Cuando nos mudamos de casa, por el año 1938, mi padre optó por una rústica residencia en la bella ciudad de Oaxaca, recién llegábamos de Querétaro –aunque mis padres son oriundos de Puebla- y no tenía el más mínimo conocimiento de las razones por las que mi padre había decidido comprar aquel vejestorio al que comenzamos a llamar hogar. Por aquél tiempo era yo un jovencito de 13 o 15 años y mis intereses estaban más en estudiar y jugar que en saber los negocios familiares. Mi madre había fallecido hace un par de años a causa de una enfermedad, era una época difícil en que el recuerdo de ella en su lecho de muerte y diciendo lentamente “Paquito… te amaré toda la vida” me perseguían y que yo abrazaba en la caricia de una brisa; finalmente consagraba mi tiempo a la lectura de algunos clásicos como Dostoievski, Dumas, Cervantes y Goethe; mi hermano había sido enviado a estudiar a París la carrera de Medicina, así que estábamos sólo mi padre, el chofer “Don Martín”, la sirvienta “Chofi” y yo. Recuerdo que al comienzo mi habitación se me hacía demasiado grande para mí, pero pronto comencé a darme cuenta de que su tamaño era ínfimo al poder de mi imaginación juvenil, imaginación que despertó por las cartas que encontré en un pequeño nicho oculto bajo el crujiente piso de madera. Aquella tarde del mes de Septiembre mientras jugaba con mis soldaditos de plomo y el pequeño cachorro Dachshund, de nombre “Sancho”, que papá había comprado para que haga la suerte de mi fiel compañero, logré percatarme de aquél refugio, fui al almacén y cogí un martillo con el que logré abrir mejor aquel pequeño baúl o gabinete de los recuerdos. Saqué varias y distintas cartas enviadas a una niña de nombre Elisa que, al parecer, había sido interna en una academia para señoritas en Texas. Hoy, casi 70 años después y a mis 85 años, recuerdo aquél momento con cierto agrado y al mismo tiempo con una angustia que recorre mi piel cada que pienso en el padre de aquella niña y de sus cuatro hermanos, sus escritos, su redacción, siempre me dijeron que había algo extraño y por demás raro en aquellas cartas. Fue hace una semana exactamente que estando en la biblioteca de la Universidad donde impartía la cátedra de Antropología encontré un documento de aquellos años en que el porfiriato era el canon mexicano, un documento muy curioso que hablaba acerca de un empresario famoso originario de Oaxaca y que había servido fielmente al Generalísimo Don Porfirio Díaz con una empresa de ropa de nombre “Factoría de san José”. Pero lo que más llamó mi atención fue el apellido de aquél servidor de la dictadura, su nombre era José María Zavala González, sí, Zavala, el mismo apellido de la pequeña Elisa. Al leer la biografía del Sr. Zavala noté inmediatamente el nombre de sus hijos, de su esposa y su lugar de residencia, así como la academia de señoritas en Texas, también supe que sus hijos tenían edades aún muy tiernas en los años de 1908 y 1909, cosa que no sabía hasta aquel día; para entonces no tenía la menor duda, era el padre de Elisa, Elisa Zavala[1].Regresé inmediatamente a mi casa, subí las escaleras con mucho cuidado y entré a mi habitación, abrí el cajón dónde se encontraba la pequeña caja con todas aquellas cartas, de la emoción hasta tiré la foto de mi amada esposa, María Luisa (e. p. d.) y de mis dos hijas con sus esposos y los pequeños nietos, la levanté, la miré un momento y la besé retornándola a su lugar. Abrí finalmente la caja y saqué las cartas, comencé a leer la primera, luego la segunda, la tercera y así hasta terminar, finalmente respire profundamente y exhalé aquellas emociones que desde hacía tiempo no me habían dejado sentir pulmón lleno. Hoy quiero compartir esas cartas con ustedes, aquellas cartas que llenaron mis tardes de aquella semana de Septiembre y que hoy leo con gran interés pero sobretodo, con gran compasión por aquellos niños. Yo aún no logró discernir con claridad la vida de estos pobres infantes durante aquél año en que dos de sus hermanas se encontraban lejos del hogar –la academia para señoritas de Texas-, pero con la ayuda de Dios y demás lectores, sabremos interpretar y entender la situación de estos pequeños que sólo el amado Creador sabe qué ha sido de ellos, que Él se apiade de su cuerpo y alma.
La primera carta del padre está fechada en Octubre 18 de 1908 y dice así:
Querida hija:
Te doy muchas, muchísimas gracias por 2 cartas tuyas que ya recibí, yo no te había escrito primeramente en virtud de que esperaba que fueras acostumbrándote al nuevo régimen de vida, al que supongo ya te estarás aclimatando.
