Mi abuelo Paquito falleció. Hace una semana de que se ha ido y no soy más que melancolía. Soy vacio o estoy lleno de tristeza. Le cogió el Enero y Febrero en conjunción con su cáncer y finalmente se fue, Paquito, mi abuelo, después de una vida llena de amor y gratitud se encontró con nuestro Padre común. Ahora sabe todo, porque se encuentra en el lugar dónde está la eterna luz y claridad, él ha experimentado la última verdad a la que todo hombre está llamado, el camino a la plenitud. El que ya no esté físicamente con nosotros nos estruja el corazón y nos llena de preguntas, pero hemos de agradecer que su presencia con nosotros nos donó una comprensión del destino al que estamos llamados, a Dios y la felicidad en Él. Ahora mi abuelo Paquito ha tocado a Dios y se encuentra muy próximo a Él, con esto debemos dar gracias porque nos ha mostrado su Rostro y su Misterio que es Providencia. Él fue y seguirá siendo la Bendición más grande que Dios nos dio. Y para mí, tantísimo para mí, cómo extrañaré a mi pequeño gran joven abuelo. Lo extrañaremos, sí, pero lo amaremos y esperaremos toda la vida. Mi abuelito, Paquito, no pudo ver concluidas sus cartas, pero sí la historia de la familia. Me ha dejado en herencia todas sus posesiones más valiosas –sin entender el odio al que ahora me guardan mí tía y su hijo, como si ellos lo hubieran disfrutado tanto como mi madre y yo- sus libros que compartíamos, sus álbumes, los discos que escuchábamos juntos, los portarretratos y las fotos, su colección de billetes y monedas que no perdía oportunidad para mostrármelas, sus viejos apuntes a los que hasta ahora accedo y un sobre amarillo dentro de la caja fuerte con algunas cartas, un cassette y algunas instrucciones muy precisas a las que en un momento me dedicaré a cumplir. Ya lo hago ahora mismo y entiendo muy bien por qué me pedía el acompañamiento, al final de su vida, en torno a las cartas. Lo nuevo para mí ha sido el cassette, pero ya iremos para allá. Los últimos meses fueron tan dolorosos para él, pero siempre mostraba su sonrisa, siempre de buen humor, jamás se le escapaba algo o alguien para decir un chiste, su mente tan lúcida no dejaba de leer ni de platicar, pero de la cama no volvió a levantarse. Aquel día de su deceso estábamos solos los dos, platicando en torno a aquel bello libro de Albert Camus llamado “El Primer Hombre”; de pronto dejó el libro a un lado, sobre la mesita de su habitación, cerca de la foto familiar. Me miró con aquellos ojos de explorador, una lágrima broto de ellos. Yo me acerqué y lo abracé. Nos dijimos cuánto nos queríamos, le aseguré que yo lo estaría esperando; sé cuánto me quiso, y sé que me quiso como a ningún otro nieto o sobrino, su nieto consentido me decía a solas. Sus últimas palabras, sencillas, nada para un epitafio, nada para un libro de historia, pero sinceras, muy francas fueron: “también de vivir se cansa uno, hijo”. Cerró sus ojos y expiró. Para la noche de aquél 13 de Junio todo estaba consumado. Jamás había tenido un dolor tal más que el fallecimiento mismo de mi primo y sobrino de mi abuelo, tocayo suyo Paquito de quien mi abuelo lo menciona en cartas anteriores. Esta doble ausencia me ha estrujado y devastado el corazón. Escribo y espero que la noche termine, mirar de nuevo el sol. El funeral, contra lo que todos pensábamos, estaba lleno de gente, cientos de personas se acercaron a darme el pésame, no los recuerdo, pero qué difícil es llevar un duelo así. Aquél día comprendí lo que mi abuelo me decía cuando exclamaba que moriría joven, y es que todos sus amigos estaban allí; a algunos los identifiqué inmediatamente y otros me sorprendieron por su presencia; las viejas historias que contaba acerca de ellos eran ahora encarnación y palabra viva. Ancianos encogidos que me dieron