor en el estómago y la cadera se ha vuelto muy intenso estas últimas semanas; el único que lo sabe es mi nieto Xavier que es quien me acompaña a cada paso, no quiero asustar a Frida ni a Sofía, mis amadas hijas.

jueves 18 de septiembre de 2008

"Cartas" VII Parte

Lamento sinceramente no haber escrito conforme había sido en un principio, pero no me han faltado visitas y algún pequeño trabajo, con lo cual estoy agradecido, y un viejo dolor en mi estómago me ha acosado estas últimas semanas. Pues bien, he notado que este año le abrieron la puerta, la muerte tiene permiso y anda a lo pendejo. Primero el fallecimiento de la abuelita del gran amigo de mi nieto Xavier, Mario; tristeza y esperanza, alegría y consumación, ahí comenzó éste año; pero quiero ir más atrás. En la historia de mi familia se ha dado mucho la muerte de las mejores personas que hemos tenido, los mejores parientes, los buenos, son los que se han ido, en cambio los demás aquí seguimos en éste valle de lágrimas. Yo me cuestioné durante mucho tiempo el por qué sucedieron las cosas así, pensaba que quizás haya sido algo providencial, pero de ello aún guardo mis dudas; y todo comenzó con la muerte de mi madre, una mujer de carácter fuerte, de una voz que podría dominar a cualquier bestia del campo y la montaña, con una mirada de atención y severidad que causaba una sensación de temor y reverencia al mismo tiempo, de piel morena, de manos teteponas, una maja de gran corazón y de un voluntad implacable, indomable e incorruptible; de un caminar seguro pero siempre en eterna vigilancia, sabedora y poseedora de su reino matriarcal, de ella siempre tuve la discreta sospecha que antes de ser esposa buscaba ser madre por sobre todas las cosas; ella era al comienzo la salvaguarda del hogar y de las llaves del corazón de la familia, dirigía todo con una delicadeza y un arte indefinible, su buen gusto por la literatura y la filosofía, sus comentarios tan atinados para la política, hasta el modo en cómo hacia las compras en el mercado eran un deleite a los ojos, tomar ya sea una verdura o una fruta, mirarla, olerla, su charla con el marchante, todo adquiría un matiz muy a lo Renoir. Años después vino la muerte de mi abuelo Enrique, o papá Quique como nos gustaba llamarle, ¡qué señor aquel! Alto, delgado, de bigote, de poco cabello pero todo un caballero, agradable a los ojos y un gran hombre de familia, adoraba a sus nietos y en especial a mí me tomó gran cariño por haberme quedado tan pequeño huérfano de madre, aquel gran hombre era todo un padre para nosotros, todo lo suyo era nuestro y nosotros de él. Por aquel tiempo había nacido un becerro en el rancho y bastaba con decirle “quiero ése becerro” para que él contestara con dulce voz “sí hijo, y cómo quieres que se llame”; también contaba con un viejo Jeep de dos volantes, por lo que comenzaba una larga discusión con mi hermano y los demás primos sobre quién “manejaría” el Jeep, finalmente era yo quien preguntaba “abuelo, ¿puedo manejar?” y él con toda su ternura me decía “sí hijo, y ¿a dónde quieres ir?”, jamás de los jamases hubo un no como respuesta. Y qué decir de las fiesta en su casa, grandes fiestas que hacían temblar al pueblo entero con los bailes de moda de mis tías y con la gran comida que duraba cerca de tres días; pero aquella bella convivencia duró poco, pues papá Quique falleció muy pronto, y de repente la familia toda se vino abajo. Por un lado agradecí haberme quedado con mi padre, de hecho así debió de ser porque el supo hacerse cargo de mí y de mi hermano y era su deber como padre –ser papá es cosa de hombres, ¿no es acaso lo que dicen?-. Comenzamos a enterarnos por medio del correo y de algunos familiares de las tragedias y todo el drama griego que comenzó al morir mi abuelo, si mamá resucitaba se volvía a morir al ver como sus hermanos comenzaban un pleito que se extendería años y que el destino jugaría una mala pasada ya que haría que en las siguientes generaciones se repitiera bajo circunstancias distintas. Mi tío, el hermano mayor de mamá, comenzó a desatar toda su furia, su ambición y su egoísmo en contra de sus hermanos que, si bien no me toca juzgar, seguramente también debieron de haber hecho lo suyo; lo más despreciable de todo esto es cuando nos avisaron mientras estábamos papá, Rafa y yo en el desayunador de que mi tío había metido a la prisión a sus hermanos varones, mis tías siempre navegaron con bandera blanca y de ellas no supe más salvo una que otra mala jugada. La indignación creció en mi pequeña familia a pasar de ya no tener vínculos tan cercanos con ellos, pero no dejaba de ser un acto que atentaba contra unas personas que, además, eran familia, eran sus hermanos.

La séptima carta está fechada el 26 de Febrero de 1909 y dice así:

Querida Elisa:

Ya no he recibido cartas de ustedes, pero yo espero que las mías ya les hayan llegado, principalmente una con la que les envié dinero. Por aquí estamos bien gracias a Dios, y ya me dijeron las señoritas de Don Apolinar García que les escribieron; me da mucho gusto y espero que también le hayan escrito a Don José Oviedo, así como también debes recomendarle a María de que le escriba a su madrina Doña Luz Aurora Victoria.

Adjunto les envío copia de una carta que le he mandado a la Madre para que no tengan problema de que no les proporcionen las clases de música, pues les aseguro de que cuando sean mayores se van a arrepentir de ser unas burras si no saben tocar el piano.

Sus hermanos se han aplicado mucho al piano, lo cual significa que se han convencido de que deben estudiar y cuando ya se forma uno esa conciencia, cualquier esfuerzo en estudios ya no resulta aburrido, así que no dejen de aplicarse, y como no tengo ningún otro chisme les envío un fuerte abrazo y mis bendiciones para las dos.

Sr. Don José María Zavala González

La siguiente es la carta adjunta a la Madre o Monja encargada de la Institución para señoritas.

Respetable Madre:

Me han informado mis hijas que era necesario que yo les escribiera a ustedes con el propósito de insistirles que sean tan amables de proporcionarles clases de música, principalmente piano.

Ruego a Usted que por cuenta mía les sea proporcionado un curso intensivo de esta materia, y ojalá sea con buenos resultados, de lo cual le suplico también su vigilancia para su óptimo aprovechamiento.

Le anticipo las gracias por el favor de su atención, y soy como siempre su Afmo. Atte. y S. S.