Nosotros aquí gracias a Dios estamos perfectamente, y por el momento la única nueva noticia es que tu hermano Adolfo un día se me portó mal para la clase de piano y lo mandé a barrer las calles de la fábrica, de mamá Eva y la del despacho, totalmente descalzo. El niño hizo muchos berrinches, se puso a llorar, así que yo le di un llegue por el pescuezo muy fuerte, fue entonces cuando comprendió que realmente era el momento de obedecer, porque si no podría haberle ido muy mal.
Ya tenía este señorito conmigo muchos días de estar enojado, y finalmente hemos vuelto hacer las paces, el señor ahora se encuentra como una sedita y ya comienza a gustarle el piano. Probablemente –pienso muchas veces que- no he sido un buen papá, porque de tanto quererlos no los he sonado como ustedes lo habrían merecido, pero que Dios me libre que el día que yo tenga que hacerme obedecer, como pienso hacerlo de aquí en adelante, no lo ejecute aunque tenga que tomar medidas, las más drásticas que ya tengo pensadas. Dispensa que esto parezca regaño también para ti, pero debes comprender que a veces ser buen papá es muy difícil, y si los hijos no salen buenos luego lo culpan a uno por ser tan consentidor, y quiero decir con esto que si no vienes hablando perfectamente bien el inglés para Navidad, no querré que vuelvas a venir, así tuvieras que podrirte en la escuela para que vuelvas verdaderamente capacitada en ese idioma. Te recuerdo también que puedes estudiar piano o cualquier otra cosa que te guste, tomar clases de francés y, en fin, pensar en que al salir de ahí tú debes venir aquí presumiéndome de que has tomado con gusto todas tus clases.
Estoy de acuerdo en que vengas en Diciembre pero no con el propósito de estar aquí vagando, y si hay que quedarse los Domingos en el despacho pues te aguantas, y si crees que no podrás obedecerme pues vémelo diciendo para ver a qué otra parte las mando, pues no quiero tenerlas, ni a ti ni a tu hermana María en ése plan.
En tu próxima carta quiero que me digas quién es la monja que cuida de María para hacerle ver cómo debe ser tratada esta muchacha, en vista de que si nunca le metí un bofetón no creas que fue por miedo, sino porque reconozco que me he pasado de solapador, pero ya ha llegado el momento de entender razones y hacer que comprenda que ser educado significa también tener a alguien a quién obedecer, para que el día de mañana también puedan comportarse haciéndose obedecer; es así, por lo tanto, como estoy dispuesto a que en el futuro ó implanto una medida de rigor en ésta casa ó me veré condenado a hacer todos los caprichos y modos estúpidos de comportamiento que resultaban hasta insultantes para mí por parte de alguno de ustedes. ¿Te has llegado a preguntar tu misma si habrá otras muchachas que pudieran tener el privilegio de ustedes de hacer lo que se les antoje e ir a los colegios que han ido? Toma en cuenta que no he trabajado con ninguna otra ilusión más que de darles a ustedes una educación de privilegio en memoria de su Madre (R.I.P.), y siempre con el propósito de que tengan por honra su nombre ya que si así no fuera, siendo yo irresponsable ni me importarían ustedes, si al fin y al cabo no sería en mí beneficio todos estos esfuerzos y sacrificios que he venido haciendo.
Ahora que tan lejos te encuentras de mí espero que verdaderamente pienses como ya toda una mujercita, que lo que no puedas aprovechar hoy, más tarde será arrepentimiento, pues cada quien en la vida ocupará el lugar que ella misma se labra.
Basta ya de consejos sino no acabaría nuca, y aplícate por favor. Y recibe un fuerte abrazo de tu padre que te quiere mucho.
Sr. Don José María Zavala González
Hasta aquí la primera carta, no es mi intención juzgar pues yo no soy quien para condenar; con el paso de las semanas se irán aclarando mejor las cosas en la medida en que nos acerquemos a la última carta. Mi intención ha sido, es y será simple y sencillamente exponer estas cartas que encierran la historia, al menos en germen, de una familia y de cinco pequeñas almas; en su memoria escribo ahora, compartí su dolor entonces y lo comparto hoy. Por ahora es todo, ya es bastante tarde y debo preparar mi cena y leer un momento “Cien años de soledad” de G. Márquez, mañana Dios dirá.
[1] Sus hermanos, para no causar mayor confusión eran: María, Porfirio, Elisa y quien lleva el mismo nombre que su mamá, Adolfo y Consuelo y según leo en las cartas había una madrastra de nombre Josefa, porque eran huérfanos de madre a su corta edad, además de algunos comentarios del padre que ayudan a esclarecer mejor la vida de los pequeños y, por otro lado, pueda haber hermanastros o hermanastras también, al parecer son tres: Mariana, Josefina y Beatríz, pero aquello no me queda aún muy claro.
