Cuando la náusea comenzó, Francisco no supo si fuera del quinto cigarro en 20 minutos, del whisky o de la pena –aún indescifrable- que le acogía. Decenas de veces se había preguntado qué era aquella náusea que le abrazaba de manera asfixiante y que no le dejaba en pie. El fuego consumió lo último que tenía de su cigarro, el inhaló y soltó, lenta -casi imperceptiblemente- el humo que faltaba, y con él imaginó dejar su alma escapar.Debía recibirla como de costumbre. Años antes ella llegaba sin tocar la puerta “¡quién carajo le dio llave!” Hoy ya toca la puerta, pero es ella quién abre. Él la recibe en silencio, sentado en su silla roja y entre sus manos un libro que le dice: cogito, ergo sum (pienso, luego existo). Ella llega de repente, ya se había convertido en su eterna dama de compañía quien sin aviso previo lo tomaba de la mano y lo invitaba a recorrer uno de aquellos caminos de la incertidumbre. No había modo de negarse, era violenta. “Debo dejar de pensar, así dejaría de existir”, imploró a Descartes. El deseo de olvidarla era el estímulo perfecto para recordarla. Al comienzo pensó que se trataba de su vieja amiga la muerte que conoció cuando apenas tenía los quince años de edad, pero muy pronto se dio cuenta de que no era ella, al menos en ésta ocasión no la había llamado y -si inconscientemente le habría pedido refugio- seguramente no encontraba respuesta a una petición enclenque, sin fuerza, como la fuerza con la que le llamó hace ya casi ocho años. No, su nueva Musa tenía un ímpetu distinto a la de la muerte. La náusea es apasionada, le arroja al suelo, lo muerde, lo golpea, le flagela la espalda, le coge del cuello y se lo tuerce desmesuradamente, lo azota, lo quiebra, le lame el vientre, le besa los ojos, lo ahoga, le hace expirar gotas que libra el alma cuando quiere evaporarse y, a veces, en sangre que recorre su garganta hasta salir en explosión floral y expulsar el espíritu por la boca. Él, tirado, agotado y sediento en el suelo busca dentro de sí la ayuda que le permita levantarse, toma su pierna derecha cual bastón y elige ponerse en pie, no muy recto pues la espalda le agoniza de dolor. Levanta la mirada, la náusea se ha marchado, se siente usado, abusado y violentado. Se pregunta “¿Cuándo la dejé entrar a mi vida? ¿Por qué la muerte –amiga mía- no me rescata entre sus brazos en los momentos en que la náusea me revela lo frágil que soy? ¿Qué debo de gritar para descansar entre sus piernas? ¡Oh muerte!”. Volvió a observar. No estaba. Se ha ido al fin. Ahora debe esperar cuando decida regresar. Piensa que para entonces será su funeral, ceremonia de exterminio, holocausto y exorcismo. Se recuesta sobre el sillón café y nuevamente recorren en su mente las preguntas que le roban horas a la noche y no le dejan descansar. “¿Qué es está náusea que me visita? ¿Es miedo? No, miedo no, pero entonces ¿Qué es?”. Piensa que ha de ser incertidumbre, aquella incertidumbre que comenzó cuando su padre lo abandonó, incertidumbre que se reforzó cuando fue enviado a estudiar lejos del hogar, la misma incertidumbre cuando su abuelo los despojó de todo, cuando su preciado tío los vendió, aquella incertidumbre que lo cogió por vez primera cuando decidió llamar a la muerte por su nombre, la incertidumbre cuando Pilar lo sacrificó.
Si, primero fue ella, la incertidumbre. Pero él no la llamó, era muy pequeño para hacer esa clase de llamados, sin embargo ellos le abrieron la puerta y, sin saberlo, penetró la náusea que es peor que la amiga muerte que te coge de una vez y para siempre, no juega por ratitos como lo ha hecho la náusea. Le ha roto la vida toda. Hace años pensaría que se trataba de dolores de parto, necesitaba dar a luz las ideas, las palabras… hoy sabe que le han engañado. No cuando la náusea le violenta el cuerpo y el espíritu. Es catarsis.
Enciende un nuevo cigarro, observa cómo se consume pronto. “Todo se consume, yo me consumiré, ¿Algo permanece? ¿Permaneceré? ¿Estos minutos valen la pena vivirlos? ¿Por qué el dolor y la muerte? ¡Tengo anhelos y deseos de inmortalidad!” Se calló bruscamente, se le hace presente que en aquellos momentos es cuando ella llega. Decidió afrontarla y lanza la pregunta que ella odia profundamente y por la que lo conduce al túnel de la incertidumbre “¿Y yo, qué soy?”. La puerta se azotó frenéticamente, quiere callar su voz. Pero él gritó “¡No! ¡Yo soy! infinito deseo de más allá, ¡Yo soy creado! ¡Sí!” La puerta calla. Sigilosamente se asomó al balcón, el cigarrillo le temblaba en la mano. Miró el cielo estrellado con su luna que tanto necesita para ser bello, la luz de la Catedral le absorbe sus pensamientos. Belleza. Recordó a Dostoievski. Presencia, admiración, conmoción. Descansa.
Algo se ha posado y ha hecho morada en su mente, quizás en su corazón. “¿Náusea? No, ya no hay preguntas por ella, no más angustia, no más vértigo y dolor. Alguien se ha metido en mí ¿Alguien? Agradecer no al mundo sino a Otro, ¡¿Tú?!”. Si, los minutos han valido la pena. Regresa. Se sienta. Termina su cigarrillo y comienza otro que prende con la colilla del anterior. Tocan la puerta “No, ya no puede ser ella”. Decidió mirar por el pequeño agujero. No reconoce. Respira profundamente y abre. Sus ojos se expresan en cristales. “¿Quién es?”. Oye voces familiares, amistades de quien ha volado a mayores alturas que Oliverio, de quien ha abarcado más personas que Mounier, de quién ha encarnado el imperativo categórico y de quien ha profundizado mayores psicologías que Freud. Le abrazan. Los reconoció, su corazón les reconoce.
No más náusea, no más vértigo. Hay alguien que le ama “ahora lo sé… amatur, ergo sum (soy amado, luego existo)”. En su alma se asomaba una nueva realidad que aún no lograba definir, pero sabía que aquella tarde había alguien más allá que le ha amado antes de nacer, exhaló y dijo “gracias…”. Los tomó de las manos, volteó el rostro, me miró y sonrió, finalmente cerró la puerta. Ahí estaba yo que sí había asistido a su llamado –nuevamente-, y nunca más, a menos ya sea, como la puerta de su Verdadera Eternidad.

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