Sr. Don José María Zavala González

Y duro con el piano. Un hombre exigentísimo don José María pero que sin lugar a dudas busca el aprovechamiento de sus hijas, pero ¡de qué modo! Yo sinceramente agradezco por haber permanecido con mi papá y no inmiscuirme en asuntos tan penosos y dolorosos en la familia que ya iré contando conforme terminemos las doce cartas; los sucesos de muerte, destrucción, amor y odio, así como desesperación y angustia que se vivió y se vive aún en la familia de mi madre. Me alegra saber que mis hijas y mis nietos jamás tuvieron la necesidad de pelear por cosas que se acaban. Mi esposa –que Dios la guarde- y yo construimos nuestro patrimonio de nuestro bien amado trabajo, y a nuestras hijas les tocó vivir con nosotros la construcción no sólo material sino formal de nuestra bella familia, producto de todos, pero sobre todo, de nuestro gran amor. Y mis nietos que han venido a visitarme y con quienes paso ratos por demás agradables ya sea en una partida de ajedrez o viendo un buen partido de basket ball, o sencillamente platicando todos interesadísimos en los acontecimientos mundiales o en la historia, han aprendido que la vida es corta, y hay que vivirla con puro amor por nuestra familia, por nuestro mundo, por nuestros amigos y ser agradecidos con aquel que nos ha donado todo esto, y ser felices y disfrutar la vida, porque la vida es ahora, gozarla en aquel que es Amor. Bien, por esta noche es todo, ha regresado a mí estómago aquél padecimiento que tuve cuando era joven, fuertes dolores, espero no sea nada grave.

domingo 17 de agosto de 2008

"Cartas" VI Parte

Mis recuerdos de la casa de mi padre son bastante caóticos, jamás me sentí plenamente tranquilo salvo cuando estaba sólo inmerso en mis libros, escribiendo algunas cartas o escuchando a Mozart, Beethoven o Wagner y cuando papá se encontraba lejos. Me duele decirlo pero es una realidad que nunca logré contener; por alguna extraña razón la presencia de papá en casa siempre perturbó mi ansiada paz y armonía. Para mí la casa era y es siempre un espacio de convivencia, de esparcimiento familiar y de alegrías pasajeras en algunas babosadas expresadas por los miembros familiares; aquello siempre fue una enseñanza de mi madre, ella jamás permitió que en casa se hablara de negocios, de impuestos, del trabajo, por el contrario, en casa se armaban rompecabezas, se jugaban cartas, ajedrez o dominó, se pintaba al óleo, se escuchaba el “Canon en Re Mayor” de Johann Pachelbel, o sencillamente nos sentábamos al jardín a escuchar alguna lectura de mi madre. Aquello me perecía algo tan necesario como el respirar un aire fresco, puro y tranquilo en el campo después de una agitada semana en que despertabas todos los días a muy tempranas horas de la mañana con el silbato del cambio de turno de los obreros y, enseguida, las campanas de la misa de siete. Cuando mamá murió pareciera que la casa se volvió el centro de negocios, la oficina de mi padre; por lo que no había ni un segundo de paz que gozar. En cualquier momento tocaban la puerta, ya fuera algún empleado, algún cliente, un vendedor o un socio del negocio, pero no había minuto de descanso para que dejaran de sonar los llamados a la puerta. Podía ser en la mañana, a la hora de la comida y, a veces, ya muy avanzadas horas de la noche, me ilusionaba vivir en lo más alto de alguna torre, donde no existieran ruidos más que el aire, las aves y mis lecturas, pero eso no era posible, por lo que tenía que soportar todos los ruidos, los llamados a la puerta, el perro “Sancho” ladrando, las voces de mi padre con quien hubiera llegado, papá discutiendo con la sirvienta “Chofi” o dándole precisas instrucciones al chofer “Don Martín” para que terminara diciendo: “¡si quiero que salga bien he de hacerlo yo mismo!”; no había momento que papá caminara por la casa y que no expresara alguna nueva indicación: que las flores estaban mal puestas, que a la comida habría que hacerle tales cambios, que se tenía que limpiar el baño inmediatamente, que las habitaciones estaban sucias, que el barandal de las escaleras tenía polvo, que se le habían perdido no sé qué papeles, que su secretaría –doña Margarita- había hecho mal esto y aquello, era toda una sinfonía de la que papá era el maestro de ceremonias de las órdenes, instrucciones y normas sin parar y que se decían y corregían, se rectificaban y volvían a corregir una y otra vez durante todos los días y todas las horas sin descanso, así empezara a bajar las escaleras para salir de la casa no había escalón en que no dijera nuevas instrucciones, que había olvidado los lentes, que necesitaba un depósito en el Banco, que le bajaran inmediatamente su abrigo, que mejor no fuera a la recaudería y sí mejor a dejar algún pedido… interminable, era aún la hora de la comida y era casi imposible tener una plática real con papá, apenas comenzaba a contar qué tal había estado mi día cuando sin más me interrumpía dando una nueva instrucción u opinión a la servidumbre, verdaderamente sentía que no me ponía atención, finalmente volteaba a preguntarme que qué le estaba diciendo para que la situación se repitiera indefinidamente hasta que terminaba la hora de la comida en que yo decía: "gracias a Dios" y volvía a mi alcoba, a refugiarme con aquellos personajes que respetaban su línea, su diálogo y yo los dirigía.

Ahora caigo en la cuenta de que he tomado éste proyecto de exponer las cartas que encontré en mi alcoba hace tantos años como un diario de mi pasado, bueno, quizás sirva de algo para quien lo encuentre en el futuro y, quizás, haga lo mismo que yo.

La sexta carta está fechada el 9 de Febrero de 1909 y pertenece al grupo de las tres cartas enviadas por el hermano de Elisa, Adolfo. Estas cartas son más difíciles de leer por la ilegibilidad de la letra, pero haciendo un esfuerzo grato dice así:

Elisa. Espero que te encuentres bien. Yo aquí pues mejor que la vez pasada. Fíjate que no te he podido escribir pues primero porque estuvimos vendiendo los borregos para comprar otros mejores, y después por la fiesta del cumpleaños de mi papá, y luego por las calificaciones. Tú estudia para que aprendas rápido para que no se enoje mi papá ni las vuelva a mandar lejos. Pues fíjate que ahora saqué buenas calificaciones y no me castigaron. Y a ver si me mandan cartas más grandes porque esas insignificancias no me gustan, a ustedes no les gustaría ¿verdad? Bueno Elisa, es todo lo que te tengo que escribir porque no tengo mucho.

