domingo 31 de enero de 2010

Sie7e Demonios

A Gema, dulce demonio.

Aquel día desperté con una sensación extraña. El sonido del despertador siempre me ha torcido la espalda. Era una de aquellas mañanas en las que sabes que algo no está bien, o algo no saldrá bien. No era la primera vez, sin embargo, en esta ocasión había algo diferente. Estiré brazos y piernas tratando de expulsar esos pensamientos y me decidí a continuar con el día. Nada fuera de lo normal en la mañana. Salvo que no había nadie en casa, ni mi madre, ni mi hermano. Después del baño desayuné huevos con tocino y una ración de pan tostado, un vaso de leche y jugo de toronja. Leí el periódico vagamente enterándome de los sucesos del mundo, al llegar a la sección local decidí no mirar. Desde hace días estaban publicando un artículo de investigación periodística sobre una secta, algo diabólico, no sé, esas cosas siempre me han provocado miedo, angustia y pánico, así que mejor no veo, no leo y no escucho.

Al terminar el desayuno saqué el periódico para no verlo más. Lavé mis dientes, acomodé los últimos papeles en el portafolio, tomé mi abrigo y me decidí salir a tomar el autobús con destino fatal al trabajo. Recordé cómo hace sólo unos meses tomaba un autobús distinto con dirección a la Universidad. Traté de no dormirme pensando en mis amigos de aquellos días.

En la oficina nada fuera de lo común. Papeles, lecturas de costos, papeles, cuentas bancarias, papeles, depósitos monetarios, papeles, sellos denegados, papeles sin final. Sorbo de agua y voy incontables veces a llenar la botella. Idas interminables al baño. Un descanso para el cigarro y otro para el
lunch, otro descanso para el cigarro después del lunch. Después papeles, cuotas, papeles, números, papeles calculadora, papeles, pagarés y más papeles. Una charla vacía y otra media llena. Nada más. Salí a eso de las 4 de la tarde. Comí algo rápido en la fonda al frente del edificio de finanzas. Pagué la cuenta, más papeles. Fastidio. Me disponía ir a casa a ver algunas películas, comenzaba el ciclo personal de Ernst Ingmar Bergman cuando recordé a mitad del camino que debía recoger un libro en aquella librería de esquina francesa. Ya era un poco tarde. Decidí ir, no importaba. Había un poco de tiempo. Bajé a la parada próxima y tomé otro autobús. Estaba obscureciendo. Desde mi ventana lograba ver los últimos rayos del sol naranja decir adiós.

Finalmente llegué a la parada. Faltaba una cuadra caminando para llegar a la librería. Todo en silencio. Había un extraño silencio. Pero nada nuevo bajo el azul nocturno. Salvo un vagabundo pidiendo una moneda. Me detuve a observarlo. Contuve la respiración. Creo que por un momento mi rostro expresó desprecio. Saqué la moneda del bolsillo izquierdo y la arrojé sobre el jarro que estaba cerca de sus rodillas. Me apresuré a avanzar antes de soltar aire y volver a respirar. Al llegar a la librería recordé el libro que debía recoger: “Demonios” de Fiódor Dostoievski. Crucé la puerta, atravesé el patio central, bordeé la fuente y empujé la puerta para entrar a la librería.

La librería francesa es grande, con arcos bien definidos, con estantes de libros repletos, con estancia para el café y con un servicio estupendo. Muchas tardes de Sábado me planto horas enteras a leer ahí. Pero ahora únicamente me interesaba recoger el libro. Fui directamente a la caja del mostrador. Pregunté por él y me dijeron que aún no llegaba. Su defecto, los libros nunca llegan cuando dicen. Pero religiosamente voy cuando prometen nuevo día. Me gusta ir. Respirar su olor a viejo. Repasar los títulos, hojear, leer de ‘reojo’ como quien comete un pecadillo. Tomar un chocolate caliente y retirarme con las manos vacías y el espíritu deseoso de más.

