viernes 25 de julio de 2008

"Cartas" III Parte

Después de que se marchara Ana, yo quedé completamente aislado de aquel bello mundo que pintamos juntos, y poco a poco miré cómo se desvanecían los colores de aquella vida que tanto amé con ella. Desde su partida no hice otra cosa que dedicarme de lleno nuevamente a mis estudios en la Academia. Mis recuerdos de esa época son muy dolidos pues jamás logré adaptarme a esa Institución, nunca me llevé bien con mis compañeros ni con mis profesores. Todos venían de muy buenas familias y siempre me sentí discriminado por no pensar como ellos, por no sentir como ellos y por no jugar soccer con ellos, aún por la sentida pérdida de mi madre; nunca entendieron que mis intereses no eran quedarme con el negocio familiar ni seguir los pasos de mi padre, en todo caso yo quería ser intelectual como mi madre; casi un bohemio para aquellos muchachos era yo el pretexto perfecto de la burla, de las peleas y de las falsas acusaciones que muchas veces me condujeron al punto de expulsión. Recuerdo, ahora con risa, cuando estando yo en la clase de pintura al óleo se escuchó la alarma de incendio y corrimos lejos del humo, cuando menos lo esperé el grito del Director diciendo mi nombre me provocaron una angustia tremenda, fui inmediatamente a su llamado y cual fue mi sorpresa que había sido yo acusado de intentar incendiar mi salón de clases. Ganas no me faltaban pero era yo inocente de aquella mala jugada de dos de mis compañeros que sólo buscaban molestarme y sacarme del Colegio. Expliqué la situación y gracias a que se comprobó que no estaba en el momento del incendio en el salón se me dejo en libertad condicional, se expulsó a uno de los agraviantes y yo volví a mi rutinaria vida académica sacando bajas notas en matemáticas, física y química. Mi padre jamás se enteró de todo aquello que me sucedía en aquél Colegio que él amaba más que yo por ser el Colegio más caro y prestigioso de aquel momento con sus casi cincuenta alumnos, crema y nata de la sociedad. Si bien salí airoso de aquellos años no dejo de recordar cuánto disfruté aquella época con los pocos amigos que me hice, Jaime, Toño, Carlos, Javier, Daniel y Raúl; aún tengo contacto con dos de ellos y reímos al acordarnos de momentos que cambiaron nuestra vida juntos, travesuras de chamacos, sobreviviendo a la mala leche social de los nuevos ricos, alumnos del Colegio. Si bien nosotros también veníamos de buena cuna, nuestra educación resultaba ser mejor, pues conocíamos de los buenos lujos y aristocracia que poseíamos por –lo que conocían nuestros padres como derecho natural-, incluso antes de que aquellos vástagos conocieran siquiera la gran diferencia entre la postura en la vajilla francesa o inglesa. Y a pesar de ello jamás nos hicimos de mayores enemigos por presunción, sabíamos lo que éramos y aún lo que somos, lo vivimos intensamente, más que aquellos esnobistas.

Todo lo anterior me recuerda mucho a la siguiente carta que es de las pocas enviadas por los hermanos de Elisa, es una carta de Adolfo –como las otras dos- fechada el 10 de Noviembre de 1908 –yo me he visto en la necesidad de corregir errores ortográficos y de redacción pues se comprende que es una pequeña carta de un niño de 9 añitos; y me recuerda no por otra cosa sino por el simple hecho de ser un pequeño niño que mira la vida de modo distinto, y con gran claridad sobre lo sucedido en su casa, la carta dice así:

Elisa. Acabo de leer la carta de mi papá que le enviaste y dice que no te llegó mi carta; primero le mandé una a ti y a María y no han de haber llegado, aunque después mandé una para las 2. Oye, espero que te encuentres bien y contenta, porque yo aquí, lo que es con la sirvienta Emiliana y la Sra. Josefa y sus 3 escuincles, Mariana y sus hermanas Josefina y Beatriz, no puede estar uno en paz; y no sé, creo que ya te platicamos que tío Jorgito fue a California y les trajo pantalones, faldas, chamarras y gabardinas y a nosotros nada, NADA. Y por la culpa de las escuinclas y Emiliana fue el pleito de Josefa y yo, y que me castiga mi papá descalzo y yendo a barrer así descalzo la factoría y el despacho y también la casa de mamá Eva. Y ves que Josefa lo hipócrita que es que apenas les mandó 1 carta, pero eso sí, cuando vengas así va a estar de hipócrita diciendo que las extrañó mucho para ver que le trajiste. No le traigas nada a Josefita por todo lo que nos ha hecho, y tampoco a sus hijos, ni a Mariana, no a Josefina ni a Beatriz, esos escuincles hipócritas. Y que no les invente que sus niños lloran por ustedes. Y no se te olvide traerle algo a Maricarmen y a Amaranta, y si es posible a Tita y a mamá Eva.

Bueno, es todo lo que tengo que decirte, y enséñale tu carta María porque no les voy a platicar lo mismo.

Tu hermano Adolfo.
Escríbeme.



Hasta aquí la tercera carta y primera de Adolfo. Creo que finalmente se arrojan luces esclarecedoras gracias a la inocente honestidad del pequeño. La labor que me he propuesto que no es más que exponer las cartas tiene como segunda finalidad ordenarlas, dar nuevas vías de entendimiento para con esta familia; si bien en el pasado leí las cartas con gran interés y pasión jamás me preocupe por ordenarlas ni por buscar más allá de lo que me dicen, ahora puedo ir a la mesa, sentarme y tomar un coñac, pensar sobre las cartas que me hicieron temblar, la vida angustiada de estos pequeños siempre causaron en mí la terrible sensación de soledad y abandono, falta de cariño familiar; seguro que lo tuvieron, pero la carta de Adolfo deja ver el desolado panorama provocado por la madrastra y sus hijos, y por los injustos castigos infligidos a pequeñas e inocentes criaturas. ¿Qué clase de niño escribe de ese modo a su corta edad? Y su hermana, la pequeña Elisa, pobre de ella tan pequeña y leyendo estas cartas, regaños y tristezas, de su padre y de su pequeño hermano, que Dios les haya guardado.