Tu hermano Adolfo.
Escríbeme más.

Ésta pequeñísima carta me hace reír por la ironía de que Adolfo se queja por las cartas de Elisa tan cortas cuando la suya es tan pequeña que si acaso tiene importancia de ser transcrita; sin embargo me parece tan bello el imaginar a éste pequeño chicuelo con su hermano vendiendo los animales para sacar algún provecho y negocio, además su nívea preocupación por tener a Elisa cerca -claro amor el que le profesa- razón por la cual ha de sacar buenas notas y no le suceda lo mismo que a él. Aprovechando, al igual que él me despido, por hoy –no- es suficiente, pero mañana vienen mis nietos y es todo lo que tengo que escribir porque no tengo mucho.

domingo 10 de agosto de 2008

"Cartas" V Parte

Al concluir mis estudios en aquél Colegio mi padre decidió mandarme unos años al internado de San Antonio, fue una época bella, la disfruté tanto después de haber pasado terribles penas en el Colegio San Juan que recuerdo con mucho amor y cariño a las amistades de aquellos días y a los sacerdotes que cuidaban de la casa, con sus excepciones por supuesto. Inmediatamente me adapté al nuevo estilo, un modus vivendi que marcaría el resto de mi existencia y aún hoy más de 50 años después; la rutina y el horario se volvieron un deleite para mí, acostumbrado siempre a estar sólo y rodeado de un mundo casi caótico entre el Colegio y mi padre me enamoré de mi nueva forma de vida. Desde la primera hora en que entraba el Sacerdote con la campana para despertar hasta la noche en que caminaba por los pasillos del gran dormitorio rezando el rosario. Al levantarnos comenzaba la carrera por la ducha y el vestido, para llegar a primera hora a la oración y después a misa que oficiaba un Sacerdote poco social pero de lo más agradable, muy enérgico pero siempre con gran delicadeza oficiaba la celebración y con un cuidado impecable consagraba y ofrecía la comunión, aquellas características causaron en mí una gran admiración y al mismo tiempo reverencia por la Eucaristía, a tal grado que siempre buscaba ser el acólito para estar lo más cerca del vino y pan que después serían –en la fe cristiana católica- cuerpo y sangre de Cristo, el tiempo de más fe fue en aquél lugar por razones muy obvias, después me alejaría de ella aunque más tarde la fe regresaría a mí, o mejor quizás, yo corrí a abrazar la fe. Al terminar la misa venía la hora del desayuno, generalmente papas al horno y desde entonces me es casi imposible comer papas horneadas, se disfrutaba de un momento muy agradable de convivencia matutina, se lavaban los trastes y había un momento para prepararse para ir a clases con grandes profesores que asistían al internado, los Lunes había clase de piano y guitarra que jamás aprendí como debí de haberlo hecho (creo que el papá de Elisa me hubiera reprendido muy feo por aquello), también tomábamos clases de canto y practicábamos deportes como el soccer –que era yo muy malo- y un poco de basket ball que al menos metía algunas canastas, contábamos con nuestra hora de lectura y estudio, el rezo del Angelus al medio día, la comida siempre tan rica y en la tarde quehaceres personales en la tarde que se resumían en el hacer las decenas de tareas que nunca terminábamos, algunos días había limpieza de las estancias, del jardín, de la capilla, del dormitorio, de los baños, de los pasillos y el trabajo nunca terminaba. La cena era un momento muy especial porque todos estábamos en un estado de perfecto cansancio, por lo que a la hora de la oración nocturna no faltaba aquel que dormitaba y cabeceaba, al final cada quien a su respectiva cama. Con esto último recuerdo una travesura. Una noche, una vez que el Sacerdote se retiró, unos cuantos que habíamos planeado malosamente molestar a uno de nuestros compañeros, salimos clandestinamente a fumar para posteriormente, con el mayor silencio posible, tomar la cama en dónde dormía un interno –Marco- y la acomodamos en medio de todo el dormitorio, cada quien regreso a dormir y a la mañana siguiente no lográbamos contenernos de risa por aquella mala jugada de la cual el superior nos dio un enorme regaño a todos pero más a Marco por no fijarse dónde amanecía. Los fines de semana eran de diversión, esparcimiento y montañismo, ya fuera salidas al campo y subir algunas montañas, o salidas culturales o a visitar hospicios, eran de lo mejor los fines de semana, algunas ocasiones había visita familiar, mi padre nunca fue, por lo que convivía con las familias de los demás internos, familias de lo más encantadoras y acogedoras. Me llevé conmigo las viejas cartas que de vez en cuando repasaba y relacionaba tanto con esas nuevas experiencias, en particular porque mi padre jamás me envió una carta, por lo cual recordé la quinta carta de Elisa en que le reprocha a su papá el Sr. Zavala por no haberle escrito; en otra carta le reprende por no haber felicitado a María en su cumpleaños, mi padre jamás recordó la fecha de mi nacimiento, si acaso mandaba un telegrama al día siguiente escrito por su secretaria y con el mismo texto de cada año: “Feliz cumpleaños, que Dios te siga bendiciendo”. Cuánto extrañaba a mi madre, no había algo que sucediera para que ella se presentara a mis pensamientos y mi corazón latiera fuertemente sólo por ella, su cartas, sus chocolates, sus caricias y abrazos y el sentarme en sus piernas mientras me arrullaba... ella jamás olvidó el día de mi nacimiento, el día que confirmé su naturaleza.

La quinta carta está fechada el 12 de Diciembre de 1908 y dice así:

Querida hija:

Recibí tu carta del 2 de Diciembre actual, donde me dices que estás muy triste porque no has recibido carta mía. Bueno, ya te estoy escribiendo en vista de que yo no soy quien debe escribir tan seguido, pero en fin, trataré de hacerlo y me alegra mucho que les haya llegado a tiempo el dinero que les mandé, y nada menos que ya va hacer 8 días que les volví a enviar a nombre de María otros $100.00 Dls. U. S., ojalá les sean de alguna utilidad puesto que para ustedes no hay dinero que no alcance.

