domingo 3 de enero de 2010

Rosas Negras IX

Novena Rosa
No cabe duda que eres mi ángel. Pero no puedo verte. Me he rebelado. Soy algo así como una bestia y Dios a un tiempo. Aunque me parece que no hay diferencia alguna. Iré a ti, regresaré a tus manos, eres tan hermosa que no me resisto volver a probarte. Déjame ser ese perro que te lame. Tú podrás ser mi perpetua inquisidora de cuerpo y alma.

Serás mía por siempre lo he deseado de manera tan perturbada todo este tiempo. No te volveré a dejar. Te encerraré muy bien, con llaves, cadenas y candados. No quiero que te alejes de mi nunca más. Te tomaré entre mis brazos y abrazaré hasta morir. Soy tu amor, quiero volver a controlarte como antes, una y otra vez sobre la cama, hasta que desfallezcas, acabando entre mis caderas.

Esto es el amor, la perpetuidad inquisitoria, el arrastre vergonzoso entre tus pechos, la rasposa aspereza de los sexos, la promesa de eternidad, el permanecer a tu lado en lo adverso, el deseo de permanecer a tu lado hasta tú muerte. Quedarme bajo tu ombligo mientras la fuente se desangra, mientras el vómito de tus palabras me pide perdón.

Me siento a tu lado y juego con tus cabellos, tú ya no te mueves. Contienes la respiración. Siempre estaremos juntos, lo sé. Dame tu brazo, déjame vaciar tu preciosísima sangre, la contendré, la guardaré cual tesoro en el cáliz sagrado sobre el vientre. No grites. Ya pasará.

¿Qué no ves que estoy enfermo de amor? Dependo de ti, soy adicto a ti. Tu sangre me renovará. Esto es el amor, en la salud y en la enfermedad. Solamente para ti, únicamente para mí. Comienza ya, rigor mortis, te vas a quebrando amor. No hay salvación. No más imploración. Ya comenzará a apestar...