el pésame, supe al momento quiénes eran ellos. Primero un hombre de cuello blanco, a quien al parecer la ceremonia, aunque fuera de su propia estirpe religiosa le parecía poca cosa, un hombre protocolario y a quien sólo venía a cumplir con su deber; después de él se acercaron los demás, uno hombre chistoso que a su edad vestía de camisas oaxaqueñas y sandalias, parecía un misionero pero más bien resultó ser un comunista de salón; con ellos, quien atrapó mi atención, fue el tercer y cuarto anciano, uno tímido, con un libro entre sus manos, no distinguí si fuera “La Crítica” pero sí me abrazó y lloró, lloró con su razón pura. El otro, sin duda que era aquel político y del que tanto me había hablado tantas veces de su amistad y de su caminar 'grillero' juntos, una gran amistad por encima de cualquier credo, ideología o convicción; éste hombre de una sola pieza se fragmentó en su pésame. Y finalmente una mujer vestida de flores con la cara impávida y su rostro desecho se cogió a mí, me abrazo y llorando me dijo su nombre. Lo sabía; y eso fue suficiente para saber su gran dolor, su gran pérdida. Vinieron muchos más que se presentaron poco a poco, tardé en reconocer a cada uno. Y con una lágrima entre brazos iban y venían cual fantasmales figuras en sufrimiento ayudando, sirviendo café, como haciendo una última obra de amor para quien fuera su amigo. Mi primo Juan Marcos y la tía Frida no dejaban de hablar de lo mucho que habían querido al abuelo. Mentira. Mi madre Sofía y Yo… Él mismo lo expresa en su cartas, no tengo porque hacerlo yo. Lo siento. Pero cuánto lo extraño. Y creo firmemente en que me he de encontrar con él nuevamente, esa es la esperanza que guardo y lo seguiré haciendo. Comienzo ahora por terminar lo que él empezó, la última carta para Elisa la transcribo ahora, y tan sólo inmediatamente después, cumpliré su voluntad. Con lágrimas de existencia.La decimosegunda y última carta está fechada el 11 de Mayo de 1909 y dice así:
Querida hija Elisa:
Acabo de recibir tu cartita en la que me dolió mucho que me hayas dicho que me olvidé de María en el sentido de no haberle enviado oportunamente siquiera una cartita de felicitación, por fortuna sé reconocer mis errores y te ruego enseñarle esta carta a María con el propósito de que me perdone el olvido que cometí, pero que se debió a una sola cosa, yo me preocupé un poco más por unas flores que le llevé a Mamá Elisa en compañía de tus hermanos y con las consiguientes oraciones nuestras por su recuerdo.
Me apena de veras que se haya puesto triste María, pero qué bueno que ha ocurrido así de manera tan impremeditada, haber si eso le hace pensar que a mí también me puso muy triste cuando ella y todos ustedes no se acordaron hace ya casi un año de haberle llevado flores a ese ser tan querido para todos nosotros como es Mamá Elisa.
No quiero volver a pensar en estos terribles recuerdos y ojalá que también nuestra memoria no impida que logremos acordarnos de las personas que en nuestra vida han traído o que tienen gran importancia, es así como yo espero estar más pendiente de ustedes (todos), y ojalá que la vida por muchos, muchísimos años no nos traiga acontecimientos de grandes penas que lo desmoralizan a uno de tal manera que luego no es capaz de pensar cuál es la mejor salida para afrontar los golpes de la vida.
Como que parece que tu carta no me hubiera llegado sin que me pidieras dinero, de todas maneras te quiero y, pues, que remedio, adjunto $100.00 Dls. U. S. y por otra parte éste será mitad y mitad para cada una para lo que se les ofrezca, pero por favor no quiero saber de ninguna obligación que me comprometa a enviarles ningún centavo más. Por hoy es todo ¿eh? No tengo dinero, y así me lo pidieras aún de por favor, ya no te podré enviar ningún centavo más.