Tendré que trabajar más fuerte todavía pues ya no aguanto estos gastos. Bueno, pasando a otro asunto, te diré que qué bueno que le escribiste a Lolinita, pues esa Srita. de verdad las quiere mucho y ustedes le dan una gran alegría y ojalá que cuando vengas aquí la vayan a visitar, pero esto como si fuera una obligación. Ahora quiero informarte también que tu señora Abuela se ha puesto sus moños para dejar que tu hermana Consuelo vaya con tus hermanos al Colegio, y ya no sé de qué medios valerme para obligarla pues probablemente saldré de pleito fuertemente con ella, y si es necesario tendré que hacerlo, por lo que dile a María que si puede hacerle un lugar en ése Colegio que se lo haga, sin que esto sea una seguridad de parte mía, pero que en caso de poderse cuando ustedes se regresen sería preferible que se la llevaran.

Eso es todo por hoy, y no sigan gastando tanto dinero que a mí me parece que no gastan más por falta de tiempo ¿eh? Recibe mi bendición y un fuerte abrazo de tu papá.

Sr. Don José María Zavala González

Cómo me recuerda la carta del Sr. Zavala a mi estancia en el Internado de San Juan, lo único que recibía de casa eran pequeñas sumas de dinero y una nota de la secretaria de papá con las instrucciones precisas en qué y cómo gastar el dinero enviado. Mi padre -años después quise entenderlo un poquito- siempre buscó mantenerme lejos pues creo que no podía soportar el gran parecido físico y de carácter con mi madre; en cambio con mi hermano tan parecido a él y con un gran futuro siempre le ofreció todo su cariño incondicional. Yo sé que también lo tuve, lo supe una noche en que me quedé con él y platicamos más de lo que habíamos hablado en toda nuestra vida juntos. No me preguntó de mis estudios (juro que murió sin saber qué estudié) ni de María Luisa y las niñas, ni siquiera de mi trabajo, pero hablamos de mamá, de los tíos, del rancho, de su pasión por la maquinaria industrial que yo jamás logré entender, de la política y de mi hermano Rafa por quién no dejó de preguntar y que no lo había vuelto a ver desde que se casó, una vez vimos a sus hijos pero no volvió a hablar ni preguntar por papá. Aquella noche de café mentolado a su lado, lo llevé a su cama le di las buenas noches, él sólo me dijo: “Me recuerdas tanto a tu madre”, aquella fue su última noche.

lunes 4 de agosto de 2008

"Cartas" IIII Parte

La otra noche vinieron dos de mis primos de la infancia, no cabe duda que ahora que he sacado las viejas Cartas de Elisa regresan a mi vida bellos recuerdos, otros no tanto, de mi época adolescente. Ésta vez que vinieron recordamos con tanta alegría aquellos tiempos que pesábamos en el rancho familiar. No dejamos de reírnos de todas las travesuras de niños que hacíamos y de las intransigencias que les causaron dolores de cabeza a nuestros padres; recordamos por ejemplo aquella ocasión en que todos bajamos a los ciruelos y nos dimos semejante festín de aquel delicioso fruto que estaba prohibido tomar a causa –según nos dijeron- de que serían ocupados para la próxima fiesta o reunión familiar, ya fuera en ciertos platillos, postres o agua. Pero ya que siempre nos sentimos dueños, amos y señores de aquella gran propiedad, pasamos por alto la norma y nos deshicimos de gran cantidad del fruto, entre comer y guerra de ciruelas; después del gran convite acordamos no decir nada a nadie, pero no faltó aquél primo pequeño que al llegar y ser cuestionado sobre qué había hecho comentó nuestra aventura. Todos se pusieron entonces de pie y corrieron a la cocina por litros de leche, nos desparasitaron, nos purgaron y nuestro estómago se lleno de toda una serie de ruidos que nos hicieron correr inmediatamente a los sanitarios, al salir recibimos cada quien su respectiva paliza, no sabíamos a qué se debía toda aquella parafernalia de las purga de ciruelas, hasta que nuestro tío nos hizo saber que los ciruelos habían sido fumigados aquella mañana. En otra ocasión, comentó mi prima, su hermano –ante la ausencia de los mayores aquél día- decidió tomar el Jeep, él tan sólo contaba con 12 años de edad, y decidió sacarlo de la palapa para dar una vuelta por el rancho, cuál fue su sorpresa que obviamente por la escasa experiencia en el volante no soportó conducir la inclinada bajada hasta que terminó chocando con el aserrín para las caballerizas y los borregos. Acordándonos de los borregos no podría faltar aquél recuerdo de cuando nos escapábamos muy en la mañana para no ser molestados con tareas domésticas, nos acercábamos sigilosamente a los encierros de los borregos y nos metíamos con ellos a iniciar una persecución que terminaba en atrapar a alguno con la riata para jugar al jinete, terminábamos todos sucios de toda porquería, comida y lodo pero más que contentos por nuestra maravillosa hazaña de jinetear y ser –hoy diría- payasos de “rodeo” sin ruedo. Aquella noche en compañía de mis adorados primos volví a sentir aquella nostalgia por tiempos memoriales en que nuestra familia, aunque lejos, convivía en plena unión y amistad, hasta que el Rancho, símbolo y garante de nuestro afecto, nos fue arrebatado. Ahora a lo nuestro.

La cuarta carta está fechada en Noviembre 17 de 1908 y dice así:

Querida hija:

Hace ya casi un mes que envié a las monjas un sobre con “100.00 Dls. U. S. para que se los entregaran a ustedes para cualquier gasto que tuvieran, se conoce que estas gentes no quieren manejar dinero ajeno, y en consecuencia hoy ya te estoy enviando con la presente un dinerito y así puedan tener ustedes para sus gastos. Si algo les llega a faltar, no dejes de avisarme para enviárselos inmediatamente; pero fijarse bien que no se vayan de abuso en los gastos pues aquí estamos medio pobres y urge trabajar mucho para conseguir todo lo que gasta la familia.

Tus hermanos siguen a veces en la misma aunque a veces se llegan a componer, pero estos señores en verdad me están defraudando en sus clases de piano y, como siempre, lo único que les gusta es estar de animaleros; por lo que es lógico que cuando se les llama la atención por parte mía o de Josefita éstos siempre se ponen más groseros con ella, cosa que no debe ser pues lo único que se buscan es que esta gente salga responsable y más educada y cumplida en sus obligaciones, siendo lógico que si esta gente no responde como debe ser, forzosamente se le tendrá que poner la mano encima de la forma a como ellos den lugar. Yo mismo pienso que debí haber salido mejor si mi papá me hubiera dado más palos para haberme hecho un profesionista, pero en vista de que urgía primeramente trabajar por eso me sacaron del Colegio y no me puedo quejar, porque he logrado engrandecer el negocio demostrando mi responsabilidad, mis ambiciones, mis aspiraciones, y la responsabilidad con ustedes enviándolas a los mejores Colegios para que pueda salir gente de provecho.