Recorrí los estantes buscando algo nuevo quizás para comprar, quizás para hojear. Me perdí entre papeles y letras, entre infinitos papeles distintos a los de la oficina. Papeles que hablan, papeles eternos, libros. Un par de veces se me acercaron dos trabajadores del lugar para preguntar si necesitaba algún libro en especial. Únicamente conozco a David, le dije que solamente estaba mirando un poco. Di las gracias y sonreí, él sonrío y se fue. El otro muchacho no lo conozco. Sólo le dije gracias y le di la espalda. Continué por el laberinto acartonado. Un libro llamó mi atención: “Camino” de Josemaría Escrivá de Balaguer. Quise tomarlo pero sonó en aquel instante mi teléfono móvil. Algo extraño pues no recibo muchas llamadas, a veces ninguna. Contesté y era mi hermano. Él trabaja en la delegación de policía. Se escuchaba alterado. Busqué no contagiarme. Sin más saludos me preguntó dónde me encontraba. Le respondí. Se tranquilizó un poco y me preguntó si no había visto las noticias sobre la secta satánica, aquella que vi sin atención en el periódico matutino. Le dije que esas cosas no me interesaban, por no decirle que me dan miedo. Subiendo el tono y nuevamente excitado me pidió que regresara a casa lo más pronto posible. Le pedí una explicación, no podía entenderlo. Me respondió muy rápido, pero logré entender que aquella noche algo sucedería cerca de la colonia donde vivimos, algo relacionado con aquella secta de Satanás. Sus integrantes buscaban víctimas en el barrio donde vivimos, al parecer era lo nuevo en la investigación. Mi hermano cree mucho en esas cosas de santería y brujería, y aunque a mí me da miedo no creo en eso. Sí, no sé por qué. Particularmente los últimos días me entra un miedo sepulcral cada que alguien hace mención del caso.

Vivimos en un barrio pobre. Sin mucha luz, sin mucha agua. Con vecinos extraños, de bandas callejeras y con leyendas urbanas bastante vivas. Nosotros vivimos en una zona quizás un poco mejor, pero hay que atravesar el parque en donde se habían encontrado algunos cuerpos de las víctimas las semanas pasadas. Traté de no asustarme. Pero lo cierto es que entré en un pánico silencioso. Le dije que sí, que en unos minutos estaría en casa. Colgué y salí apresuradamente de la librería.

El autobús que va hacia nuestra colonia hace su última parada en la Iglesia de san Benito. A una cuadra del parque donde encontraron los cuerpos y a tres cuadras de mi casa. Eran cerca de las nueve de la noche y el templo estaba abierto, al parecer había misa. Algo muy extraño a esas horas. Decidí acercarme. Probablemente había muerto alguno de mis vecinos en una riña callejera. No era así. Me enteré que la investigación para los detectives y policías que buscaban a los integrantes de la secta luciferina había dado un giro inesperado. Una redada. Me acerqué a una de las ancianas que estaban en la puerta del templo rezando. Había mucha gente, incluyendo policías que atraían a cuanto morboso escéptico y creyente había. Alcé mi cabeza para ver hasta el frente. Nada. Sonó nuevamente el móvil. Mi hermano. Le dije dónde estaba y me comentó que mi madre también estaba en la Iglesia, que la sacara inmediatamente de ahí y volviera con ella lo más pronto posible. Pensé que exageraba, sin embargo en esta zona no es bueno andar después de la puesta del sol, sumado a los extraños acontecimientos de aquella secta. Nada estaba claro. Me disponía a buscarla cuando comenzaron a llegar caravanas de funerarias. Comenzaron a sacar un féretro, y luego otro, y luego otro más. Conté seis féretros. Le pregunté a la vieja acerca todo aquello. Me miró con su mirada gris, sostuvo su rosario con la mano derecha. Me dijo que habían localizado a los chicos de la secta satánica, pero todos muertos. La redada no llegó a tiempo, todos estaban muertos. Pero no comprendí por qué les harían una misa con rito católico. Con su otra mano tocó mi rostro. Comprendió mi expresión y me dijo: “También Lucifer es hijo de Dios”. Por un momento sentí que una gota salina resbalaba mi mejilla. No dije más. Me coloqué a un lado con ella para dejar pasar el desfile de ángeles caídos.

La ciudad en donde estoy es pequeña, un pueblo con aires de ciudad mejor dicho. Y nuestra colonia es todavía más extraña, con jóvenes que quieren ser alguien en la vida, pero necesitan robar y matar antes de alcanzar su sueño. La mayoría vende su alma. No todos tenemos las mismas oportunidades, pero todos vivimos bajo el mismo cielo contaminado, sobre las mismas alcantarillas repletas de ratas y rodeados de arte callejero como el
graffiti. Y sin embargo es un pueblo y un barrio lleno de tradición, de mitos y leyendas, de aquellas que en las ciudades son para espantar a los niños. Aquí se viven. Son parte de la realidad cotidiana. Por ello se había hecho tanto escándalo, pensé al principio. Pero no era del todo cierto. Como el templo es pequeño colocaron los féretros en fila india. Los abrieron, no debieron hacerlo, no en ésta ocasión. Pero sólo la parte del pecho y la cabeza quedaron al descubierto. Bajo el vidrio se encontraban aquellas mentes enfermas. Aquellos jóvenes poseídos. Tres hombres y tres mujeres. Seis demonios. Lo supe cuando me acerqué a mirar. Me dijeron que no lo hiciera, pero necesitaba encarar mis miedos. Necesitaba encararme en todos ellos.