Por otra parte, no he visto que ustedes le corrieran una atención bien merecida a Josefita, en el sentido de que: ¿le enviaron ustedes alguna felicitación del día de su cumpleaños? ¿O qué realmente no significa nada para ustedes puesto que les ha dado gran ayuda y… realmente ustedes ya se creen tan libres en la vida de no tener ninguna obligación moral?
Con ustedes no tengo mayores problemas de travesuras o groserías como las de su hermano, mi única preocupación es que no fueran mujeres de virtud. No saben cuánta tristeza llena ésta casa por la actitud de ese pobre muchacho: Adolfo. Gracias a Josefita encuentro a este muchacho un futuro de vicio, pues no veo en él nunca un comportamiento correcto, y lo lamento tanto, pues a su corta edad es muy probable que al igual que un enfermo, cuando tiene algún mal de naturaleza incurable, así quizás tenga éste muchacho tan adentrado el vicio del mal comportamiento. Es penoso, en verdad, qué vergonzoso. De todas las travesuras que ha hecho en la factoría, con los animales, con sus amigos de juerga y sus primos que hacen las veces de “san camilos” ha sido tanto mi coraje, y que Dios me lo perdone, pero en un momento dado he querido llevármelo muy lejos, como a ustedes, pero que no vuelva más, ya que no veo en él un futuro que sirva, si no me mira como la autoridad, mucho menos respeto de sí mismo y la irresponsabilidad que ha demostrado. Con la vergüenza más grande del mundo lamento estos resultados, y sólo me consuela que de mi parte, la misión a cumplir con respecto a él, ha sido la más afectuosa y cariñosamente hecha. Pero si sigue así, no voy a quererlo nunca más por acá, y menos junto a ustedes y los míos. Me indigné de tal manera con él, la vez que, no aprendiendo la lección de barrer descalzo la factoría, se escapó de casa por la azotea para irse de juerga con sus primos, por lo que le di la cueriza del siglo, pero pienso que ni aún así entenderá, pero a la otra lo puedo medio lastimar, o quien se irá al panteón seré yo del coraje que me provoque.
Así ustedes saben que yo no quiero gente inconsciente. A mí me ofende la gente que no sabe guardar gratitud o como si se dijera de alguien: no es malo aquél que no se arrepienta, sino aquél que nunca lo demuestra. Con gente así, te seguro que no me habrá de dar gusto vivir en familia, porque tengo sentimientos de gente de provincia, de gente de pueblito, y de gente sencilla que es la que se demuestra en todas partes más sana, más sencilla, más gente, y llena de más conciencia tanto para Dios como para el prójimo, y si esas costumbres ya se perdieron en ustedes como a su hermanito, quisiera mejor tenerlas siempre en un Colegio lejos de mí, y no volver jamás a verlas. ¿Qué triste sería eso verdad? Pues aunque así fuera tan triste lo preferiría, pues no puedo concebir que mis hijas que debieran tener un corazón como el de esa gran Señora, Mamá Elisa, que Dios tenga en su gloria, tendría que ser igual; pero si así no fuera, ¿qué objeto tendría seguir guardando grandes ilusiones para unas muchachas tan lindas como ustedes?
Favor de pensar bien lo que digo, porque ya no son ustedes unas niñas de biberón, y si las cosas no se van hacer interpretando ustedes mis costumbres, en verdad vamos a tener serios problemas en la vida, de los que: “óiganlo bien”, yo tendré que salir airoso porque tendré que hacer mi voluntad para el que quiera aguantarla, y para el que no, habrá castigos, energía y distancia para tenerla lejos en un Colegio porque en verdad no quiero gente que no se parezca a toda nuestra familia.
Tu papá.
Sr. Don José María Zavala González