Si alguna vez ustedes piensan que el trato que les he dado es injusto, pues quisiera que lo piensen muy despacito, porque los directamente beneficiados serán ustedes, hombres y mujeres, y en último caso, si así no fuera, se van acostumbrando al trato que Josefa o Yo les demos, porque así debe ser y así es mi voluntad y se acabó.

Bueno, espero que se encuentren bien y en vista de que no tengo otra cosa que platicarte, reciban un fuerte abrazo de su papá que las quiere mucho.

Sr. Don José María Zavala González

Lo primero que pienso al leer ésta carta es en la obsesión porque se aprenda Piano y sin duda en una buena posición económica del Sr. Zavala, pero reconociendo, por lo que él mismo ha expresado, que fue un Señor que trabajó muy duro para alcanzar la cima a la que llegó, quizás aquello cegó por completo el trato amoroso y afectuoso para con sus hijos, enviándolos a los mejores Colegios para su propio beneficio y empresa, ya lo iremos descubriendo en las próximas cartas en las que –adelanto un poco- los envíos de dinero se verán condicionados. Queda aquí más que claro la actitud de los críos para con la madrastra Josefita ¿qué cosas tan terribles les habrá hecho ésta señora para que Adolfo se expresara así de ella y para que la trataran como lo escribe el Sr. Zavala? Eso, mis queridos lectores, quizás nunca lo podremos saber, y si realmente se acostumbraron estos pequeños al trato paterno y de la madrastra sin siquiera la posibilidad de expresar opinión alguna sobre su educación, nuevamente queda más que pedir a Dios por lo que haya sido y –quizás- será de los infantes Zavala. Todo esto no quiere decir en modo alguno que la educación estricta sea incorrecta, pues, como bien recordaba con mis primos, fuimos muy traviesos, pero recibimos nuestros respectivos castigos, sin embargo, en la redacción del Sr. Zavala encuentro una rigidez tal que me hace pensar en que los niños fueron educados con un propósito distinto, más allá de ser hombres y mujeres de bien, sino con el propósito de servir a las aspiraciones del padre, del Sr. José María Zavala.

viernes 25 de julio de 2008

"Cartas" III Parte

Después de que se marchara Ana, yo quedé completamente aislado de aquel bello mundo que pintamos juntos, y poco a poco miré cómo se desvanecían los colores de aquella vida que tanto amé con ella. Desde su partida no hice otra cosa que dedicarme de lleno nuevamente a mis estudios en la Academia. Mis recuerdos de esa época son muy dolidos pues jamás logré adaptarme a esa Institución, nunca me llevé bien con mis compañeros ni con mis profesores. Todos venían de muy buenas familias y siempre me sentí discriminado por no pensar como ellos, por no sentir como ellos y por no jugar soccer con ellos, aún por la sentida pérdida de mi madre; nunca entendieron que mis intereses no eran quedarme con el negocio familiar ni seguir los pasos de mi padre, en todo caso yo quería ser intelectual como mi madre; casi un bohemio para aquellos muchachos era yo el pretexto perfecto de la burla, de las peleas y de las falsas acusaciones que muchas veces me condujeron al punto de expulsión. Recuerdo, ahora con risa, cuando estando yo en la clase de pintura al óleo se escuchó la alarma de incendio y corrimos lejos del humo, cuando menos lo esperé el grito del Director diciendo mi nombre me provocaron una angustia tremenda, fui inmediatamente a su llamado y cual fue mi sorpresa que había sido yo acusado de intentar incendiar mi salón de clases. Ganas no me faltaban pero era yo inocente de aquella mala jugada de dos de mis compañeros que sólo buscaban molestarme y sacarme del Colegio. Expliqué la situación y gracias a que se comprobó que no estaba en el momento del incendio en el salón se me dejo en libertad condicional, se expulsó a uno de los agraviantes y yo volví a mi rutinaria vida académica sacando bajas notas en matemáticas, física y química. Mi padre jamás se enteró de todo aquello que me sucedía en aquél Colegio que él amaba más que yo por ser el Colegio más caro y prestigioso de aquel momento con sus casi cincuenta alumnos, crema y nata de la sociedad. Si bien salí airoso de aquellos años no dejo de recordar cuánto disfruté aquella época con los pocos amigos que me hice, Jaime, Toño, Carlos, Javier, Daniel y Raúl; aún tengo contacto con dos de ellos y reímos al acordarnos de momentos que cambiaron nuestra vida juntos, travesuras de chamacos, sobreviviendo a la mala leche social de los nuevos ricos, alumnos del Colegio. Si bien nosotros también veníamos de buena cuna, nuestra educación resultaba ser mejor, pues conocíamos de los buenos lujos y aristocracia que poseíamos por –lo que conocían nuestros padres como derecho natural-, incluso antes de que aquellos vástagos conocieran siquiera la gran diferencia entre la postura en la vajilla francesa o inglesa. Y a pesar de ello jamás nos hicimos de mayores enemigos por presunción, sabíamos lo que éramos y aún lo que somos, lo vivimos intensamente, más que aquellos esnobistas.

Todo lo anterior me recuerda mucho a la siguiente carta que es de las pocas enviadas por los hermanos de Elisa, es una carta de Adolfo –como las otras dos- fechada el 10 de Noviembre de 1908 –yo me he visto en la necesidad de corregir errores ortográficos y de redacción pues se comprende que es una pequeña carta de un niño de 9 añitos; y me recuerda no por otra cosa sino por el simple hecho de ser un pequeño niño que mira la vida de modo distinto, y con gran claridad sobre lo sucedido en su casa, la carta dice así:

Elisa. Acabo de leer la carta de mi papá que le enviaste y dice que no te llegó mi carta; primero le mandé una a ti y a María y no han de haber llegado, aunque después mandé una para las 2. Oye, espero que te encuentres bien y contenta, porque yo aquí, lo que es con la sirvienta Emiliana y la Sra. Josefa y sus 3 escuincles, Mariana y sus hermanas Josefina y Beatriz, no puede estar uno en paz; y no sé, creo que ya te platicamos que tío Jorgito fue a California y les trajo pantalones, faldas, chamarras y gabardinas y a nosotros nada, NADA. Y por la culpa de las escuinclas y Emiliana fue el pleito de Josefa y yo, y que me castiga mi papá descalzo y yendo a barrer así descalzo la factoría y el despacho y también la casa de mamá Eva. Y ves que Josefa lo hipócrita que es que apenas les mandó 1 carta, pero eso sí, cuando vengas así va a estar de hipócrita diciendo que las extrañó mucho para ver que le trajiste. No le traigas nada a Josefita por todo lo que nos ha hecho, y tampoco a sus hijos, ni a Mariana, no a Josefina ni a Beatriz, esos escuincles hipócritas. Y que no les invente que sus niños lloran por ustedes. Y no se te olvide traerle algo a Maricarmen y a Amaranta, y si es posible a Tita y a mamá Eva.