El espanto se apoderó de mí tan sólo con mirar a los primeros dos. Uno de ellos tenía el rostro completamente cortado. Rasgaduras horizontales profundas. De la frente al cuello hasta donde comenzaba la ropa, pasando por los ojos, la nariz y la boca. Realmente espantoso. Alguien se me acercó, no lo quise ver a los ojos. Estaba perturbado. Me dijo que los muchachos habían concluido su ritual. Ellos mismo se habían provocado las heridas. Un suicidio colectivo cargado de erótica violencia. El que tenía cortada la cara también se había rasgado horizontalmente todo el cuerpo, mientras mantenía relaciones sexuales con la chica que estaba en el ataúd de enfrente. No quería continuar, pero me sentí empujado a mirar los otros cuerpos. Caminé y miré horrorizado a la chica. Lo supe porque también me lo dijeron, porque no lo habría adivinado con mirarla. Su rostro, su piel estaba completamente quemada, llena de llagas. Se había rociado gasolina en su cuerpo desnudo y prendido fuego mientras tenía sexo con el muchacho de las cortadas, parte del ritual. Los otros cuatro habían muerto de maneras similares. Cortando partes de su cuerpo y devorándose. Mutilándose.

Supe que todos ellos hicieron una orgía para ofrecer a Satanás. Pero también ofrecieron su vida cruelmente, pagando sangre. Mientras tenían relaciones sexuales consumaban el sacrificio. Ellos mismos se cortaban y rasgaban, se encendían fuego, se insertaban agujas, comían partes de sus cuerpos, desollaban su piel. Uno de ellos no tenía cara, a otro le faltaban los ojos. A una de las muchachas le faltaba el cabello, se veía solamente su cráneo ensangrentado. Sus actos terminaron hasta la muerte. Horrorizado salí del templo corriendo, no soportaba seguir mirando. Mis ojos se habrán puesto rojos, mi piel verde pálida. Me sentía asfixiado. Cristo, los santos, todos mirándome con rechazo. La impresión, el incienso y la repetición constante del Ave María me llenaron de asco. Una náusea recorrió todo mi cuerpo. Salí. Vomité en el primer árbol que vi. Alcé la mirada y también vi a mi madre sentada sobre una banca bajo otro árbol. Algo no estaba saliendo bien. No soportaba esta impresión. Creí tener visiones. Todo comenzaba a nublarse.

Caminé por la calle tambaleándome sin saber donde detenerme. Escuchaba una voz que decía una y otra vez el nombre “Legión”. Vomité una vez más. Era una sensación extraña, como si mi cuerpo fuera una prisión y, al mismo tiempo, la libertad. No tenía idea de quién o qué era Legión. Aquel, ciertamente, no era mi nombre. Al voltear observé a mi madre, ahora detrás. Me miraba como quien mira a un profeta en su propia tierra. Quise acercarme, decirle que debíamos irnos. No me dejó tocarla. La gente comenzó a acercarse. Murmuraban, me señalaban. Alguien me abrazó con violencia por detrás. Escuché la voz de mi hermano. Otro se acercó y golpeó mi cara. Seguí en vómito. Miré aquellos rostros desfigurados de muchedumbre brava. Una rápida sombra se vino contra mí. No. Nada estaba bien aquel día, ni los otros.

Desperté boca arriba. Con un vidrio frente a mí. No podía moverme, el espacio era pequeño. Cómodo pero pequeño. Miré lo que estaba sobre mí. Una cúpula con cuatro esquinas. Pintadas en ellas los cuatro evangelistas. Un candelabro iluminaba la estancia. Miraba a la izquierda, nada. A la derecha, nada. Únicamente arriba y enfrente. El templo. Grité. Gritos sordos. Quise mover los fríos brazos pero no ocurrió nada. Se escuchó un coro. Quizás el
Lux Aeterna. Un brazo pasó rociando gotas de agua. Seguí gritando. Mis puños golpeaban arriba y abajo lo más que se podía. El humo pasó vacilante por enfrente. Incienso. Comenzaron a encerrarme, alguien bajaba una tapa de madera sobre mí. Busqué por todos los medios moverme frenéticamente y, con el último rayo de luz que iluminó al féretro, pude ver un espejo colocado en el interior. Y vi venir a mí un rostro blanco, frío y muerto. Uno de esos que tienen mirada de perpetua memoria y olvido. Sentí pánico quieto. Era mi propio rostro, ultrajado… Era Legión.

1 comentarios:

Gema dijo...

Es interesante cuando alguien a quien quieres y aprecias refuerza lo que eres a través del conocimiento que tiene de ti.