La otra noche vinieron dos de mis primos de la infancia, no cabe duda que ahora que he sacado las viejas Cartas de Elisa regresan a mi vida bellos recuerdos, otros no tanto, de mi época adolescente. Ésta vez que vinieron recordamos con tanta alegría aquellos tiempos que pesábamos en el rancho familiar. No dejamos de reírnos de todas las travesuras de niños que hacíamos y de las intransigencias que les causaron dolores de cabeza a nuestros padres; recordamos por ejemplo aquella ocasión en que todos bajamos a los ciruelos y nos dimos semejante festín de aquel delicioso fruto que estaba prohibido tomar a causa –según nos dijeron- de que serían ocupados para la próxima fiesta o reunión familiar, ya fuera en ciertos platillos, postres o agua. Pero ya que siempre nos sentimos dueños, amos y señores de aquella gran propiedad, pasamos por alto la norma y nos deshicimos de gran cantidad del fruto, entre comer y guerra de ciruelas; después del gran convite acordamos no decir nada a nadie, pero no faltó aquél primo pequeño que al llegar y ser cuestionado sobre qué había hecho comentó nuestra aventura. Todos se pusieron entonces de pie y corrieron a la cocina por litros de leche, nos desparasitaron, nos purgaron y nuestro estómago se lleno de toda una serie de ruidos que nos hicieron correr inmediatamente a los sanitarios, al salir recibimos cada quien su respectiva paliza, no sabíamos a qué se debía toda aquella parafernalia de las purga de ciruelas, hasta que nuestro tío nos hizo saber que los ciruelos habían sido fumigados aquella mañana. En otra ocasión, comentó mi prima, su hermano –ante la ausencia de los mayores aquél día- decidió tomar el Jeep, él tan sólo contaba con 12 años de edad, y decidió sacarlo de la palapa para dar una vuelta por el rancho, cuál fue su sorpresa que obviamente por la escasa experiencia en el volante no soportó conducir la inclinada bajada hasta que terminó chocando con el aserrín para las caballerizas y los borregos. Acordándonos de los borregos no podría faltar aquél recuerdo de cuando nos escapábamos muy en la mañana para no ser molestados con tareas domésticas, nos acercábamos sigilosamente a los encierros de los borregos y nos metíamos con ellos a iniciar una persecución que terminaba en atrapar a alguno con la riata para jugar al jinete, terminábamos todos sucios de toda porquería, comida y lodo pero más que contentos por nuestra maravillosa hazaña de jinetear y ser –hoy diría- payasos de “rodeo” sin ruedo. Aquella noche en compañía de mis adorados primos volví a sentir aquella nostalgia por tiempos memoriales en que nuestra familia, aunque lejos, convivía en plena unión y amistad, hasta que el Rancho, símbolo y garante de nuestro afecto, nos fue arrebatado. Ahora a lo nuestro.La cuarta carta está fechada en Noviembre 17 de 1908 y dice así:
Querida hija:
Hace ya casi un mes que envié a las monjas un sobre con “100.00 Dls. U. S. para que se los entregaran a ustedes para cualquier gasto que tuvieran, se conoce que estas gentes no quieren manejar dinero ajeno, y en consecuencia hoy ya te estoy enviando con la presente un dinerito y así puedan tener ustedes para sus gastos. Si algo les llega a faltar, no dejes de avisarme para enviárselos inmediatamente; pero fijarse bien que no se vayan de abuso en los gastos pues aquí estamos medio pobres y urge trabajar mucho para conseguir todo lo que gasta la familia.
Tus hermanos siguen a veces en la misma aunque a veces se llegan a componer, pero estos señores en verdad me están defraudando en sus clases de piano y, como siempre, lo único que les gusta es estar de animaleros; por lo que es lógico que cuando se les llama la atención por parte mía o de Josefita éstos siempre se ponen más groseros con ella, cosa que no debe ser pues lo único que se buscan es que esta gente salga responsable y más educada y cumplida en sus obligaciones, siendo lógico que si esta gente no responde como debe ser, forzosamente se le tendrá que poner la mano encima de la forma a como ellos den lugar. Yo mismo pienso que debí haber salido mejor si mi papá me hubiera dado más palos para haberme hecho un profesionista, pero en vista de que urgía primeramente trabajar por eso me sacaron del Colegio y no me puedo quejar, porque he logrado engrandecer el negocio demostrando mi responsabilidad, mis ambiciones, mis aspiraciones, y la responsabilidad con ustedes enviándolas a los mejores Colegios para que pueda salir gente de provecho.
Si alguna vez ustedes piensan que el trato que les he dado es injusto, pues quisiera que lo piensen muy despacito, porque los directamente beneficiados serán ustedes, hombres y mujeres, y en último caso, si así no fuera, se van acostumbrando al trato que Josefa o Yo les demos, porque así debe ser y así es mi voluntad y se acabó.
Bueno, espero que se encuentren bien y en vista de que no tengo otra cosa que platicarte, reciban un fuerte abrazo de su papá que las quiere mucho.
Sr. Don José María Zavala González
Lo primero que pienso al leer ésta carta es en la obsesión porque se aprenda Piano y sin duda en una buena posición económica del Sr. Zavala, pero reconociendo, por lo que él mismo ha expresado, que fue un Señor que trabajó muy duro para alcanzar la cima a la que llegó, quizás aquello cegó por completo el trato amoroso y afectuoso para con sus hijos, enviándolos a los mejores Colegios para su propio beneficio y empresa, ya lo iremos descubriendo en las próximas cartas en las que –adelanto un poco- los envíos de dinero se verán condicionados. Queda aquí más que claro la actitud de los críos para con la madrastra Josefita ¿qué cosas tan terribles les habrá hecho ésta señora para que Adolfo se expresara así de ella y para que la trataran como lo escribe el Sr. Zavala? Eso, mis queridos lectores, quizás nunca lo podremos saber, y si realmente se acostumbraron estos pequeños al trato paterno y de la madrastra sin siquiera la posibilidad de expresar opinión alguna sobre su educación, nuevamente queda más que pedir a Dios por lo que haya sido y –quizás- será de los infantes Zavala. Todo esto no quiere decir en modo alguno que la educación estricta sea incorrecta, pues, como bien recordaba con mis primos, fuimos muy traviesos, pero recibimos nuestros respectivos castigos, sin embargo, en la redacción del Sr. Zavala encuentro una rigidez tal que me hace pensar en que los niños fueron educados con un propósito distinto, más allá de ser hombres y mujeres de bien, sino con el propósito de servir a las aspiraciones del padre, del Sr. José María Zavala.

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