Bueno, es todo lo que tengo que decirte, y enséñale tu carta María porque no les voy a platicar lo mismo.

Tu hermano Adolfo.
Escríbeme.



Hasta aquí la tercera carta y primera de Adolfo. Creo que finalmente se arrojan luces esclarecedoras gracias a la inocente honestidad del pequeño. La labor que me he propuesto que no es más que exponer las cartas tiene como segunda finalidad ordenarlas, dar nuevas vías de entendimiento para con esta familia; si bien en el pasado leí las cartas con gran interés y pasión jamás me preocupe por ordenarlas ni por buscar más allá de lo que me dicen, ahora puedo ir a la mesa, sentarme y tomar un coñac, pensar sobre las cartas que me hicieron temblar, la vida angustiada de estos pequeños siempre causaron en mí la terrible sensación de soledad y abandono, falta de cariño familiar; seguro que lo tuvieron, pero la carta de Adolfo deja ver el desolado panorama provocado por la madrastra y sus hijos, y por los injustos castigos infligidos a pequeñas e inocentes criaturas. ¿Qué clase de niño escribe de ese modo a su corta edad? Y su hermana, la pequeña Elisa, pobre de ella, a sus 11 años leyendo estas cartas, regaños y tristezas, de su padre y de su pequeño hermano, que Dios les haya guardado.

domingo 20 de julio de 2008

"Cartas" II Parte

Ahora que salen a flote las viejas cartas y los recuerdos de aquellos años en casa de mi padre repaso con gran agrado a los vecinos de la casa de enfrente; una familia muy acogedora con un hijo de nombre Antonio de unos 18 años y una hija de 13 años de nombre Ana. Ana y yo pasábamos horas jugando en el jardín de su casa correteando las ardillas, subiendo los árboles, jugando a las escondidas y, a veces, a tomar el té. Creo que ella fue mi primer amor, era una edad muy corta pero vivimos nuestra amistad intensamente, nos sentíamos como dos pequeños adultos que sólo añoraban vivir apasionadamente y lo más serio posible los juegos de infancia. Su casa era grande y muy bella, la puerta siempre abierta otorgaba a la vista un espectáculo lleno de movimiento y colorido, pues atrás de la casa se encontraba la fábrica de hilados por lo que en la entrada, con su largo pasillo, estaba llena de cajas con molotes de hilo multicolores, en la orilla plantas y flores y decenas de empleados transportando los hilos en los diablitos o en las carretillas. Algunas veces nos metíamos a las bodegas a jugar entre las pacas de lana o sencillamente a jugar con el balón, brincar en el viejo trampolín de su padre o nadar en la pequeña alberca detrás del jardín. Otras veces comía en su comedor que tanto me gustaba, sus candelabros hermosos, un antiguo reloj de piso y que tocaba campanas cada treinta minutos y los grandes muebles con acabados que siempre degustaron mis sentidos de la vista y el tacto. Aquella época era de abundancia y de grandes fiestas que llenaban mi soledad, extrañaba a mi madre y mi padre nunca fue bueno en su relación conmigo, su orgullo siempre fue mi hermano Rafa por quien sacrificó todo por sus estudios médicos en París. Con mi madre extrañaba yo tanto sus lecturas nocturnas, sus pláticas de café en compañía de sus amigos filósofos y su amiga escritora de pequeñas epístolas para la audiencia más exigente de la política de entonces tan desquebrajada como siempre. Extrañaba a profundidad todos aquellos momentos con mi madre, el juego de dominó, las cartas y los rompecabezas, por lo que los protocolos de las fiestas en casa de Ana siempre fueron un buen momento para continuar sólo en medio de la multitud. La corbata y el disfraz me provocaban urticaria que era aligerada con los saludos de “Francisco José, mucho gusto”, hasta que llegaba Ana; ¡Paquito! –me decía- y me tiraba de la manga para escabullirnos por debajo de las largas mesas y molestar las medias y tobillos de los comensales. Una noche que festejaban el cumpleaños de la señora Rosa, la mamá de Ana, comíamos bajo la mesa un pequeño trozo de pastel, teníamos la boca llena de merengue y nos dimos un pequeño beso, comenzamos a reír porque le gente comenzó a aplaudir en medio de nuestra inocente travesura, había concluido el brindis de Don Mauricio, el papá de Ana. Pasaron así algunos años maravillosos. De ella no supe qué fue cuando mudo de casa a los tres años de aquella noche cuando se fue a estudiar lejos, siempre la voy a recordar y extrañar inmensamente, los primeros años en aquella ciudad habrían sido insoportables sin su ternura, su cariño y amistad.

Pero volviendo a la razón por la que comencé éste pequeño diario, recuerdo que la semana pasada les transcribí la primera de las cartas que encontré aquella tarde de Septiembre a mis 13 o 15 años y que tanto Ana como yo leímos ávidamente y comentamos y fantaseamos sobre aquellos niños, volver a aquellos momentos es siempre una sensación de volar a los ojos de Ana y a aquella casa en Oaxaca, aquella casa de los pequeños infantes que sembraron las cartas en el piso de mi habitación de aquel tiempo, respirar y oler las viejas cartas, ver y mirar la letra torcida y casi indescifrable de su padre, todo es un momento indescriptible, emoción, aventura y angustia es volver al pasado, pero somos nuestro pasado guardado como aquellas cartas en el bello baúl de los recuerdos, la memoria. Qué miedo cuando miramos atrás y encontramos aquello que nos ha perseguido, aquel viejo fantasma…

La segunda carta del padre está fechada en Octubre 29 de 1908 y dice así:

Querida hija:

Acabo de recibir tu carta y me alegra mucho la forma que tienes hasta de platicarme, lo cual significa que se te ha quitado un poco lo modorra, ya que antes te costaba trabajo explicarte como ahora lo haces. Si cuando vuelvas a estar aquí en casa no te veo lo abusada que ahora me pareces, tendré que mandarte seguido al extranjero a fin de que se te despierte el coco. Bueno eso es de broma, porque yo espero que lo que bien puedas aprender jamás se te podrá olvidar, y estoy muy contento de que tomes tus clases de inglés con muchas ganas que eso es todo para que cualquier cosa por difícil que se te haga, tú con tu voluntad podrás vencer cualquier problema por grande que éste fuera.

Gracias por tu recomendación sobre tu hermano Adolfo y Porfirio, y en vista de que no escarmentaron con la primera ocasión que castigué a Adolfo, hoy otra vez tuve que castigar a los 2 y además de quitarles los zapatos llevan como 4 días en la casa que no salen, en vista de que le agarraron un aborrecimiento especial al piano, Porfirio incluso estuvo un día abajo en el despacho haciendo bultos, pero repito, sin zapatos. Así pasaron 3 días cuando se portaron tan terriblemente mal con Josefa, que me vi precisado a ponerle una bofetada a cada uno pero ya enojado, nada de cariños, y ya les dije que en vista de que no deseo golpearlos, que sería preferible que se fueran de internos y en esas andamos pues ya no sé qué hacer. ¿Verdad que por haber sido tan consentidor es por lo que tus hermanos no le guardan respeto a Josefita y hasta a mí mismo puesto que no me obedecen? Procuraré ya no serlo, y haber si las cosas se componen, naturalmente en beneficio de tus hermanos porque éstos parece que no quieren entenderlo así; ¿O a caso es el beneficio para mí?

Bueno, basta ya de tantas quejas, y sólo te chismeo lo anterior en vista de que hay pocas cosas que platicarte. Ya vienen algunas festividades de los pueblos en donde pondremos algunas mercancías, algo elegante y ya le sacaremos una fotografía para que cuando vengas puedas ver que ahora sí “Factoría de san José” no brilló por su ausencia, y desde luego también creo que haré unas peleas de gallos, que espero en Dios que no me las ganen, o por lo menos que no me ganen todas. De las charreadas, jaripeos, toros y de esas cosas que luego a veces por no tener tiempo no iré, yo creo que podrán platicártelo mejor tus hermanos con mayores detalles y en fin, pasando a otro asunto sobre el tiempo, aquí ha llovido mucho, se sabe que en muchas partes ha habido grandes calamidades, y que también ya comienza a hacer en las noches bastante frío pero todavía no tan fuerte como el de otros años.

No dejes de estudiar fuerte el inglés, aunque parezca que te vuelves loca sin entender a nadie, pero ya verás que en poco tiempo fácilmente te podrás dar a entender y no te intimidarás para hablar con cualquiera ése idioma. Hágame caso o también habrá palizas. Por lo tanto ya para terminar ésta, te mando una paliza de besos y abrazos con mucho cariño.

Tu papá.

Sr. Don José María Zavala González

Hasta aquí la segunda carta, y por hoy es suficiente, sólo basta decir aquello que sé desde el primer momento en que las leí, que hay mucho que esclarecer en estas cartas, y creo que jamás me quedará claro saber más de esta familia, confío en que ahora despeje dudas y tenga mayor certeza sobre el porvenir de estos pequeños, tengo mucha esperanza en ello. Ahora saldré a fumar un cigarrillo y beber una pequeña taza de café turco mientras contemplo el hermoso cielo nocturno, cuánto bien para el alma es dejarse cautivar por las estrellas y la Luna, sólo frente a la Luna.

lunes 14 de julio de 2008

"Cartas" I Parte - Intro

Cuando nos mudamos de casa, por el año 1938, mi padre optó por una rústica residencia en la bella ciudad de Oaxaca, recién llegábamos de Querétaro –aunque mis padres son oriundos de Puebla- y no tenía el más mínimo conocimiento de las razones por las que mi padre había decidido comprar aquel vejestorio al que comenzamos a llamar hogar. Por aquél tiempo era yo un jovencito de 13 o 15 años y mis intereses estaban más en estudiar y jugar que en saber los negocios familiares. Mi madre había fallecido hace un par de años a causa de una enfermedad, era una época difícil en que el recuerdo de ella en su lecho de muerte y diciendo lentamente “Paquito… te amaré toda la vida” me perseguían y que yo abrazaba en la caricia de una brisa; finalmente consagraba mi tiempo a la lectura de algunos clásicos como Dostoievski, Dumas, Cervantes y Goethe; mi hermano había sido enviado a estudiar a París la carrera de Medicina, así que estábamos sólo mi padre, el chofer “Don Martín”, la sirvienta “Chofi” y yo. Recuerdo que al comienzo mi habitación se me hacía demasiado grande para mí, pero pronto comencé a darme cuenta de que su tamaño era ínfimo al poder de mi imaginación juvenil, imaginación que despertó por las cartas que encontré en un pequeño nicho oculto bajo el crujiente piso de madera. Aquella tarde del mes de Septiembre mientras jugaba con mis soldaditos de plomo y el pequeño cachorro Dachshund, de nombre “Sancho”, que papá había comprado para que haga la suerte de mi fiel compañero, logré percatarme de aquél refugio, fui al almacén y cogí un martillo con el que logré abrir mejor aquel pequeño baúl o gabinete de los recuerdos. Saqué varias y distintas cartas enviadas a una niña de nombre Elisa que, al parecer, había sido interna en una academia para señoritas en Texas. Hoy, casi 70 años después y a mis 85 años, recuerdo aquél momento con cierto agrado y al mismo tiempo con una angustia que recorre mi piel cada que pienso en el padre de aquella niña y de sus cuatro hermanos, sus escritos, su redacción, siempre me dijeron que había algo extraño y por demás raro en aquellas cartas. Fue hace una semana exactamente que estando en la biblioteca de la Universidad donde impartía la cátedra de Antropología encontré un documento de aquellos años en que el porfiriato era el canon mexicano, un documento muy curioso que hablaba acerca de un empresario famoso originario de Oaxaca y que había servido fielmente al Generalísimo Don Porfirio Díaz con una empresa de ropa de nombre “Factoría de san José”. Pero lo que más llamó mi atención fue el apellido de aquél servidor de la dictadura, su nombre era José María Zavala González, sí, Zavala, el mismo apellido de la pequeña Elisa. Al leer la biografía del Sr. Zavala noté inmediatamente el nombre de sus hijos, de su esposa y su lugar de residencia, así como la academia de señoritas en Texas, también supe que sus hijos tenían edades aún muy tiernas en los años de 1908 y 1909, entre los 8 y 14 años, cosa que no sabía hasta aquel día; para entonces no tenía la menor duda, era el padre de Elisa, Elisa Zavala[1].

Regresé inmediatamente a mi casa, subí las escaleras con mucho cuidado y entré a mi habitación, abrí el cajón dónde se encontraba la pequeña caja con todas aquellas cartas, de la emoción hasta tiré la foto de mi amada esposa, María Luisa (e. p. d.) y de mis dos hijas con sus esposos y los pequeños nietos, la levanté, la miré un momento y la besé retornándola a su lugar. Abrí finalmente la caja y saqué las cartas, comencé a leer la primera, luego la segunda, la tercera y así hasta terminar, finalmente respire profundamente y exhalé aquellas emociones que desde hacía tiempo no me habían dejado sentir pulmón lleno. Hoy quiero compartir esas cartas con ustedes, aquellas cartas que llenaron mis tardes de aquella semana de Septiembre y que hoy leo con gran interés pero sobretodo, con gran compasión por aquellos niños. Yo aún no logró discernir con claridad la vida de estos pobres infantes durante aquél año en que dos de sus hermanas se encontraban lejos del hogar –la academia para señoritas de Texas-, pero con la ayuda de Dios y demás lectores, sabremos interpretar y entender la situación de estos pequeños que sólo el amado Creador sabe qué ha sido de ellos, que Él se apiade de su cuerpo y alma.

La primera carta del padre está fechada en Octubre 18 de 1908 y dice así:

Querida hija:

Te doy muchas, muchísimas gracias por 2 cartas tuyas que ya recibí, yo no te había escrito primeramente en virtud de que esperaba que fueras acostumbrándote al nuevo régimen de vida, al que supongo ya te estarás aclimatando.

Nosotros aquí gracias a Dios estamos perfectamente, y por el momento la única nueva noticia es que tu hermano Adolfo un día se me portó mal para la clase de piano y lo mandé a barrer las calles de la fábrica, de mamá Eva y la del despacho, totalmente descalzo. El niño hizo muchos berrinches, se puso a llorar, así que yo le di un llegue por el pescuezo muy fuerte, fue entonces cuando comprendió que realmente era el momento de obedecer, porque si no podría haberle ido muy mal.

Ya tenía este señorito conmigo muchos días de estar enojado, y finalmente hemos vuelto hacer las paces, el señor ahora se encuentra como una sedita y ya comienza a gustarle el piano. Probablemente –pienso muchas veces que- no he sido un buen papá, porque de tanto quererlos no los he sonado como ustedes lo habrían merecido, pero que Dios me libre que el día que yo tenga que hacerme obedecer, como pienso hacerlo de aquí en adelante, no lo ejecute aunque tenga que tomar medidas, las más drásticas que ya tengo pensadas. Dispensa que esto parezca regaño también para ti, pero debes comprender que a veces ser buen papá es muy difícil, y si los hijos no salen buenos luego lo culpan a uno por ser tan consentidor, y quiero decir con esto que si no vienes hablando perfectamente bien el inglés para Navidad, no querré que vuelvas a venir, así tuvieras que podrirte en la escuela para que vuelvas verdaderamente capacitada en ese idioma. Te recuerdo también que puedes estudiar piano o cualquier otra cosa que te guste, tomar clases de francés y, en fin, pensar en que al salir de ahí tú debes venir aquí presumiéndome de que has tomado con gusto todas tus clases.

Estoy de acuerdo en que vengas en Diciembre pero no con el propósito de estar aquí vagando, y si hay que quedarse los Domingos en el despacho pues te aguantas, y si crees que no podrás obedecerme pues vémelo diciendo para ver a qué otra parte las mando, pues no quiero tenerlas, ni a ti ni a tu hermana María en ése plan.

En tu próxima carta quiero que me digas quién es la monja que cuida de María para hacerle ver cómo debe ser tratada esta muchacha, en vista de que si nunca le metí un bofetón no creas que fue por miedo, sino porque reconozco que me he pasado de solapador, pero ya ha llegado el momento de entender razones y hacer que comprenda que ser educado significa también tener a alguien a quién obedecer, para que el día de mañana también puedan comportarse haciéndose obedecer; es así, por lo tanto, como estoy dispuesto a que en el futuro ó implanto una medida de rigor en ésta casa ó me veré condenado a hacer todos los caprichos y modos estúpidos de comportamiento que resultaban hasta insultantes para mí por parte de alguno de ustedes. ¿Te has llegado a preguntar tu misma si habrá otras muchachas que pudieran tener el privilegio de ustedes de hacer lo que se les antoje e ir a los colegios que han ido? Toma en cuenta que no he trabajado con ninguna otra ilusión más que de darles a ustedes una educación de privilegio en memoria de su Madre (R.I.P.), y siempre con el propósito de que tengan por honra su nombre ya que si así no fuera, siendo yo irresponsable ni me importarían ustedes, si al fin y al cabo no sería en mí beneficio todos estos esfuerzos y sacrificios que he venido haciendo.

Ahora que tan lejos te encuentras de mí espero que verdaderamente pienses como ya toda una mujercita, que lo que no puedas aprovechar hoy, más tarde será arrepentimiento, pues cada quien en la vida ocupará el lugar que ella misma se labra.

Basta ya de consejos sino no acabaría nuca, y aplícate por favor. Y recibe un fuerte abrazo de tu padre que te quiere mucho.

Sr. Don José María Zavala González


Hasta aquí la primera carta, no es mi intención juzgar pues yo no soy quien para condenar; con el paso de las semanas se irán aclarando mejor las cosas en la medida en que nos acerquemos a la última carta. Mi intención ha sido, es y será simple y sencillamente exponer estas cartas que encierran la historia, al menos en germen, de una familia y de cinco pequeñas almas; en su memoria escribo ahora, compartí su dolor entonces y lo comparto hoy. Por ahora es todo, ya es bastante tarde y debo preparar mi cena y leer un momento “Cien años de soledad” de G. Márquez, mañana Dios dirá.

[1] Sus hermanos, para no causar mayor confusión eran: María de 14 años, Porfirio de 12, Elisa de 11 y quien lleva el mismo nombre que su mamá, Adolfo de 9 y Consuelo de 8, y según leo en las cartas había una madrastra de nombre Josefa, porque eran huérfanos de madre a su corta edad, además de algunos comentarios del padre que ayudan a esclarecer mejor la vida de los pequeños y, por otro lado, pueda haber hermanastros o hermanastras también, al parecer son tres: Mariana, Josefina y Beatríz, pero aquello no me queda aún muy claro.